[Recopilación de sueños, eso es todo. El título muestra con bastante claridad lo que van a encontrar. Los personajes pertenecen a Ángel González (Lestat de Lioncourt) y su pareja. Esto es sólo un regalo. Creo que el temazo que acompaña le vendrá bien a todo el que lea esto, y si no les gusta pues jodanse... cada cual tiene sus gustos]
Hace unos días tuve un sueño, algo que despertó en mí un sentimiento extraño. Era como si hubiera pasado un largo salto en el tiempo y todo hubiera sido distinto. A mi lado no dormía plácidamente Phoenix, sino Clarissa. Era una Clarissa joven, mucho más joven de lo que aún es, y sonreía en sueños satisfecha. La cama estaba revuelta, olía a sexo y el llanto de un niño me despertó de ese shock para ir a atenderlo.
Lo vi tan pequeño en la cuna, tan frágil, no tenía más de un año. Supe en seguida quién era, lo había deseado tanto desde que conocí a Clarissa. Cuando la vi por primera vez pensé que debía ser mía, lo fue, y después de tenerla en mi cama quise que se quedara y formara conmigo lo que jamás tuve. Nunca tuve una familia común, una donde realmente se respirara amor y paz.
Tomé a mi hijo, nuestro hijo, entre mis brazos y noté como se callaba casi de inmediato. Sus pequeñas manos atrapaban las mías y sonreía. Parecía haber tenido una pesadilla, de esas que se esfuman si papá o mamá te toman en brazos y te dicen que todo pasó. Pude calcular sus meses, unos seis, aunque Hizaki siempre aparentó ser más grande de su edad. Supe sus meses por el pijama, era un pijama que compré en uno de mis viajes a New York.
Antes siempre visitaba las oficinas, una vez al mes viajaba a realizar inspecciones a las fábricas, todo de primera mano, al igual que otro tipo de negocios de los cuales yo era el cabeza de familia. Mi hermano era mi hermano, aún era demasiado joven y descerebrado para tomar cargo de algo tan importante. Primero tenía que terminar los estudios, luego ya vería si sólo le dejaba participar en los beneficios pero no en el hecho en sí de la creación de estos.
Me sentía joven, mis manos eran más jóvenes que las que tenía, y mi anillo de casado parecía brillar en la oscuridad. Mis cabellos aún eran largos, podía notarlos sobre mis hombros, más bien podía notar el calor que estos daban y la sensación de manto natural. Era agradable, creo que por eso me gustaba tener el cabello largo.
-¿Tenía ganas de llamarte a media noche como siempre?-escuché la voz de la que era mi mujer, no sé porqué disfruté de ese sonido como si lo extrañara.-Siempre se calla cuando lo tomas en brazos, pero me prefiere a mí... ¿verdad amor?-dijo desabrochando un poco su camisón para pegarse a Hizaki al pecho.-Es la hora de su comida... ¿por qué no vas a buscarme un té? ¿o también hoy te quedas a mirar?
-Me voy a por el té.-susurré antes de besar su sien.-Te haré uno de menta.
No salía de mi asombro, pero lo disfrutaba. A pesar de tener aún un deseo terrible de ir a Japón, de huir unos meses y reencontrarme con Yutaka. Amaba a Clarissa, pero el deseo de tenerlo a él era demasiado intenso. Mientras hacía el té me quedé meditabundo, elaborando un plan perfecto para volverlo a ver una última vez.
Cuando subí por las escaleras de mi antiguo hogar me di cuenta que lo hice desnudo, como solía hacerlo cuando a penas éramos unos recién casados. Se lo ofrecí mientras se mecía leve con el pequeño aferrado a su pecho. Era una bonita estampa, pero seguía deseando escaparme para poder regresar y quedarme a su lado para siempre o al menos... hasta que nuestro matrimonio se volviera a romper en mil pedazos.
-Debo ir a Japón, en unos días.-dije mientras ella dejaba la taza en la mesilla que tenía para el cambiador.-Por negocios, es sólo por eso. No será más de una semana.
-Está bien.-murmuró para apartar a Hizaki sacando los gases.-¿Cuándo?
-He previsto que para la semana próxima.-respondí.-Pero te aseguro que estaré para nuestro aniversario.
Mentir siempre se me dio bien, ella siempre creyó mis mentiras. Supongo que eso me hacía sentir más impune y libre. Podía hacer lo que quisiera, siempre que volviera con ella sin levantar sospechas. Iba a ser la primera vez que mentiría para una escapada de ese tipo, antes lo hacía sólo para meditar e intentar reflexionar sobretodo lo que me atemorizaba. No quería que pensara que ese aspecto seguro era sólo aspecto, nada más, pero con el tiempo conseguí que fuera un muro y fue tan alto que terminó incomunicándonos.
El sueño se volvió precipitado, los días pasaron rápidos y cuando me quise dar cuenta estaba en el aeropuerto de Tokyo. Allí buscaría a Yutaka, sabía que estaba en esa ciudad y sabía su dirección. Seguía enviándome correo escondido entre los comunes para que no le olvidara. Era algo temerario, pero ambos sabíamos que esa era la adrenalina que necesitábamos en nuestras vidas.
Llegué de improviso a su apartamento, al tocar él abrió lanzándose sobre mí. Creo que es algo que siempre quise saber, que deseaba volver a sentir y no quedarme con “qué hubiera pasado sí”. Mis labios se pegaron a los suyos, mis manos a sus caderas y cerré la puerta de un portazo. Su casa estaba revuelta, no pregunté que había ocurrido allí la noche antes pero parecía una fiesta.
-¿Dónde quieres que te lo haga?-pregunté en su oído y él sólo se sonrojó aferrándose a mi chaqueta.-¿Dónde quieres que te haga tan mío como siempre? Apuesto que me necesitas más que nunca Uta.-dije metiendo mi mano en su boxer para notar su miembro que comenzaba a despertar con apenas unos besos.-¿Dónde?
-Cama.-balbuceó.
-Tarde, ya tengo algo mejor.-lo llevé donde la mesa y arrojé todos los papeles, confetis vasos de plástico y comida al suelo.-Muy tarde.-lo recosté allí quitándole la ropa interior.
-Tito Uta tengo pis.-eso es lo que escuché y lo que me hizo dejar de hacer cualquier cosa, todo mi lívido se fue al demonio.
Yutaka de inmediato se escondió detrás mía colocándose los boxer y yo me quedé mirando a la niña. Ella me miró fijamente frunciendo el ceño, colocando sus brazos en jarra, para luego tirarme a la cara el conejo de peluche que yo mismo había conseguido para el que fue mi pareja.
-¡Qué demonios!-dije después de sentir el golpazo del peluche en mi cabeza.
-¡No toques a mi tito Uta! ¡El tito Uta es mío! ¡Tú eres un hombre muy feo! ¡No toques a mi tito! ¡Mi tito es mío! ¡Mío! ¡Óyeme idiota!-gritaba aquello mientras él la tomaba como un saco de patatas y la encerraba un segundo en el baño.
-¿Qué era ese monstruo? No me digas que Toll tuvo descendencia y no me lo dijisteis.-me crucé de brazos indignado, era algo que debió contarme. Sin embargo el me agarró de la oreja izquierda y me hizo inclinarme.
-Sigues siendo tan idiota como siempre.-murmuró antes de apartarse.-No notas el parecido ni aunque lo tengas frente a ti. ¿A quién se parece ese monstruo? Además no es ningún monstruo, Miho no es ningún monstruo.
-¿Miho?-era el nombre de mi madre, eso me asombró.-¿Quién es esa niña?
-¡Es tuya!-respondió abriéndole de nuevo la puerta mientras yo seguía en shock, pero la muy desgraciada vino hacia mí para darme un puntapié y luego correr a refugiarse detrás de Yutaka.
-¿¡Cómo va a ser mía!?-grité aquello y la niña cambió el rostro de furioso a confuso.-Que yo sepa no preñé a nadie.
-¡Megumi! ¿Te suena el nombre de Megumi? Nuestra amiga Megumi.-miró a la niña.-Tápate los oídos.-ella negó.-Tápatelos.
-¡Quiero oír!-exclamó de forma insolente.-¡Quiero oír!
-Ahí lo tienes, todos tus genes juntos los tienes frente a ti.-la puso delante suya y me la ofreció.-Si Megumi se entera de esto me mata, me pidió que no te lo dijera porque quería ocuparse ella sola de la niña. Está pasando unos días conmigo porque es su cumpleaños.
Me arrodillé frente a ella y la tomé del rostro observándola bien. Sus cejas fruncidas, el corte de su cabello y sus ojos llenos de rabia. En eso se parecía a mí, pero el resto era mi difunta madre cuando era pequeña. La tomé en brazos aferrándola contra mí llorando. Mis llantos eran de rabia, no sabía cómo habían sido capaces de ocultarme algo como aquello.
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