Podías verlo correr con la moto por la ciudad, como si el mismo demonio le persiguiera, mientras aullaba letras de canciones que nadie conocía. Un loco más, quizás, pero un loco feliz por ser quién era y no un estúpido que miraba cada cinco minutos el reloj. Un hombre que había vivido una infancia terrible, la cual le había marcado incluso los huesos como si fuera una res. Sin embargo, parecía siempre despreocupado y lleno de energía. Podía parecer violento, pero después de cinco minutos a su lado te podía abrazar diciéndote que todo iba a salir bien. Era de esos tipos que te caen bien, pese a su malas formas al hablar.
Solía dar una calada al cigarrillo y pasear por los jardines, veía a los niños ser niños cosa que él jamás fue, y se sentía viejo a pesar de sus veinte años. Un chico diferente, no sólo por su forma de ver el mundo sino también por como lo sentía. Podía percibir cosas que otras personas no tomaban en cuenta. Encontraba la poesía en cualquier cosa, incluso en un papel arrugado y mal tirado a un contenedor de basuras. Era un genio, pero todos lo tomaban por un imbécil más. Un tipo demasiado soñador, que parecía no haber sufrido de verdad en la vida y sin embargo aún lloraba en las noches.
Había vivido pocas cosas buenas en la vida, muy pocas, pero el maldito hijo de perra era feliz. Decía que todo se andaría, que sólo había que seguir intentándolo y no mirar atrás. Los fracasos sólo te recuerdan lo tonto que fuiste, las victorias lo egocéntrico que te volviste y el presente te abofetea con ganas por ambas cosas. Debías ser realistas, todas las cosas no salen bien pero siempre hay algo que sale de puta madre. Y esas cosas de puta madre, esas cosas geniales, eran las que nos debían hacer sentir bien aunque sin bajar la guardia. Siempre había que seguir luchando por otro sueño, incluso por tres o cuatro a la vez, pero con paciencia y sin rendirse jamás.
Un día se marchó de la ciudad. Su moto dejó de pasearse. Nadie lo echó en cuenta hasta que fue tarde. No pudieron encontrarlo ni en el garito donde solía vivir de forma perpetua, ni en el jardín y mucho menos pateando latas. Se había esfumado. Unos dicen que la droga acabó con él, otros piensan que llegó a triunfar en otra ciudad y los más románticos que lo dejó todo por la chica de sus sueños... los más realistas creen que somos nosotros mismos, esa parte que todos dejamos morir y que le podemos dar mil nombres, una cosa que se llama Autoestima y a veces Orgullo u Honor. Sea como sea, no parece encontrarse por estos lugares, si lo ves... dale recuerdos.
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