-No llores.-dije en su oído.-No llores porque si lloras yo me pongo mal, joder.-murmuré antes de besar su mejilla estrechándolo más hacia mí.-No llores porque me vas a partir en dos... además no tengo clinex coño.-balbuceé antes de empezar yo a llorar como un idiota. Bueno, siempre he sido el mayor idiota.
Susurré entonces aquel texto que le había hecho. Palabras que sólo describían lo gilipollas que yo había sido. Había estado a punto de perder a alguien que quería y todo por mis tontos principios. El principio de no lo toques si lo puedes romper, el principio de niño de barrio que ve a niño bien y piensa que no debe ensuciarle la ropa por si las moscas...
Por primera vez me sentía inferior ante alguien. Aunque en realidad era ante sus ojos llenos de lágrimas y su cabello rubio alborotado. Flaco, frágil, y en mis brazos. No sé cómo logré que dejara de llorar, sin embargo yo no podía dejar de soltarlo todo en un llanto en silencio.
-Te eché de menos.-susurró al fin y yo caí derrotado.
No has necesitado armas. Ni poses de femme fatal. Ni mucho menos. Sólo has sido tú. Has sido dulce y has sido divertido. Has sido distinto. Y eso te lo agradezco. Porque tu mayor distinción de todos es que sí me has escuchado y sí me has querido... bueno... me sigues queriendo.
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