Cuando acabó le tocaba al otro grupo su cuento, era fin de curso así que tendríamos que ver todas las obras porque los niños se merecían nuestros aplausos. Miho bajó ya sin los pétalos azules en la cabeza y brincando esperando que diéramos nuestra crítica.
-¡Ha sido precioso cariño!-gritó Megumi antes de estrujarla, y casi asfixiarla.
-Eres una joven con talento.-susurró Clarissa sin salir de su hieratismo.
-Miho.-murmuró Hizaki estirando sus brazos pringosos.
-Ni en sueños te agarro ¿quieres que me pringue entera?-él estuvo a punto del llanto, pero yo lo aferré bien a mí.
-Miho intenta no hacer llorar tu hermano, ya sabes lo insoportable que se pone.-ella simplemente giró su cabeza ignorando al “mocoso” como así lo llamaba. Se lo pasé a Clarissa y este se aferró bien a su madre.-¿Estás cómodo ahí?-él sólo se pegó más y más a mi mujer y yo simplemente suspiré cansado.
-Míralo por el lado bueno, tiene complejo de Edipo y eso siempre sucede en tu familia.-comentó mirando a la niña antes de apagar la cámara.-Has estado genial y la ropa que te hice al final te quedó bien.
Los años se sucedieron uno tras otro de forma precipitada. Ni me di cuenta de lo rápido que crecían Hizaki y Miho, pero junto a ellos vino Hero y parecía que su rivalidad también estaba en el cariño de su hermano y no sólo en el nuestro.
-¡Me quiere más a mí!-gritaba Miho una y otra vez cuando nos encontrábamos en el parque.
-¡A mí!-respondió Hizaki bastante molesto.-¡Es más hermano mío que tuyo!
-¡No es cierto! ¡Me quiere más a mí!
Me sobé la frente mientras Hero, de aproximadamente un año, reía observándolos discutir. A él le entretenía que esos dos se mataran, casi de forma literal, mientras Yutaka intentaba separarlos.
-Atsushi haz algo.-dijo tirando de Miho que ya estaba por crearle morados a Hizaki, pero este le mordió el brazo con ganas.
-¡Papá mira que hizo el mocoso!-gritó llorando y yo le di a Yutaka el bebé para mirar lo que había hecho Hizaki.
-¡Hizaki Sakurai de la Rosa te vas a quedar sin dulces hoy!-él comenzó a llorar a pleno pulmón.-Y tú tienes en parte la culpa, eres la mayor y no deberías discutir con él porque es demasiado obstinado.
-¿Qué es otinado?-preguntó Hizaki intentando parar de llorar.
-Es una forma de llamarte idiota.-respondió ella con una sonrisa muy parecida a la mía, él sólo regresó al llanto.
-¡Papá me llamó idiota! ¡Papá no me quiere!-gritaba a pleno pulmón.
-¡No te llamé idiota! ¡Miho no digas que le llamé idiota! Dije que eras testarudo, que te empeñas en cosas y hasta que no tienes razón no paras.-comenté tomándolo en brazos para calmarlo. Tenía seis años, era un niño demasiado pequeño aún.
Miho agarró al bebé y este hizo algo que me sorprendió. Comenzó a palpar el pecho buscando sus senos para lo común en un niño, alimentarse.
-¡Papá Hero me mete mano!-gritó apartándolo como si tuviera el tifus.
-Te busca los pechos porque tiene hambre.-comentó Yutaka sacando el biberón del bolso.
-¿Por qué no sois los dos mis padres?-preguntó Miho dándole el bebé.-Que los dos vivierais juntos conmigo y con los dos idiotas estos.-los dos idiotas eran sus hermanos.
-Porque...-Yutaka estaba tan rojo que no podía ocultar que esa idea le gustaba.
-Porque yo tengo a Clarissa.-dije antes de acomodar bien a Hizaki sobre mis piernas.-Estoy casado con ella.
Ella se quedó confusa y no dijo nada más, tan sólo se sentó entre los dos apoyando su cabeza sobre mi brazo y una de sus piernas sobre las de Yutaka.
El día pasó, como pasaron los años, y Hero creció un poco más. Me vi frente a Hero ayudándole con un dibujo, el niño dibujaba mejor que cualquier otro de ocho años. Podía dibujar paisajes impresionantes y Miho simplemente lo observaba toda ensimismada. Hizaki llegó del gimnasio donde entrenaba bufando.
-¿Qué ocurre?-pregunté sin levantar la vista del papel.
-Lleva todo el día de mala hostia.-dijo Hero.-Se dio cuenta que es ceniciento.-murmuró rascándose la nariz.
-¿Y eso por qué?-dije viendo como subía las escaleras Hizaki como si fuera a destruirlas al pisar con tanta saña.
-Miho es la única niña, es la mayor y tú siempre consientes sus caprichos. Yo soy el pequeño, siempre me atiendes, siempre buscas algo para que ejercite más mi coeficiente y bueno.-me miró a los ojos.-Él es inteligente, pero no le haces caso y está en medio. Los hermanos del medio son los peores.
-Pobre princesita disney.-dijo Miho pestañeando.-Aparte una chica le dijo que no en el colegio, le han roto el corazoncito.
-Miho por dios.-intentaba regañarla, pero en parte casi exploto en carcajadas al oír lo de princesa disney.
Tenía diecisiete años y un carácter muy parecido al mío. Hizaki y Hero iban a colegios privados porque Clarissa y yo acordamos eso, pero Megumi no quería que su hija estudiara en el centro que nosotros habíamos elegido y optó por el público. Yo ya estaba en mis campañas de político y también de intelectual sin remedio, intentaba sacar una novela que siempre terminaba en el cajón de mi despacho. Clarissa comenzó con sus campañas para ayuda a ONG's que ella misma había creado para ayudar a los necesitados del país, no sólo a los de otros países más lejanos. Yutaka abrió un restaurante de éxito en la ciudad, pronto hizo lo mismo en la capital del país. Todos teníamos una vida distinta a la que habíamos tenido y todo porque yo regresé a Japón y lo descubrí todo.
Una mañana llevé Miho al colegio, en la puerta había un hombre bien arreglado con un par de niños de unos doce años. Ambos estaban alborotando y parecían felices por empezar el instituto. Parecían nuevos en la ciudad, nuevos en el colegio, nuevos en definitiva. Eran gemelos aunque algo distintos.
-¡Romeo tengo miedo!-dijo uno de ellos, con el cabello algo más corto, abrazándose a su hermano.
-Tranquilo.-susurró revolviéndole sus cabellos.-Todo irá bien, mira ese chico tal vez te hagas amigo de él.
El chico que señaló vestía estilo rock, pero su aspecto era muy andrógino. Llevaba puesta una camiseta con el logo “Cat”.
El hombre que estaba con sus hijos se quedó mirando fijamente a Miho, parecía querer engullirla sólo con mirarla. Me aproximé a ellos antes que ella me diera un abrazo y se marchara hacia la verja de entrada. Cuando se fueron sus hijos yo agarré a ese individuo por el brazo.
-¿Qué hace?-preguntó.
-¿Qué hace usted? Cuide sus ojos, no vaya a ser que los pierda de tanto mirar a mi hija.-él tragó saliva.-Espero que no vuelva a mirar así a una niña, porque juro que le haré la vida imposible.
El resto fue parecido a lo vivido. Hice juegos malabares para que Yutaka siguiera creyendo que iba a divorciarme de Clarissa, que Clarissa no se diera cuenta del engaño con Yutaka y a la vez comenzar a conocer íntimamente a Phoenix. Pero al menos tuve la oportunidad de tener los mejores años de mi hija, de conocerla de forma profunda y participar en su educación. En el momento más angustioso, el momento en el que ella me golpeaba por dañar a Yutaka, desperté empapado en sudor y al mirar a mi alrededor Phoenix domía plácidamente a mi lado.
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