Me tiré hacia atrás en aquel sofá viejo que tanto me gustaba, por muy viejo y fuera de lugar que estuviera en aquel loft tan moderno. Era un escritor de éxito, al fin lo había logrado, y tú seguías siendo esa chiquilla con miedo a ser hipnotizada por el encanto de mis palabras. Ilusa, frívola y todo lo que quisieras por fuera... pero una miedica chillona que no paraba de correr escandalizada, sonrojada y mil veces ultrajada por miedos inútiles.
-No voy a ir detrás tuya, si te quieres ir vete.-sentencié antes de echarme una honda calada.
Podía ver sus caderas, las cuales estaban más marcadas que cuando éramos críos. ¡Qué tiempos aquellos! En los cuales te amé en secreto y deseé que fueras mía, mientras tú te quejabas de amar a personas que no se lo merecían. Y bueno yo, yo era ese chico que terminaba con fulanas engreídas que se suponía que me amaban, yo las amaba y vivíamos en un feliz cuento de hadas.
-Así que ya sabes, sal de tu parsimonia de mujer distinguida y vete con la frente bien alta mientras me río de mi desfachatez. He sido sincero, te he dicho que me he acostado con cientos en esta vida de mierda. No he dicho mentira alguna.-te llevaste una mano a la boca, creo que intentabas no chillar.
Iba a soltar otra risotada, pero te giraste con los ojos llenos de lágrimas. Yo permanecí estoico, era ahora o nunca.
-Si te has sentido una más, lo siento.-comenté con cierta amargura, solté el humo como un dragón y apagué la colilla en aquel cenicero atestado de tanto cáncer para mis pulmones.-Tú no me has preguntado si eras la primera o la última, sólo me has dicho si tengo experiencia en esto del amor... y como suelen llamar a follar por ese apellido, pues te he dicho lo que hay.
Tomaste aire, en esos momentos no sabía si ibas a venir hacia mí para darme otra buena bofetada o para besar mis labios con sabor a cenicero. Sin embargo, puedo asegurarte que jamás te he visto tan atractiva. Sus cabellos estaban algo más largos que hace unos años, tus pestañas se veían hermosas y te daban un encanto de mujer fatal que otras no tenían. Pero, tu cara seguía siendo de muñeca y tus labios tan pequeños y dulces como siempre. Deseé abrazarte y arrodillarme derrotado. ¡Dios santo! Te amaba tanto, te amaba. Yo, este desheredado del todo y la nada... yo... te amaba. Jamás te habías dado cuenta hasta ahora, podía notarlo, y te pilló tan de sorpresa como encontrarme en aquel bar tras tantos años. Tú y yo, de nuevo como antes.
Y atesoré ese momento en el cual te acercaste, sonreíste y me besaste la mejilla. Como también esos pasos por las calles hablando de tantas cosas que había olvidado. Me contaste que leíste mi novela y te sentiste identificada con ella, pero que tú no serías tan idiota y te hubieras dado cuenta que él te amaba. Cariño, eras y seguirás siendo idiota. Eras tú, y yo era yo.
-Así que dime encanto ¿vas a desnudarte o a salir corriendo muerta de miedo?-frunciste los labios notando que el encanto se desvanecía y volvías a tener frente a ti a un demonio, pero los demonios también tenemos encanto y mucho carisma.-Tienes miedo de enamorarte de un vividor, de un imbécil. Pero este imbécil trata mejor a las mujeres que esos caballeros engominados que dicen tener muchos modales, esos que suelen trataros como putas en la cama y luego se largan con su mujer, sus hijos y el perro que les ladra.
Suspiro de resignación, movimiento de cabeza y después te quedaste estática. Caíste en la cuenta, esos poemas eran dulces recuerdos para mí y amargas emociones ahora para ti. Te amaba y no lo supiste, me dejaste ir de cama en cama y que me fundiera en las piernas de ¿cuántos amantes?
-Anda, dime algo y no te quedes ahí como maniquí.
Viniste a mí y me besaste. Ese beso me pilló tan de sorpresa que prácticamente no supe reaccionar. Tus besos eran más dulces y fieros en la realidad que en mis tórridos sueños. Tus besos, no los de otra, eran los que sentía... y dios... fue mejor que cualquier sexo rápido en un ascensor estropeado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario