-¿Y si me equivoco?-se preguntó dando a parar frente a un bar.
Las luces de neón brillaban demasiado, el nombre era tentador y se escuchaba música rock a todo volumen. Sus dedos temblaron y crujieron al moverse, como si tuviera artritis. Se colocó un cigarrillo, aunque tuvo suerte ya que casi ni podía moverse. Se había quedado engarrotado. Sus cabellos revueltos, y la oscuridad de la noche, le impedían ver más allá de su cintura.
-Infierno, allá voy.-dijo como referencia al cartel del local.
Dentro se encontraban chicas desnudas que bailaban sobre la barra, cientos de licores salían a una velocidad increíble de las manos de los barman, y la música rock aullaba junto a los gritos de todos los que veían el espectáculo.
-Joder, no me extrañaría encontrarme aquí a Lemmy.-se dijo en voz queda.-¡Camarero un whisky!
Jamás volvió a salir de la tentación, el vicio y el aroma cálido que desprendían las chicas. El infierno era más bonito que nunca. No tenía fuego, ni tíos con patas de cabra, sólo lo que uno deseaba realmente y sin tener que esforzarse más. Toda su vida había sido un perdedor, ahora ganaba al billar mientras una chica bonita le llenaba de nuevo su jarra de cerveza o su vaso de whisky.
En realidad, no estaba en el infierno. Sólo que él no lo sabe. Lleva en coma más de cinco años, nadie ha ido a buscarlo y dicen que se encontraron su cuerpo apaleado cerca de un antro de mala muerte. Un desconocido dio la alerta, ni siquiera lograron situar la llamada o algún dato más allá de su voz ronca... muy parecida a la de Lemmy.
Dedicado a Enrique Maestre
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