¿Cuántas veces había escrito sobre vampiros? ¿Cuántas? Más de mil. Era un fanático de las sagas más escalofriantes y más de una vez había hecho textos con sus impresiones, había gritado su amor por esos seres. Sin embargo, su amigo era uno de ellos y eso le aterraba. ¿Qué sería de él? ¿Había llegado su hora?
Se acurrucó entre unos bidones de basura, entre el hedor del miedo y de los desperdicios, comenzó a llorar como nunca. Era un niño perdido en una ciudad llena de vagabundos con buena presencia, tipos sin inteligencia ni sentimientos. Había crecido solo, germinando con odio, y el único ser que le había mostrado buenos sentimientos ya pertenecía a otro mundo. Tenía miedo, más bien pánico, y al llevarse las manos al rostro las vio manchadas de sangre.
No supo cuando perdió la conciencia, ni cuánto tiempo estuvo tirado sobre el lecho mal arreglado de su habitación. Un libro estaba sobre su pecho, junto a varios recortes de prensa, y él a sus pies observándolo. Sus ojos eran fríos, aunque seguían llenos de rabia y esa filosofía de vida tan atrayente. Su hermano mayor, a pesar que no le unía ningún vínculo de sangre.
Pensó que era una pesadilla, hasta que se percató de su garganta reseca y sus deseos de sangre. Caminarían juntos hasta el crepúsculo, azotando las calles y dándoles la libertad a los sentimientos más funestos. Salvajes vampiros asechando en cualquier esquina, buscando cualquier oportunidad, para hacer de las suyas. Chicos perdidos en un mundo de sombras y terror generado por ellos mismos.
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