Dedicado a Priscila
Comenzaste a bailar en aquella crisálida,
la que colgaba del hermoso gigante centenario.
¿Dónde están las ramas de aquel árbol?
Ese que cortaste en el valle de los sueños,
donde nos conocimos.
Sé que viniste de otro mundo,
cielo, infierno o universo.
Sé que no eras para mí, pero tampoco para ti.
Eras de una luz celestial que quemaba.
Tus alas eran de mariposa oscura
tu danza de cisne negro y de diablo frenético.
Y el ballet era tu sueño, tu único deseo.
Comenzaste a sentirte libre y cálida,
podías notar la mirada desde el escenario.
¿Dónde están las ramas de aquel árbol?
Ese que eran mis brazos sujetándote como si fuera tu dueño,
esos abrazos que nos hacían sentir vivos.
Sé que viniste para dejarnos mudos,
atónitos, ciegos y confusos en mis versos.
Sé que no eras parte de mí, tampoco de ti.
Eras de fría plata que deslumbraba.
Tus brazos eran mi locura
tu danza tenía algo hipnótico casi poético.
Y el ballet era tu sueño, tu único deseo.
Las bailarinas bailan en el valle de los lamentos,
las notas muertas que entierran el pecado...
de todas esas obras que nacieron de nuestros labios.
La poesía tiene encanto de la música hecha por pasión...
Y eras la musa, la amante y la asesina.
Eras la bailarina de mi caja musical.
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