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Nuestro personaje principal se personó en la estancia quedando frente al cuerpo maltrecho de su discípulo. Rodrigo lloraba amargamente intentando ocultar su cuerpo mancillado, pero le fue imposible. Su maestro lo había oído todo en la habitación contigua. Observó las mordidas en su cuello y hombros, los arañazos y las marcas de sexo.
-¿Te has divertido?-interrogó con su voz ronca y desapacible. Estaba molesto con su creador y su nuevo discípulo, molesto por haber interferido en sus planes.
-No.-susurró a sabiendas que era una burda mentira, puesto que había disfrutado.
-Ahora también mientes.-dijo tomándolo de entre las sábanas para llevarlo a su alcoba introduciéndolo en una tina de agua sin calentar.-Lávate.
-Lamento todo, lo lamento realmente.-lloraba de forma entrecortada sumergido en esas aguas frías hasta el cuello.
-No lo lamentas, porque gozaste. No soy sordo ni estúpido.-respondió antes de echarle un jarro de agua al rostro.-Despéjate.
-Te amo a ti, te necesito a ti.-dijo intentando incorporarse.
-No quiero hablar más del asunto.-se giró sobre si mismo para marcharse por donde había venido.
-Yo sí lo deseo ¿es cierto eso? Lo que dijo él.-murmuró aferrándose al borde de la bañera.
-¿Y qué si lo es? Tú gozas de él y del infame proscrito que le acompaña.
A tan sólo unos cientos de metros la mujer obtenía una revelación impactante. Desde el suceso de su esposo había estrechado lazos de amistad con una vieja conocida. La otra mujer era esbelta, rasgos intensos de fiera indomable y fuerte carácter. Su belleza inclasificable atrapaba a todos los que la conocían. Su feminidad no estaba reñida con su fuerte intelecto y sus grandes dominios sobre los negocios de alta mar. Ella se llamaba Renata, Renata Iglesias. Su padre había sido capitán de un naviero y su madre era una mujer de clase noble. Ambos se unieron en matrimonio y como único fruto de la unión nació Renata.
Renata y María se habían conocido por negocios. El esposo de María tenía varios contratos navales y empresas que requerían el transporte privilegiado de los buques con los que contaba Renata. María era alguien que desconocía realmente el patrimonio global de su esposo, se sorprendió que fuera más rico de lo que imaginaba. Renata se ofreció exprimir cada moneda para multiplicarlas en negocios que dieran realmente frutos de futuro.
Ese día, el día que Rodrigo descubrió el placer carnal como único vínculo, María obtuvo una sugerente proposición de Renata. Hasta aquel momento nadie jamás levantó tanto revuelo en su mente ni la hizo recapacitar sobre su vida, sobre su trayectoria. Su nueva aliada, y compañera de negocios, declaró su amor por ella y la pasión que reinaba en su pecho. Explicó con todo detalle sus sentimientos y le ofreció que se alejara de los hombres para tomar ella sus propias decisiones, decisiones lejos del yugo masculino y su estúpida creencia sobre las mujeres y su valía.
-No somos mercancía, tampoco árboles que tras dar el fruto esperado no deben ser cuidados.-susurraba próxima a su cuello, tomándola de la cintura.-María, las mujeres jamás seremos comprendidas por los hombres y nos vemos recluidas a sus caprichos.-dijo acariciando con una de sus manos su vientre.-¿Quieres ser madre? Busca un hombre y que te de ese hijo que tanto ansías, pero regresa a mi lado. Diremos que es de tu fallecido esposo y le daremos su apellido. Ten ese bastardo que tanto ansías para que tu herencia no quede desierta, pero no vuelvas a abrir tus piernas para ellos.-murmuró girándola leve para que la observara.-Mírame a mí, tengo tu edad y los hombres nada más me ofrecen tratos estúpidos por un amor coyuntural que durará tan sólo hasta que otra con mejores pechos se pose ante ellos y abra sus piernas.-dijo clavando sus ojos en ella.-Has sufrido mucho María, has sufrido demasiado, y yo puedo darte la paz que tanto deseas.
-No estoy segura.-susurró intentando no dejarse llevar por la necesidad de afecto, de afecto real. Jamás nadie la trató como un ser humano, usualmente era el trofeo.-Déjame meditarlo.
-¿Durante cuanto tiempo?-preguntó apartándose de ella para tomar asiento tras su escritorio, acomodando su vestido.
-No lo sé, no es fácil de asimilar para mí.-respondió caminando hacia la puerta de salida.-Esta noche ha sido demasiado extenuante y el día me aturdió. Necesito descansar.-más bien deseaba huir, necesitaba alejarse y acurrucarse en la cama intentando dejar fluir sus pensamientos.
La siguiente mañana fue un caos en ambas mentes. Tanto el inmortal como la dama se dedicaron a meditar las palabras y actos que se había sucedido en la noche anterior. Fue doloroso para ambos, terrible por momentos y finalmente tomaron las decisiones oportunas. Él pondría en práctica el plan tal cual lo había elaborado y ella iniciaría un acercamiento lento hacia la que hasta ese momento era una amiga, un apoyo. Tomaron sus decisiones tras una noche en los infiernos.
Al caer la noche ambas mujeres se vieron para conversar apaciblemente sobre su relación. Ambas parecían confusas y nerviosas, más María que era la primera vez que se vería expuesta a ese tipo de sentimientos. Renata tan sólo quería protegerla, darle el amor que merecía y hacerla suya. Pero cuando conversaban apaciblemente en el porche de la casa de Renata apareció Rodrigo.
El joven había estado llorando como un niño durante todo el día. Se sentía humillado y vendido a un hombre que amaba a una mujer por encima de todo lo que él podía darle, por encima del amor que poseía para entregárselo de forma intensa y eterna. Bebió durante horas para darse valor, aunque su acto sería la de una rata cobarde. Apareció frente a la casa de aquella mujer tambaleándose.
Ambas quedaron en silencio atónitas por cómo se encontraba el hombre que las observaba desilusionado, cansado de la vida y harto de sentir algo por un gusano que había jugado con él, como hacía con todos. Alzó el brazo y apuntó a María, pero Renata interfirió en el trayecto de la bala y atravesó su cuerpo desde la espalda hasta el pecho. Le atravesó por completo la columna e hizo que su traje color hueso se convirtiera en uno color carmín. María chillaba desolada y temerosa. Rodrigo recargaba su arma intentando tener mejor fortuna cuando él apareció.
-¡Maestro!-exclamó.-¡La seguí! ¡La vi! ¡La detesto! ¡No me culpe por ello! ¡No me culpe!-los ojos del vampiro estaban inyectados en un odio incapaz de ser controlado. Golpeó fuertemente su rostro y lo arrojó al pavimento. Tomó el arma ya cargada y le disparó dejándolo muerto, para luego observar el cadáver y a la mujer que amaba.
El aroma a sangre, a muerte, y sobretodo la sed que desgarraba su garganta, además de su alma. Caminó de forma serena hasta María y el cuerpo sin vida de su compañera. Intentaba controlarse, pero las emociones le invadían. No podía decir que odiaba a Rodrigo, pero era tan sólo un instrumento y no debió tomarle aprecio. Mucho menos podía sentirse firme ante la mujer que amaba, la mujer que tendría que volver loca, y todo porque dio su palabra ante David. Su honor y orgullo estaba en riesgo.
-Permítame.-susurró intentando calmarla, al menos tomar su rostro entre sus manos.
-¡Aléjate de mí! ¡Traes muerte a mi vida!-exclamó.
El sereno se percató de todo y salió corriendo calle abajo buscando a los agentes de la ley, a los que se harían cargo de toda la situación. Él se quedó con sus ojos clavados en ella, ella se sentía un gato acorralado y atrincherado
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