
-Retorcido.-murmuró en un jadeo al sentir su cuerpo aplastado por el de su maestro.
-Siempre ha sido así.
-¡Maestro!-se escuchó gritar a Rodrigo corriendo hacia ellos, intentando en vano separarlos.-¡Maestro!-gritó de nuevo notándose en sus ojos la furia intensa, el odio y las lágrimas por la desesperación.
-Díselo.-susurró David próximo a su oído.-Díselo a él, díselo.-su aliento era venenoso, eran como mil dagas clavándose en su piel. Sentía que su corazón se desbocaba, que su respiración se paralizaba por completo. Él si bien, su maestro, parecía divertirle aquel sufrimiento. Roberto observaba todo desde la puerta del jardín, como si nada importara. Rodrigo seguía sollozando de manera inevitable.
-¡Déjeme!-explotó nuestro mortal en un alarido de dolor. Sus huesos se sentían romperse como si fueran de mantequilla. Mordió su labio inferior notando como su maestro le tiraba del cabello hacia atrás.
-¡Dile!-dijo próximo a sus labios para lamer la sangre de la herida que él mismo se producía.-¡Dile que la amas a ella!
Rodrigo quedó paralizado escuchando las palabras de aquel vampiro. Su maestro, el hombre al cual le había entregado su alma, gemía de dolor entre convulsiones. Aquello debía ser un error. Su maestro era suyo, era el hombre que él había elegido para ser su amante.
-¡Maestro!-exclamó cayendo de rodillas presa del dolor y del pánico.
-David.-su nombre salió entre quejidos lastimeros, cosa que hizo que se apartara observando a su creación.
-Eres un cobarde.-murmuró.-Una rata acomplejada que se desliza entre las cloacas de la sociedad, te crees más listo pero acabas derrumbado pidiendo clemencia.-masculló antes de agarrar por el brazo al humano.-Ambos estáis hecho el uno para el otro... aunque tú sólo juegues con sus sentimientos y no tienes el aplomo y la gallardía suficiente para decírselo.-tomó del rostro a su pupilo e hizo que le mirara, sus cabellos estaban remolinados sobre su frente y su boca manchada de sangre.-Dile la verdad.
-Rodrigo.-jadeó palpando su torso hundido que iba retomando su forma, una curación dolorosa y casi instantánea.-Yo no te amo como esperas.
Rodrigo únicamente agachó la cabeza ocultando su rabia y celos. Todo concordaba en su mente. Recordó la mujer y recordó el ansia de poseerla. Por supuesto vino a su mente aquella noche donde desnudo su maestro corrió por la ciudad, donde lo encontró arrojado en el suelo del jardín jadeando con el rostro como si hubiera visto el paraíso.
-¡Ni siquiera siente placer pensando en ti!-exclamó para luego reír carcajeándose de aquel enclenque que tenía agarrado con firmeza.-Ven, yo si te daré placer real.-susurró en su oído antes de mordisquear su oreja.
-¡Déjalo!-exclamó con furia el joven vampiro.
-No.-susurró.-Roberto y yo le tenemos deparado un castigo ejemplar por interponerse en mis lecciones.
Movió con fuerza al humano, jalando de él. Prácticamente lo arrastraba. Rodrigo no decía nada. Su aliento, como su cerebro, se había paralizado. Su corazón estaba roto, parecía muerto. Era como un muñeco sin vida, un ser sin alma. Lo guiaba hasta su habitación y durante el camino fue desnudándolo. Nada más llegar a la alcoba lo arrojó al colchón. Roberto apareció de la nada y cayó junto a su maestro sobre el cuerpo del sobrecogido muchacho clavando sus incisivos.
-Serás la perra de nuestra cama.-susurró el vampiro más viejo y experto en este tipo de trances.
-Soñáis.-jadeó entre adolorido y excitado.
-Mira como te pones sólo con un mordisco.-susurró el más joven en tono de burla, aquello le resultaba jocoso.
-Hagamos que sienta las sombras.-murmuró el maestro rasgando las ropas que le habían sacado para cerrar sus ojos y atar sus muñecas a ambos lados del cabezal de la cama.
Dejaron maniatado al muchacho mientras sollozaba. Ellos se besaban pegando sus cuerpos fríos y duros como rocas. Eran dos titanes frente a un debilucho hombrecillo que tiritaba. El más joven introdujo uno de sus dedos en el interior cálido, y todavía estrecho, del humano. Su maestro mordisqueaba y lamía a su discípulo desabrochando su pantalón. Sus bocas comenzaron a luchar, sus incisivos tiraban de su piel desgarrándola para lamer el néctar de la sangre.
El humano finalmente sucumbió abriendo sus piernas gimiendo bajo. Su miembro comenzaba a tomar forma. Roberto rió a carcajada, pero el peor era David que contemplaba todo con cinismo. Agarró de la nuca a su discípulo colocándolo frente al excitado miembro. Su discípulo simplemente lo engulló entre sus fauces iniciando una felación lenta. Su maestro fue tras su cuerpo desnudándolo de forma salvaje, para entrar de la misma forma en él.
Los terribles gemidos de David eran alaridos provenientes del infierno, los orgasmos del propio lucifer. El eco de la pasión cegadora recubría el silencio que hasta ese momento mantuvo la habitación, la alcoba se volvió epicentro de un trío desquiciado.
Un segundo dedo se internó en el humano, pero este parecía gozar demasiado y rápidamente el miembro del joven vampiro se introdujo entre sus piernas. Rápidamente su maestro desató a Rodrigo y lo recostó de un lado introduciéndose junto a su alumno. Los alaridos desgarrados del muchacho no impedían a los otros dos gozar. Si bien, esos alaridos terminaron siendo gemidos cargados de placer. Dos bocas lo atendían, cuatro manos y dos miembros dispuestos a destrozar su escasa cordura.
Al acabar lo dejaron agotado en la cama. Rodrigo no entendía nada. Él tan sólo había gozado. Sin embargo su corazón seguía perteneciendo a su maestro, su verdadero maestro. Interiormente deseaba que lo convirtiera en un vampiro, que lo hiciera un hijo más de las tinieblas, y pudiera así seguir a su lado el resto de los siglos.
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