Y renaceré como el cuervo, te encontraré tras la muerte, para atraparte entre mis garras y destrozar tu cuerpo con mi frenético deseo. Regresaré para amarte.

sábado, 26 de junio de 2010

E nomine VI


El sereno se percató de todo y salió corriendo calle abajo buscando a los agentes de la ley, a los que se harían cargo de toda la situación. Él se quedó con sus ojos clavados en ella, ella se sentía un gato acorralado y atrincherado.

No era el único inmortal que espiaba aquella escena. Rodrigo estaba allí, enviado por David y por sus planes. Merodeaba en las sombras y se personó frente a todos como un médico que intentaba salvarla. Él sabía bien que todo era un juego, una estratagema, pero no podía revelar nada o sería él quién sería señalado.

-Vive.-susurró tomándole el puso de su cuello.-Pero debo de llevarla a mi consulta.-dijo antes de silbar para que un carruaje completamente negro apareciera al galope. Parecía una ilusión óptica, un carruaje engalanado para una mortaja en vez de para salvar una vida, y sin jinete.

-¿Dónde? ¿Cómo?-estaba asustada, no comprendía nada.-¡No!-gritó llevándose las manos a la cabeza.-¡No!

-¡Sí señorita!-exclamó.-Súbase conmigo si lo desea, pero no hay tiempo que perder.

Subió junto al cuerpo prácticamente inerte de la joven y comenzó a conducir a toda velocidad por las calles de Cádiz. Los cascos de los caballos golpeaban con furia la calzada, igual que la furia contenida de nuestro protagonista.

-¡David!-exclamó colérico estirando sus manos hacia la inmensidad del cielo.-¡Maldito seas David!

Las carcajadas de su maestro se volvieron intensas, cada vez más intensas, hasta que cayeron bruscamente contra su espalda. Estaba tras él, jugando con él como él jugaba con ella. El juego había cambiado. David quería participar y apostar por un caballo ganador, alguien con mayor destreza que él para conseguir el corazón de la muchacha... y todo por una apuesta.

-¿Te duele?-interrogó.-¿Te duele haber perdido a un discípulo y toda posibilidad con ella?-preguntó quedándose a su lado para tomarlo del brazo.-¿Qué te parece si creo una hermana para ti? Así podréis pelearos por el juguete.

-¡Vete al infierno!-gritó zafándose de él de forma brusca.

-No querido, no.-susurró tomándolo del mentón.-Ya estamos en él, el mundo es nuestro infierno y nosotros somos los demonios... y yo tu Lucifer.

Como si cayera el telón en una magnifica obra de teatro todo se detiene. Para él nada tenía sentido, para David comenzaba a cobrarlo. Esa noche una nueva vida germinó en las tinieblas, una nueva dama para las sombras surgió con el poder de un viejo maestro cruel y déspota. Renata revivió de entre los muertos y desde ese día comenzó a cautivar a la muchacha cada noche, a rodearla con sus brazos firmes y con palabras sinceras.

Renata no olvidaría las palabras de su maestro, David, que fueron para ella una oferta sincera hacia la felicidad, hacia el paraíso. Lo único que tenía que hacer era proseguir con su vida y sobrevivir en la jungla tétrica que era el mundo. Debía retomar sus planes de enamorar a la joven y hacerla caer en la locura del amor.

Su otro hijo, el primogénito, quedó en silencio intentando meditar sus pasos. Cada noche se internaba en las calles de la ciudad y la observaba en la lejanía acompañada por aquella macabra figura. Ambas parecían cada vez más unidas, ambas cada vez más aferradas una a la otra. Y él moría de celos y a la vez revivía con la furia. Era un volcán a punto de explotar y explotaría en rabia contra aquel que le prometió lo mismo que a Renata. Deseaba ser feliz, pero en las tinieblas no lo era y quería caminar junto a María para conseguir unos minutos conversando con ella.

Los recién nacidos en las sombras corren a sus guaridas, como ratas ante la proximidad de las llamas, nada más tocan las cinco campanadas. Pero él era capaz de llegar dos horas más tarde, inclusive sobrevivir a los primeros rallos solares a pesar de las quemaduras que le producían.

Era insufrible ver como volvía oliendo a ella, riéndose de su victoria de cada noche frente a él, y en su propio hogar. No podía hacer nada. David acabaría con él si ponía un único dedo sobre ella. Así que salió de su silencio para quedar frente a ella mientras se desnudaba, mientras sonreía mostrando sus terribles armas frente al espejo.

-Será mía, estará conmigo.-susurró.-Para eso he nacido, ahora lo tengo claro. Podré tenerla, protegerla, amarla y será mía.-dijo mientras se quitaba los pendientes guardándolos en una pequeña caja de cristal ahumado.

-Si crees tan firmemente que será tuya ¿por qué no me permites unos días a su lado? Si tan tuya es no ocurrirá nada, si la cosa se tuerce tal vez yo sea mejor amante y a quién realmente necesita.-sonrió de forma franca y tranquil como si tan sólo hubiera recitado un simple poema.-¿Renata aceptas mi propuesta?

-No tengo que demostrar nada.-dijo furiosa, aunque desnuda mostrando su cuerpo perfecto frente a él.-Y menos ante un gusano.

-Te recuerdo que este gusano que está aquí está implicado con que tú seas uno de los nuestros, simplemente no vi venir el jueguito de David.-comentó con un leve movimiento de sus manos como si jugara con marionetas.-Acepta mi propuesta, acepta un mes lejos de ella por negocios y deja que yo entre en el juego.

-¿Y luego?-interrogó.

-Si me rechaza, si termina alejándose aún más de mí, no tendré problemas en aceptar que tú has ganado.-respondió sereno y ella sonrió.-Si sucede lo contrario ambos lucharemos por su atención, pero como humanos y jamás como vampiros. Si alguno de los dos osa usar sus poderes quedará descalificado y asesinado por el otro.-murmuró abrazándose para sí.-¿Y bien?

-¿Y bien? Acepto.-dijo estirando su mano.-Acepto con mi honor este juramento, esta apuesta.

Y el juramento se hizo pacto, y el pacto se hizo real. Esa misma noche próxima a la primavera mostró el nuevo renacer de sus esperanzas, de su plan infalible. En esos instantes el plan cambiaba de rumbo, no sería volverla loca tan sólo sino volverla loca de amor. Deseaba desquiciarla para ser su único dueño.

Su corazón estaba contaminado con los sentimientos de su mente, palpitaba con furia ante los celos. Se había vuelto su obsesión arrebatándole la cordura, la poca que quedaba bajo su cráneo. El juramento estaba hecho. Ambos lo sabían, tanto ella como él, y se disputaban una humana, vulgar a los ojos de otros y un tesoro para ambos.

Llegó la primavera y ahí llegó su oportunidad. Como si fuera un nuevo amanecer, como si fuera un nuevo mundo salvaje, se postró aquel regalo ante sus pies. Iba a conquistar a su amada, era su momento, y no podía interceder mediante artes ocultas. Sólo lo haría con sus artimañas corrientes, aquellas que le hacían ser tan deseado como Dorian Gray. Era joven, inteligente y poderoso... la mezcla perfecta de la perversión oscura.

Era uno de Mayo. No muy lejos de allí se formaba una feria de ganado donde nobles de todo el reino se aproximaba para adquirir nuevos pura sangre y realizar competiciones con sus bestias. La ciudad bullía con los extranjeros de más allá de Despeñaperros. Pero eso no era lo interesante de la ciudad, lo interesante era la apuesta que esos dos inmortales tenían entre sus manos.

-¿Dónde vas?-preguntó Renata observando al que podríamos llamar su hermano, su hermano de las sombras y de la eternidad. Un dios oscuro y tétrico como ella. Un engendro insaciable y codicioso, además de orgulloso y prepotente como cualquier ser humano.

-A conquistar lo imposible.-respondió acomodando su corbata junto a su chaleco.-Hicimos un pacto, la fecha es la acordada días atrás por ambos.-se giró y la observó fijamente a los ojos.-Renata el juego ha empezado.

-Y tú tienes todas las de perder.-dijo confiando en sus posibilidades, despreciando al hombre que tenía frente a ella.

-Puede que así es como tú lo ves, pero no tiene que ser todo como tus ojos creen observar.-murmuró tomando su bastón y aquel enorme ramo de rosas rojas, un color sanguinolento y lleno de pasión como aquel que saciaba su sed.

Sus pasos hicieron eco por la galería hasta llegar a la puerta del palacete. De allí tomó las calles observando la noche en su plenitud. Era una hora extraña, si bien era buen momento para hacer aparecer frente a su puerta rosas, simplemente hermosas y naturales rosas. La leve fragancia marinera se colaba en la brisa suave que jugueteaba con los árboles cargados de azahar. Todo se volvía delicioso, una noche deliciosa, para un encuentro delicioso.

Apareció frente a la ventana de la joven. Esta desnudaba su cuerpo mientras se introducía lentamente en la tina de baño. Sus largas piernas surgían entre la espuma. Sus labios entonaban una melodiosa canción, una canción sin letra y que parecía regocijar su alma hasta trasportarla a un mundo paradisíaco.

-¿Podría dejar de mirarme? Si no haré aviso a los agentes.-dijo girándose indignada.-¡Usted sólo trae desgracias a esta casa!

-No puedo marcharme.-respondió quedando serio frente a la ventana, como si fuera una estatua.-No puedo irme si deseo pedir disculpas.

-¿Disculpas por ser un ave de mal agüero?-dijo saliendo del baño atando rápidamente una toalla entorno a su cuerpo.-¡Largo!

-Traje flores.-dijo mostrándoselas y algo en ella se estremeció.

Jamás le ofrecieron flores sin esperar algo a cambio, ese algo a cambio era el tesoro que se hallaba entre sus piernas y bajo sus faldas. Sin embargo, él ya había tenido el placer de conocer íntimamente su cuerpo hasta dejarla delirando en el lecho del que era, aún por aquel entonces, su esposo.

-¿Qué buscas?-preguntó intrigada.

-El perdón, por mi comportamiento.-dejó las rosas en el marco de la ventana y sonrió de forma amarga.-A parte quiero hacerle entrega de esta carta, en ella hablo sobre mi arrepentimiento y cómo me afectaron sus palabras.

La curiosidad superaba su odio, hacía que se sintiera intrigada y deseosa de conocer qué palabrería insulsa se hallaría en dicha nota. Se aproximó a la ventana y en un movimiento rápido tomó el sobre. Observó minuciosamente la frase escrita en el dorso y rió bajo.

-A quién pueda interesar.-susurró.

-Espero que lea atentamente mis palabras, vendré a la noche para obtener respuesta.-dejó el ramo de flores en la ventana y caminó hacia el final de la avenida.

Ella rió al percibir como coqueteaba sin ella siquiera pretenderlo. Cerró la ventana y echó las cortinas. Tiró a un lado la toalla y se recostó en el lecho que una vez compartieron. Allí desnuda se dispuso a desnudar el alma de aquel vampiro, un hombrecillo corriente para ella pero con un atractivo especial.

Abrió con delicadeza el sobre y sacó el folio que allí se hallaba. Era un papel sepia, como el sobre, con una letra inclinada y algo extraña pero legible. Le resultaba difícil comprender algunas líneas, pero el mensaje le llegó al fondo de su venenoso corazón.

“Tomarás la carta entre tus dedos, la leerás como si no importara nada y reirás a carcajadas cuando desvele mis intenciones. Tal vez ya lo hice nada más presentarme ante ti con ese ramo de rosas, tal vez. Soy un idiota, un idiota sin suerte. Vine al mundo para ser un desgraciado a pesar de mi fortuna, puesto que mi legado quedará vacío. Moriré pronto, quizás esta misma noche. No lo sé. La vida es una jungla, no un paraíso. Por eso me atrevo a decirte mis sentimientos, a confesar todo sin tapujos.

Estoy enamorado. Son dos simples palabras que albergan sentimientos de confusión y desasosiego. Dos simples palabras que me dan la valentía de hacer estas honestas declaraciones. Tómelas como ciertas, como si salieran de boca de un santo y no de un maldito.

No pido consuelo, ni amor por tu parte. No pido nada. Tan sólo que me creas... y tal vez algo más.

Sería un placer poder conversar una noche contigo... una única noche. Creo en mis posibilidades y sé que podría mostrarte que mi compañía puede ser agradable, pero es tan sólo un deseo y no una obligación. Si bien, sería un honor para mí conocer tus inquietudes, tus sueños, tus esperanzas... conocerlo todo de ti y yo tan sólo escucharía.”

Alguien deseaba escucharla y no escucharse. Los hombres con los que ella se relacionaba usualmente deseaban escuchar lo que ellos querían, no lo que ella deseaba expresar. Meditó la propuesta hasta quedar dormida. Podía tener una amistad con él, podía tal vez hacerse comprender.

Y así fue. Durante un tiempo cercano a los cuatro meses se vieron a solas en las noches, mientras que ella pensaba que Renata atendía asuntos en la capital. Sus conversaciones parecían enlazarse una con otra. No sólo hablaban de sus vidas, de sus creencias, de música o filosofía, sino también de algo más profundo más allá de sus miedos y sus pasiones. Hablaban de si mismos, no de otros, de la vida y de la muerte. Hablaban toda la noche sin perder ni un segundo, como si fueran a esfumarse en la mañana. Se comprendían, compenetraban y no se mentían. Habían llegado a la unión comleta sin tan siquiera tocarse. Lo hacían toda la noche a la luz de la luna y como testigo el mar.

Si bien, Renata ya no podía más. Ella estaba perdiendo la paciencia y también a María. Se desquiciaba en el enorme palacete mientras los otros vampiros reían bajo ante sus desquiciadas palabras. Un trato es un trato, ella era una mujer de palabra, pero jamás pensó que eso la perdería en la locura.

-El trato se acabó, yo misma mataré a ese mal nacido.-dijo furiosa rompiendo varios libros en aquella inmensa biblioteca donde se hallaba.

-Yo puedo ayudarte.-susurró David tomándola por la cintura.-Sólo te pido algo que no me has dado.

-¿Qué no te di? Di mi lealtad y mi honor por servirte.-fue sincera, puesto que lo tenía como un gran maestro.

-Placer.-murmuró.-Dame placer una noche y yo te entregaré tu gran pasión.-aquello era tentador, tan sólo tendría que abrirse de piernas y dejar que hiciera su trabajo.-Él no dijo nada de colaboraciones en su pacto.-eso hizo que sonriera y acariciara las manos que se hallaban en su vientre.

-Te daré placer, placer más satisfactorio que el de cualquier ramera, a cambio de tu ayuda.-nada más decir esas palabras sintió como una de esas manos se metían bajo su vestido.

-Roberto sal de las sombras y ven.-dijo sin alzar la voz y su discípulo apareció frente a ambos.

La mano fue de su muslo a dentro de su ropa interior, la cual rasgó e hizo caer a sus pies. Ambos rieron justo antes de besar su cuello, cada uno en un lado de este, y de su cuello a su canalillo el cual lamieron y besaron justo antes de romper la parte superior de su elegante vestido. Si bien no siguieron, se detuvieron y rieron.

-¿Qué sucede?-preguntó confusa.

-Dices tener honor y orgullo, aceptar el destino tal cual viene aunque luchas contra las fronteras que se interpongan en tu camino. Una mujer firme en sus ideas, una mujer que no necesita a los hombres y que reniega del tacto de sus cuerpos con ella.-dijo David antes de sentarse en el enorme sillón que presidía la estancia, sillón que se encontraba ante un enorme y hermoso escritorio.

-Pero estás dispuesta a ser rastrera y entregarte a dos a la vez todo por tu orgullo.-susurró Roberto.-No la amas.

-No, no la amas. Amas tu orgullo y la deseas, tal vez.-susurró su maestro, el maestro de ambos.-Te di el poder para que todo fuera equitativo, para que pudierais luchar, pero me he dado cuenta que tú sólo deseas lo imposible y cuando lo tienes no te importa arriesgarlo de forma prepotente. Si la hubieras amado desde el principio, tal como decías, no te la hubieras jugado, si la hubieras amado como decías desearías lo mejor para ella... su felicidad. Pero eres capaz de arrebatárselo todo a cambio de tu orgullo.

Ella comenzó a sollozar. Puesto que leyó su corazón, lo que tanto temía desde que sintió por primera vez esa maldita atracción. Se sentía decepcionada con ella, con todos. Había sido una idiota y esa noche le habían dado una lección. Si bien, no dejaría que él y ella fueran felices... porque eso la quemaba por dentro. La venganza es una planta tóxica que crece en nuestro interior hasta que nos envenena y hace perder el juicio.

Él en esos precisos instantes estaba en compañía de María. Ambos estaban sentados en el rompeolas cercano al puerto. El mar estaba en calma, una serenidad idónea para contemplar el horizonte oscuro como la propia capa de la muerte.

-¿Si muriera me echaríais de menos?-preguntó sin mirarla a los ojos.

-No vais a morir.-susurró apoyando su cabeza sobre su hombro.-Somos jóvenes.

-Estoy enfermo.-dijo antes de tomar su mano y besarla, fue lo más atrevido de aquellos meses.-Deseo que seas feliz con esa mujer, su oferta parece tentadora.

-No, ya os conté que no estoy segura y creo que me será imposible amarla como a un hombre. La aprecio, puesto que ella ha sido hasta ahora quién me ha escuchado. Usted me ha demostrado que aún hay esperanza en el sexo opuesto, que tal vez pueda...-se quedó meditabunda antes de besar de forma dulce sus fríos labios.-Pueda amarle.-murmuró al separarse de él y sonrió con sus mejillas iluminadas de un hermoso y agradable color rojo.

Tomó su rostro entre sus manos y la besó de forma desesperada. La pasión surgió de nuevo entre ambos, la pasión ardía bajo sus pieles. El fuego del infierno se hacía demasiado intenso y el agua se veía apetecible. Se desnudaron y cayeron al agua, entraron en el mar afrontando sus instintivas pasiones. Sus bocas se aferraban a la opuesta mientras su manos viajaban por sus pieles.

Y él entró en ella sacando de sus labios un hermoso gemido, sacando también el aire y el silencio que guardó tantas noches. El agua les rodeaba como si fuera una refrescante manta. Él aparentemente estaba helado, pero la excitación electrocutaba cada célula de su piel.

Se movían de forma opuesta y desesperada mientras que la naturaleza los contemplaba y rodeaba. Perdían el límite de su raciocinio y se fundían en la lujuria más asfixiante. Y así explotaron en gemidos y jadeos, estallaron hasta llegar al final del ritual como si fueran dos peces que copulan para salvar la especie.

Ella quedó agotada, si bien logró acomodar sus ropas, al igual que él. A la mañana siguiente se despertó con una dulce sonrisa en sus labios y en sus oídos el tañir de las campanas. Alguien había muerto, alguien dejó este mundo para ocupar espacio en otro.

Esa misma noche él envió sendas cartas al párroco y al ladrón de tumbas. Cartas lacradas en las que se trascribía lo que debía hacerse, el plan del Diablo a cambio de su alma. Antonio había perdido a su mujer, pero tenía una hija por la cual luchar, así que al leer la carta la quemó como decía y se marchó hacia el palacete. El párroco se santiguó y quemó la carta antes de hacer el amor de forma pasional a su amante. Sus piernas temblaban al igual que temblaba su alma, pero él quería poseer por entero la felicidad que le regalarían a cambio de un pequeño trámite. El tañido de las campanas era el inicio de todo.

En la plaza del pueblo se armó un pequeño alboroto. Todos lo sabían menos ella. El joven acaudalado de la ciudad había fallecido en la mañana, nada más despuntar el alba. Su enfermedad terminó por aprisionar su vida haciéndole partir junto a sus padres. Nadie comprendió las lágrimas de María. Estaba aún incrédula porque su amante se hubiera disuelto como si fuera un simple sueño.

Renata descansaba en su ataúd maldiciendo a su hermano, él simplemente sonreía complacido. Si ella aparecía y María seguía amándole él había vencido. Le haría comprender todo como si fuera un milagro. David y Roberto simplemente seguían todo como un hermoso juego. ¿Ganaría el orgullo o la pasión?

Enterraron un ataúd vacío con honores. David hizo acto de presencia entre los amigos íntimos, junto a Roberto, representando ante todos su mejor papel. Todo el pueblo lo despidió como si realmente lo conocieran o apreciaran, pero la tragedia era grande al tratarse de alguien rico y joven, alguien con todo y a la vez con nada. Era como si la muerte descubriera su lado más perverso, aquel en el cual no importaba nada como así hizo constancia Manrrique.

Dos días después las campanas del pueblo volvieron a repicar. Tenían que dar santa sepultura a la amantísima esposa de Pedro, la cual parecía haber fallecido acogida por Morfeo. Pedro sollozaba junto a su hijo, parecía hundido y realmente lo estaba. El párroco era sólo un juego, ella era el verdadero amor que le hacía seguir vivo y no se percató hasta ese preciso momento. Si bien, ya estaba libre de ser sólo de su amante y este se cercioraría que así fuera.

Antonio consiguió una gran suma de dinero de una vieja herencia. Al parecer un tío lejano había hecho fortuna en las nuevas tierras del reino y le hizo llegar todo lo que poseía en vida tras su muerte. Era un cuantioso legado y él era el único heredero con vida. Su hija jamás padeció frío o hambre y él dejó la bebida, se dedicó a su oficio tan sólo por restaurar sus viejos delitos.

Renata volvió a la ciudad, al menos eso hizo creer, pero María no estaba receptiva. Jamás habían visto de duelo a María, pero ahí estaba vestida completamente de negro meciéndose junto a la ventana que daba al mar. No hablaba y no se movía, sólo observaba aquel oscuro mar que parecía haber engullido su felicidad sin desear devolverla. No dijo nada hasta pasado todo un año. Renata tuvo que soportar todo un año de silencio hacia ella, todo un año de noches largas contemplando a María sin que esta siquiera notara que estaba allí.

-Ayúdame a morir.-susurró María.-Quiero morir para estar con él.

-¿Quién es él?-preguntó intentando ocultar todo lo que sabía.

-Él, el único hombre que me ha escuchado y ha llorado ante mis desgracias. Él, el cual me ha hecho ver lo equivocada que era mi vida y lo errático que era mi camino.-dijo con una voz débil.-Mátame, no quiero vivir.

-Pero yo te amo, yo te puedo hacer feliz.-dijo intentando hacer que sus ideas se enfocaran en otras soluciones.

-Yo te aprecio, aprecio tu amistad y aprecio que hayas estado junto a mí. Aprecio tus abrazos, regalos y confianza.-susurró antes de levantarse para tomar el rostro de Renata entre sus manos.-Pero al morir él el vacío que hay en mí se ha hecho tan intenso, tanto... que hoy tras un año noto que mi alma muere en un dolor intenso.

-Mañana te llevaré a un lugar... ya es la hora.

María no entendió sus palabras, simplemente se dejó abrazar mientras acariciaban sus cabellos. Ella confiaba en la mujer que decía amarla y protegerla. Si bien, Renata sólo quería mostrar el cuerpo demacrado de su hermano de las tinieblas.

Por orgullo, por desesperación, por todo y por nada, tomó la decisión once meses atrás. Él había vencido, lo había logrado, pero ella no estaba dispuesta a entregar lo que le pertenecía por derecho. Con la ayuda de una decena de hombres enterró el ataúd con el cuerpo del joven vampiro en el jardín de nuestro inmortal. Y allí lo enterró a más de cincuenta metros bajo la tierra. Los gemidos y quebrantos se dieron durante meses, por ello decían que la casa estaba encantada, pero parecía que la locura y la sed le había dejado en un estado de inconsciencia completa. Había caído en un sueño profundo, en el pesado letargo del dolor y la agonía. No había muerto, pero su piel estaría pegada al hueso y su rostro varonil sería sólo un recuerdo frente a la huesuda máscara que poseería.

David y Roberto lo sabían, tenían conocimiento de ese juego. Pero ni hicieron nada por evitarlo ni hicieron nada por ayudarla. Se mantuvieron al margen expectantes y deseosos de saber la verdad, el momento en el que todo acontecería y se descubriría la caja de Pandora frente a la joven María. Ambos no cesaban de hablar del plan macabro de Renata en sus largas noches sentados frente al mar, lo hacían con una sonrisa en sus labios y preocupación en sus miradas.

María era ajena a los entresijos de todos aquellos miserables. Se movía como alma en pena por la casa intentando recuperar la cordura, pero en sueños él venía y rogaba que creyera que seguía vivo. Siempre rezaba por su alma, por la de él, y por la de todos aquellos que sintieron como su corazón se desquebrajaba. Sentada en su alcoba, en el centro de su enorme cama, contemplaba su reflejo en el espejo de pie.

-Era todo demasiado perfecto.-susurraba con lágrimas en los ojos.-Hoy has vuelto otra vez a mí.-murmuró pegando sus rodillas a su cuerpo.-Tengo que hablar de mis pecados, tal vez así mis sueños sean más plácidos.

En la mañana siguió confiando en la decisión de la noche. Antes de ver a Renata en las noches iría a la iglesia. Deseaba hablar con el joven padre y confesar sus pecados, su dolor y su ira. Vestía de forma recatada, como una viuda más, portando entre sus manos un relicario de cuentas negras y cristo de plata. Todos la observaban confusos, puesto que aún su cambio de comportamiento era tomado por unos como la muestra que la Virgen, o Dios, se habían aparecido frente a ella, pero ella siempre negaba tales hechos.

El párroco se encontraba en el confesionario rezando para liberarse de sus pecados. Cada noche en su cama su amante gozaba de su cuerpo, lo envenenaba hasta hacerle perder la cordura y terminaba rogándole que despertara en el lecho. Consiguió que su amante le amara realmente, con argucias poco limpias y meritorias para un sacerdote.

-Ave María.-susurró desde el confesionario al escuchar como alguien se arrodillaba frente al confesionario.

-Sin pecado concebida.-musitó.

-¿Cuales son tus pecados hija?-interrogó jugando con el rosario que tenía entre sus manos.

-Amé tanto a un hombre que sentí los infiernos entre mis piernas. Cada noche deseaba que me tomara, que me hiciera suya. Si bien, él perdonó que le usara y destrozara su reputación meses antes.-comenzó a sollozar.-Cuando al fin fue mío usted mismo le dio la extremaunción.

-Los pecados de la carne son habituales en corazones jóvenes, el demonio hace caer a las almas más débiles. Pero el amor es algo hermoso, pero no resta pena a su conducta. Rece tres avemarías, cuatro padres nuestros y eche al cepillo unas cuantas monedas.

-No es lo único que hice.-murmuró.-Creí amar a una mujer y no, no lo hago. No le he dicho nada, no se lo he confesado que ya no siento nada más que afecto fraterno. Pero él está muerto y no sé si seguir con el engaño.

Salió entonces de su frialdad y recordó aquel hombre, un nudo se le hizo en la garganta. Tragó saliva como pudo, se aferró a la silla de madera e hizo cinco veces la señal de la cruz.

-Debes dejar aún lado el pecado carnal.-respondió tajante.

-¿Cómo? Si a él lo sigo sintiendo entre mis piernas cada noche.-dijo angustiada, aunque para nada avergonzada.-No vengo a por el perdón de estos pecados... vengo a que perdonen mi suicidio. Esta noche, antes de despuntar el alba, mi cuerpo yacerá en la arena de la playa donde fui suya.

-No puedo aceptar esta confesión.-dijo asombrado.-Es un suicidio, eso va en contra de los planes de Dios.

-¿¡Y cuales son los planes de Dios!? ¡Qué sea una desgraciada! ¡Grandes planes!-toda la iglesia se giró para contemplar su ira.-¡Qué grite y llore cada noche por un amor prohibido! ¡Qué me sienta una estúpida al llevar flores a su lápida! ¡Qué jamás pueda ser mi esposo! ¡Saber que nunca voy a ser feliz! ¡Qué jamás lo he sido salvo con él! ¡Esos son los planes de Dios! ¡Si Dios me ama que me lo devuelva hoy mismo!

-¡Dios no tiene la culpa de tener planes distintos a los que uno desea!-exclamó saliendo del confesionario.-¡Váyase de la casa del señor y no vuelva!

-¡Dios no está en este templo! ¡Dios según la Biblia está en mí y en todos! ¡Puedo seguir rezandolo lejos de ti! ¡Lejos de un cura que es más mujer que hombre!-dicho esto se marchó furiosa.

Él se quedó asombrado ante aquella respuesta. Sin embargo los fieles se remolinaron entorno a él para calmarlo y halagar su misión en la iglesia.

Se marchó furiosa calle abajo, todos la miraban con aquella cara de demonio bañada en lágrimas. Estaba dolida y hundida. Haría lo que dijo. Ya no tenía fuerzas para nada. No quería nada más que cerrar los ojos y no abrirlos más. Esa misma noche después de hablar con Renata moriría.

Cuando su amiga apareció la consoló largo rato, pero lo que iba a contarle haría más daño que bien. La llevó a la vieja casa de su amante y cuando fue al jardín para cavar ya alguien se había adelantado, ya que había un enorme hoyo semejante al que deja un gusano.

-Bienvenida hermana.-escuchó aquel jadeo y notó como aquel esqueleto andante caminaba arrastrándose entre los matorrales para quedar frente a ella.

María comenzó a gritar hasta caer desplomada frente a ambos. No lo reconoció, tan sólo vio un muerto caminando y hablando como si tuviera vida. Renata y él comenzaron su pelea, él estaba demasiado débil pero conseguía mantenerla a raya porque aquel dolor le daba aliento. David y Roberto aparecieron de la nada, como jueces implacables.

-¡Renata!-exclamó David y esta dejó de golpearlo.-¿Qué dijiste? No usarías la tortura, ni harías daño a María, ni interferirías para que la balanza cayera hacia tu lado.-susurró con una sonrisa.-Las leyes de los vampiros dictan que el vampiro que hace daño a otro merece pasar por el mismo trance.

-O peor.-añadió Roberto riendo bajo hasta quedar junto a ella, tomándola por la cintura.

-¡A buenas horas ayudáis!-exclamó nuestro inmortal cansado, casi a punto de caer al suelo.

-Lo hicimos por tu orgullo y porque las lecciones con sangre entran.-musitó su creador caminando hacia él para ofrecerle su cuello.-Bebe y restaura tu aspecto antes que ella vuelva a la consciencia.

Su pupilo bebió sin pensarlo mientras Roberto mantenía a raya a Renata. Ella forcejeaba y gritaba, quería liberarse. Si bien, no quedó en silencio hasta escuchar a su hermano de las sombras hablar de nuevo.

-Dejadla.-susurró tras notar como todo su esplendor regresaba y David jadeaba en el suelo por el esfuerzo.-Dejadla libre, ya bastante tiene con sentir que no ha logrado disminuir el amor que ella siente por mí, sino que lo incrementó. Dejadla ir porque no ha ganado nada, ha perdido. Dejadla porque nadie merece la tortura y la barbarie dada por sus semejantes.-susurró antes de arrodillarse frente a María.

-Es tu decisión.-susurró Roberto apartándose de Renata y esta tan sólo se marchó cabizbaja, meditando sus palabras y también meditando que tuvo mucha suerte.

-María.-murmuró acariciando su rostro.-María.

-¿Eres tú?-interrogó observándolo, acariciando su rostro.-¿He muerto?

-No, María.-susurró antes de clavar sus dientes en su cuello, de beber casi hasta la última gota de su sangre para luego otorgarle la vida eterna.-María... eres ahora otra criatura distinta. Eres una criatura de las sombras, los planes de Dios siempre están en todos incluso en los que dan caza y muerte.-dijo aquello tras leer en su mente, en su sangre y alma, lo dicho en la iglesia.-Sonríe María.

-Ya lo hago, ya lo intento... Amaury.
























































Y así continuó con él... hasta que el mundo se rompió en dos y ambos conocieron el verdadero juicio... y la verdadera pena por sus pecados. Pero mientras todo valió la pena, porque ambos estaban al fin unidos, al fin juntos como debía ser.

Amaury William Rose

2010




















Dedicado a ti, sólo a ti.
Te amo más allá de la distancia y de los imposibles.

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muerte por vida
un precio caro
pero habitual
somos animales
somos todos animales
hijos de un dios
hijos de las sombras
hijos de la eternidad
no podemos renegar
no podemos olvidar
incluso lucifer fue engendrado por él
la concepción que él nos ha dado
nos ha hecho ser como somos
por eso matamos
porque está en nuestra naturaleza
¿somos tan terribles?
¿más que un asesino despiadado?
¿más que un dictador?
¿más que un hombre que enseña a su hijo a matar avecillas?

...

no somos monstruos
simplemente sobrevivimos...
con tu sangre
con tu alma
pero es supervivencia.

aqui gana el más fuerte

Sueños - AWR


sueño profundo y doloroso... sueño de sangre y noche
sueño contínuo en lo eterno...
sintiéndote navegar en eter...
un eter que se vuelve fangoso... rojizo... sublime
¡Sangre!... sólo sangre... cálida y fresca... deslumbrante
nube vamporosa con aroma a mujer...
la primera víctima de la noche... la elegida.
tacones lejanos con contoneo de caderas carismático...
para luego escuchar un grito de terror...
y luego...
y luego... NADA

Dama Sombría

Dama de las sombras
mujer de corte oscura
tú vienes a cortar el último hilo de vida
el último aliento..
cruel dama nocturna
cruel mujer...
que viene junto a la muerte, de la mano
señora que sonríe... que se jacta de mi destino
mientras la calavera señala mi destino... un foso... un lugar junto a la tierra y sus gusanos.
hoy yaceré muerto al despuntar alba
hoy... habrá acabado mi andanza por la tierra
hoy descansaran mis huesos, pero no mi alma.
Si bien... cruel aunque hermosa
desfilaras con la muerte, danzarás con ella, y la luz del día disipará tu figura.
tal vez lloren por mí, canten salmos y las campanas repiquen...
como tal vez termine como Paganini... en un carro... esperando sepulcro durante años.
danza y ríete de mi miseria
hija de la noche
mujer que no da tregua...
capa oscura y pesada, fúnebre sombra
que engalana el manto de la muerte.

somos idiotas afortunados

La vida cae... en una persona... el telón cae

cae pero otra empieza

empieza en un mundo rojo.... teñido por la sangre

con el ruido del tañir de las campanas de una muerte que yace en el campo santo del olvido...

un mundo donde los esperanzados son pocos...

y los diablos sin rumbo muchos

somos diablos

pobres almas

desamparados

odiados hombres de paja

que añaden a la historia... a la historia del día a día...

historia que despreciamos y amamos por igual

somos idiotas

que no agradecemos lo que tenemos

que detestamos el suelo que pisamos

pero cuando van a levantar la hoz para que espiremos... gritamos, lloramos y rogamos.

somos afortunados

y no nos damos cuenta

que esos pequeños baches

que esas soledades

y esos silencios sin sustancia

son la savia de algo grande

es la sangre de la mortalidad

y de la inmortalidad en si misma.