Las lluvias torrenciales era lo habitual en esta época, el frío que calaba los huesos a pesar de ir abrigado de cabeza a los pies, y sin embargo nunca me importó. Cuando se caían las hojas de los árboles ya era feliz, sabía que venía mi estación favorita. Deseaba que comenzara a nevar, que todo quedara cubierto por un espeso manto blanco y poder disfrutar como un crío de aquello. Sin duda, a pesar de mi edad, yo no crecía. Me avergüenza reconocerlo, pero en parte creo que todos aquellos que me conocen asentirán cada una de estas pasadas líneas.
Ese día no tenía nada de especial, salvo las salvajes ráfagas de viento. Mi mujer cuidaba a nuestros hijos en casa, yo me sentía aprisionado cuando la naturaleza me llamaba. Me sentía gato atrapado en las cuatro paredes de una jaula. Estaba sentado en el salón frente a una de las ventanas, los relámpagos estallaban con los truenos casi al unísono y los niños estaban tan aterrados como mis mascotas. Yo simplemente disfrutaba. Una sonrisa se dibujaba en mis labios y la impaciencia se marcaba al ritmo de los movimientos de mis dedos. Quería sentir ese invierno, esas lluvias y ese viento helado.
Me levanté de improviso agarrando las llaves, el abrigo y mi pitillera. Mi mujer me miró extrañada con la pequeña en sus brazos, la mecía de un lado a otro sin saber como calmarla. El niño simplemente se aferraba a su peluche de felpa con los ojos fijos en mis movimientos.
-¿Dónde vas?-preguntó cuando fui agarraba ya el pomo con mi mano.-Hace mal tiempo, no es bueno que hagas locuras.-me habló como si fuera mi madre, sonreí levemente al recordar de ella las mismas palabras. Siempre me cuidaba como si fuera uno de nuestros hijos, no veía que yo sabía cuidarme por mi mismo. Quizás era eso lo que estaba matando nuestra relación, buscaba una madre y no una esposa.
-Necesito salir.-dije secamente aunque terminé con una sonrisa nerviosa. Estaba impaciente, quería sentir el agua helada sobre mi rostro y lo quería sentir ya.
-Si necesitas algo puedo salir a buscarlo luego, al rato, cuando escampe un poco.-ella también me sonrió, pero de forma dulce y atenta.
-No, necesito salir ahora.-abrí la puerta y noté como las primeras gotas golpearon mi rostro.
-¡Atsushi!.-gritó y yo ya estaba fuera, cerrando la puerta prácticamente de un portazo.
Nada más notar mi cuerpo empapado alcé los brazos en señal de victoria, grité complacido con la sensación y salí corriendo hacia el centro de la ciudad. No usaría el coche, tampoco estaba tan lejos, y sin duda alejarme del barrio me haría bien. En el centro estaban algunos amigos, seguramente haciendo la misma locura y divagando si ya tenían edad o no para hacer actos tan infantiles.
Mi gabardina negra pesaba, rozaba prácticamente el suelo, aunque seguía abrigando. Estaba calado, sentía incluso la ropa interior húmeda, sin embargo era la sensación más agradable que podía sentir tras un verano de intenso calor y un otoño bastante suave. Frío, lluvia, tabaco y caminar. Me haría bien para pensar, además si quería entrar en calor sólo tenía que comprar sake que alta graduación y dar un buen trago.
Pensando, en uno u otro nuevo poema, canciones que aparecían como flash en mi cabeza y melodías que podían funcionar, llegué al centro. Me encontré con moles gigantescas que se alzaban hasta el infinito; calles desiertas y animales callejeros que buscaban refugio bajo la esquina de algún edificio; luminosos, que llamaban la atención de cualquiera, apagados y comerciantes malhumorados por las pocas ventas del día. Porque sólo a un loco se le ocurriría salir de casa y más con la ciudad a oscuras. Se había ido la luz desde hacía ya un buen rato, aunque como no suelo ver la televisión no lo había notado.
-¡A-cchan!-una voz familiar me sacó de mis pensamientos cuando por enésima vez intentaba prender un cigarro.-¡A-cchan!-el chapoteo del agua me indicó que venía de mi izquierda y al girarme lo vi.
Si yo parecía un adolescente no sé que era él. Esos jeans ajustados y con cortes en algunas zonas, esas deportivas algo llamativas y ese jersey que se pegaba a su cuerpo como el corte del cabello. Reía, sin duda estaba cometiendo la misma locura que yo.
-¿¡Qué haces aquí!?-gritó parándose frente a mí.-Te hacía cómodo frente a una sopita que te haría tu linda esposa.-ese tono de juego hacía que notara a leguas que él pensaba como yo, ella y yo no éramos demasiado compatibles.
-No, salí.-dije y él se echó a reír a carcajadas.
-Eso es evidente ¿no crees?-preguntó colocándose con los brazos en jarras, sus manos estaban en las caderas y entonces me miró.-Estás así mejor que con esa rata muerta.-se refería a mi bigote y perilla.
-Maldigo a Imai, siempre colocando esos malditos motes.-él entonces colocó una mano sobre mi hombro y me miró alzando el rostro.
-No fue él.-respondió golpeando levemente el hombro.-Esta vez es sólo mío.
-¡Yutaka!-grité enfurecido.
-No te enfurezcas, ya te lo quitaste.-sonrió de esa forma tan infantil que hizo que obviara mi molestia.-¿Has visto a hablado con Hide? Dice que tiene una idea para una nueva canción.-no sé porqué aparté mi mirada de él y sentí que ardían mis ojos.-¿Qué pasó?-preguntó algo confuso y yo aparté su mano de mi hombro.
-Nada.-respondí.-No he hablado con él.-me agarró del brazo, cuando comencé a caminar, e hizo que le mirara agarrándome del rostro.
-Desde hace algún tiempo estás como extraño conmigo y con él.-susurró preocupado.-¿Qué hicimos? ¿Qué Acchan?
-¡Nada!-grité enfurecido aunque no sabía porqué. Además, lo aparté y eché a caminar. Comencé a pensar que no fue tan buena idea salir a pasear, encontrarme de nuevo con la lluvia, todo porque él había aparecido o más bien el nombre de nuestro amigo había surgido de esa forma sin más.
-Atsushi.-susurró siguiéndome los pasos como hacía en los conciertos, en nuestros momentos de diversión.
-¡Que me dejes maldito exhibicionista!-grité girándome mientras lo observaba de forma acusadora.-¡Eres un maldito idiota! ¡Corre con tu Hide! ¡Corre! ¡Ve y exhíbete frente a él! ¡Frente a todos!-eso no le sentó bien porque noté una buena bofetada en mi cara.
No eran ya mis ojos los que ardían, sino mi mejilla izquierda. Me miraba furioso y no se arrepentía de haberlo hecho.
-¡Idiota! ¡Idiota de remate! ¡Adolescente puberto e infantil! ¡Gilipollas! ¡Todo eso eres! ¿¡Se puede saber porqué demonios te comportas de forma tan patética!?-comenzamos a ser el centro de atención de todos los comerciantes. Yo me sentí avergonzado por el espectáculo que estábamos regalando.
-Vete al diablo, U-ta.-dije antes de dar media vuelta y regresar a mi casa.
Mi mujer me recibió con una toalla y con los niños ya dormidos, los relámpagos cesaron y ellos se tranquilizaron. No era tan tarde, pero en la noche no habían podido dormir por la misma razón que durante toda la mañana los tuvo despiertos. Me saqué la ropa nada más entrar en el baño, ella había preparado la bañera para mi regreso y el agua estaba tibia. Todo era perfecto, demasiado perfecto. Una mujer entregada, cuidadosa y complaciente. Pero eso no era lo que yo quería, deseaba algo de emoción en mi vida. Ella lo había sido durante un tiempo, había sido como yo lo era aún. Sin embargo, tras casarnos se fue anclando en el aburrimiento y yo no quería caer en ello.
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