Esperé que ella lo subiera para hacer yo lo propio...
Ahí que va:
Desde que había tenido conciencia había vivido entre algodones, fríos algodones de hielo. Mi madre siempre intentaba romper la estricta educación que mi padre imprimía sobre mí. Ella desconocía por completo los trapos sucios de nuestra familia, vivía ajena como reina de un palacio lleno de cortesanas que amamantan al rey con pecado, placer deslumbrante y mentiras crueles. Él jamás le dijo la verdad, quién era, y yo osé negarme a ser como él.
Por primera vez había tenido algo importante entre mis manos, una mujer que parecía amarme realmente y no sólo el prestigio de mi familia. No buscaba el dinero. Creí que había dado con la pieza que faltaba a mi rompecabezas, y juro que intenté consentir todos sus caprichos así como protegerla. Ella sabía de mi pasado, mi presente y mi posible futuro. Ambos construimos un mundo, o quizás más bien fui yo con todo mi esfuerzo, para nuestro hijo. Por primera y última vez creí sentir eso que llaman amor.
¿Por qué lo quieren llamar amor cuando se trata de dolor? No veo lo hermoso que pueden hallarle a infinidad de discusiones absurdas, bofetadas y portazos por ambos lados. Todo se incrementó cuando ella me dejó, era demasiado peso ser la amante de un mafioso que traficaba con vidas y armas. Estaba contaminado y no quería un padre así para su hijo, pero ese niño llevaba y lleva mi sangre.
-Lucio.-dije dando el primer trago al décimo vaso de whisky.-¿Dónde coño estás?-pregunté mirando los hielos derretirse en mi vaso, clavando mis ojos claros en ellos y deseando que me los arrancaran.
Siempre me negué a ser padre, a tener responsabilidades pesadas, y sólo porque sabía que se convertiría en lo más esencial en mi vida. Mi hijo era todo, era lo que más quería en este maldito mundo. Ya ella no importaba, no merecía la pena ni recordar su nombre o cuantas veces gimió el mío, porque lo único que me obsesionaba era saber dónde demonios estaba mi hijo.
Pasadas unas horas, envenenado por varias botellas de whisky y vodka, salí a la calle deambulando como si no tuviera casa a la cual regresar. No quería volver y desde temprano me envalentonaba bebiendo en bares, dejando mi hígado machacado por tanto alcohol, y buscando quizás una excusa para ver acogedor aquel apartamento. Mi padre me había regalado una casa inmensa en la ciudad, una mansión estilo italiana, para que educáramos en ella a Lucio. Fue su único y último regalo, poco después moriría a manos de un desgraciado. Esa casa seguía cerrada, porque los pocos recuerdos que guardaba en ella eran discusiones y más discusiones.
Iba por una de las calles principales, los letreros los veía algo borrosos, cuando escuché el llanto de un violín. Juro que eran lágrimas suspendidas en notas musicales, como si el alma de un ángel entrara en pánico y terminara esbozando su dolor en un canto duro y tétrico. Me apresuré, intentando no caerme, y cuando quedé frente al violinista vi que era una chica. No podía ver mucho más, sólo el borde de su vestido negro y un poco de su cabello. Demasiada aglomeración para mí, demasiada, y yo estaba tan ebrio que no me pude mantener demasiado en pie.
Me marché, no podía con las multitudes y menos si me empujaban por mi peste a whisky barato. Lo hice intrigado por la melodía que nos ofrecía, el cielo inclusive se puso de acuerdo y comenzó a llover. Yo simplemente me quedé parado cerca de mi edificio, llorando como un estúpido, y jurándome no enamorarme de otra mujer como aquella. Quería a mi hijo, la odiaba a ella y mi vida se había vuelto un desastre.
Un par de días más tarde decidí dar vueltas por las tiendas, encontrar algo interesante que me alejara de mi pasión por el alcohol. Necesitaba música, libros, películas o alguna revista aunque fuera pornográfica. Mi mente no podía invadirse y dejarse llevar por la alta graduación de una botella. Yo siempre había bebido en exceso, pero mi salud estaba empeorando desde que ellos se marcharon. También comenzó a llover, lágrimas de ángeles, y la melodía de aquel violín volvió a mis oídos. Esta vez estaba sola, sin nadie a su alrededor, y pude contemplarla quedándome atónito.
Su escasa altura provocaba ternura, pero su piel blanca de aspecto frío temor. Era como una perfecta muñeca de porcelana que había cobrado vida. Su vestido de organdí y seda en tono negro, con algunos detalles gris humo, le daban un aspecto de novia que iba a casarse con un difunto. Su cintura era sensual, igual que sus labios y el contoneo de su cuerpo cuando movía sus brazos, como alas, estremeciendo el cielo y la tierra. Su rostro demostraba concentración, tristeza y ruegos que no se atrevía a realizar en alto. Por unos instantes mi alma bailó con las notas que regalaba, así como con las hebras revueltas de sus recogidos cabellos.
Me acerqué, calándome hasta los huesos, para quedar bajo el techado donde se refugiaba. Allí me quedé empapado contemplándola, como si únicamente existiera ella. Los pasos acelerados, de quienes habían olvidado el paraguas, parecían lejanos como de otro mundo. Así como cualquier ajetreo típico de un día de lluvia, salvo el sonido de esta y el de su violín. Mis ojos se volvieron misericordiosos, como los de un buen Dios que admira su obra fascinado.
-Dance D'amour de pequeña libélula vestida con traje de ceremonia oscura, ritual en el cual tus labios besarán flores muertas y las telas de tu vestido serán los pétalos de esta. Pequeña luz cegadora la de tus lágrimas que brotan lejos de tus pestañas, secas como los desiertos más áridos e inexpugnables.-susurré comenzando a cantar añadiéndome al ruido que la envolvía, pero no la desconcentraba.-Has venido al mundo para sufrir, enterrando tus sentidos en las notas de tu caja musical y tú estarás dispuesta a bailar. Dance D'amour para aquellos que mueren en tus labios, palabras crueles que se lanzan como dagas al reflejo descompuesto de tu alma. Eres infeliz y en apariencia deberías ser la mujer más dichosa. Regalas tus lágrimas al mundo, como si fueran gotas de lluvia que calman las heridas de un heraldo metálico. Lunas de miel envenenadas por palabras que no has escuchado nunca. Dance D'amnour.
Ella paró contemplándome, para guardar su violín quedándose callada contemplando la nada. Se aferró a su instrumento con los ojos fijos en un escaparate cercano, después los deslizó hacia mí, y salió corriendo olvidando su paraguas y permitiendo que la lluvia la calara. La imagen de aquella mariposa negra revoloteando como pensamiento que quiere sobrevivir, que necesita la lluvia para hacerlo, me provocó deseos de llorar y a la vez de sonreír. Dejé que se escapara, porque sabía que podía haberla asustado o atormentado. Tomé su paraguas y decidí guardarlo, llevándolo conmigo todos los días, hasta que nos volviéramos a ver.
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