La llevé a la cocina besándola, desafiando a mi instinto de hacerlo de cualquier forma. Cuando la subí a la encimera me quedé observándola, pero sólo unos segundos. De inmediato comencé a lamer su cuello, dejando besos hasta sus pechos y allí acabé succionando sus pezones. Ella gemía bajo, su respiración se aceleraba, si bien eso sólo acababa de comenzar.
Abrí sus piernas en un momento que no lo esperaba. Empecé a mordisquear sus muslos antes de lamer su pubis rasurado, justo antes de introducir mi lengua. Quería estimularla, hacer que se pusiera a tono al igual que yo lo estaba sólo con verla. Por eso, terminé introduciendo uno de mis dedos mientras con mi boca estimulaba su clítoris, buscaba sus gemidos y los encontré. Gemía cerrando las piernas aunque deseaba abrirlas. Sus manos se aferraron a mi cabeza pegándome más a ella, tiraba de mis cabellos y lo hizo con fuerza al notar un segundo dedo.
Terminé por bajarla dejándola frente a mí. Su rostro era la expresión del placer y el descontrol. Sus cabellos estaban algo revueltos y su mirada suplicaba que no quería dejar de sentir todo aquello. Acaricié su rostro con una de mis manos y con la otra bajé la cremallera de mi pantalón, de la bragueta saqué mi miembro que iba despertando poco a poco.
-Quiero saber si tus labios se sienten tan bien como saben.-murmuré antes de pegarla a mi miembro y hacer que aceptara dentro de su húmeda boca.
Su lengua se pegaba a mi miembro, sus labios apretaban con deseo y mis caderas empezaron a moverse. Sus manos se aferraron a mis pantalones y las mías a su cabeza. Era como sentir el paraíso con las puntas de los dedos. Hacía tanto que no sentía un buen oral que prácticamente había olvidado lo que se sentía.
La aparté sonriendo mientras sentía que ya habíamos esperado demasiado. Agarré mis pantalones y saqué la caja de condones que habíamos comprado. Me coloqué uno, pero ella no perdió el tiempo y se subió sobre la encimera.
Ahí mismo, en su cocina, entré en ella abrazándola y sintiendo como sus piernas me rodeaban. Había al fin conseguido encontrar el placer perdido. Besaba sus labios y sentía como temblaba en cada movimiento lento que le regalaba. No iría rápido, quería disfrutar del momento al menos unos minutos.
Sus gemidos me hicieron aumentar el ritmo, buscando su placer y el mío. Pronto noté sus uñas enterrarse en mis hombros, para luego sentir una de sus manos tirando de mis cabellos. Me movía desatado después de unos minutos. Cada embestida era certera, buscaba que gritara y lo logré. Sus besos se volvieron más sofocados, así como nuestra piel ardía y el sudor se hizo presente bañándonos. Exploté en un gruñido y ella en un alarido.
Sin embargo, aunque me vine no tardé en llevarla a su cama, no sin agarrar antes el paquete de preservativos, y proseguir entre juegos y caricias. Mis labios se pegaban a sus pezones mientras aún intentaba recobrar la consciencia. Mis manos jugaban sobre sus muslos y entre estos. Tres de mis dedos entraban y salían de ella, más otro que estimulaba su clítoris. Y entre esos juegos ella me excito e hizo que volviera a quedar duro de nuevo.
Se lo hice en aquella cama que había sido comprada como nido de amor, lo hice de una forma desquiciante y desesperada. Cuando acabamos me quedé dormido, igual que ella, agotados por tanto sexo y tanto desenfreno.
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