Había estado deambulando de aquí para allá, gastando aún más las zuelas de mis viejos mocasines. Se había producido un crimen y yo debía investigarlo, era el único que no estaba corrupto en aquella dichosa ciudad de ratas.
A mis espaldas estaba el cabaret, un antro donde chicas bonitas bailaban para borrachos que ahogaban sus penas en vez de enfrentarlas. Los cobardes son así, son ratas que se ahogan en whisky y cuentan batallitas de guerras que ni siquiera supieron empezar. Gilipollas.
Dudaba en entrar de nuevo. Minutos atrás había entrado y me había quedado sin habla. Y era difícil callar a un bocazas como yo. Pero aquel hermoso bombón, o sirena, me había engatusado con su contoneo y sus lamentos en clave de blues desesperado. Una chica así, que fumaba de esa forma clavándote las miradas como dagas, no se encontraba todos los días. Era la reina de la miseria. Joder, me había enamorado de aquella chica de labios sensuales y bucles dorados. Una de esas chicas de revistas que sólo pueden ser soñadas.
Y entonces escuché uno, dos y tres tiros. ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! y mi pecho se llenó de medallas parecidas a gardenias rojas. Dicen que me encontraron muerto con el cigarro en los labios. Pero nadie puede decir que mi última visión fue la del ángel de muerte.
Aquella chica no sólo cantaba bien, sino que también tenía una endiablada forma de agarrar el revolver. Muerto a manos de una sirena.
Dedicado a Samuel Delgado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario