
-Sentirse humano no es lo mismo que serlo.-comentó fijando su vista a las estrellas.-Eres un demonio, pero haré trato contigo sólo por el bien de mi hija.
-Deberías dejar morir a su madre.-dijo con voz ronca el vampiro.-No sobrevivirá demasiado y alargarle la vida es alargarle la agonía. No seas egoísta y déjala marcharse tranquila.
Antonio sintió un vuelco en su corazón. Matar a la mujer de su vida no era algo que estuviera en sus planes. Él quería que Dios obrara el milagro, pues si existían criaturas como la que tenía a su lado debía de existir un creador. Quedó en silencio y meditó largamente. Estuvo más de diez minutos con los labios cerrados conteniéndose la rabia. Se veía egoísta e irracional si lo miraba desde un prisma distinto. Ella sufría, sufría horriblemente, y los medicamentos no la mejoraban. Los medicamentos tan sólo alargaban su vida.
-Es cruel.-murmuró.-Es cruel tener que matar a quien amas, hacer un acto que sólo Dios debería hacer.
-Dios no lo ha hecho porque disfruta observando los infiernos.-susurró el inmortal apoyando su cabeza contra el muro, observando las estrellas y notando que la mañana estaba cada vez más cercana.
-¿Cómo puedes decir eso?-interrogó.
-¿A caso creías que este lugar era la frontera entre el cielo y los infiernos? ¿Tal vez que bajo tus pasos gallardos estaban los demonios? ¿Quizás creías que procedía del interior de la tierra y emergí de un volcán?-se echó a reír a carcajadas e incluso aplaudió, como si se tratara de una función de teatro.-¡Idiota! ¡El infierno es este mundo! ¡Pasamos calamidades! ¡Nos angustiamos y tenemos miedos! ¡Sí! ¡Este es el infierno!
-No puede ser.-jadeó.-¿Y los criminales? ¿Quién los juzga?
-La muerte temprana.-murmuró.-No olvides que la justicia los encarcela en cárceles oriundas llenas de excrementos y sin luz. No olvides que los tratan peor que a las ratas, que estas viven mejor que ellos porque pueden salir al sol. No olvides que puede ser alguien horrando que roba por el bien de sus hijos, como tú.-se levantó y echó a caminar.-No olvides que todos tenemos el castigo oportuno en el momento ideal.
Sus pasos traspasaban la realidad y la ficción en cada sonido opaco sobre la calzada. Una llovizna suave comenzó a caer acariciando los edificios, refrescando aún más la noche. Su capa rozaba los muros de ambos lados de la calle, calles desiertas y estrechas batallando con otras amplias que parecían ser grandes océanos frente a minúsculos y serpenteantes ríos.
Sus ojos estaban cerrados, conocía aquel lugar como si jamás se hubiera apartado de él. Podía recordar cada brecha y balcón. Era para él un juego, el juego de la gallinita ciega que muchos niños jugaban en la plazuela en las tardes de sol. Sí, podía notar que estaba en casa y que pronto volvería a resurgir de las cenizas.
Era noche cerrada, pero no quedaba demasiado para el amanecer. No pude deleitarse demasiado en su caminata. Regresó rápido a su guarida donde le esperaba él. Aún jadeaba y gemía bajo por el placer, extasiado completamente. Estaba desnudo en su cama esperándole.
-Maestro.-susurró Rodrigo abriéndose de piernas como cualquier ramera que podía encontrarse en las calles.-Maestro.-murmuró con los ojos entrecerrados, empapado en sudor con sus cabellos arremolinados en su frente. Una visión magnífica de un adonis que parecía rogar unas caricias sinceras.
-Rodrigo.-dijo sentándose en el borde de la cama.-¿Hiciste lo que pedí?-interrogó.
-Sí maestro.-murmuró.-Pero no puedo abandonar los pensamientos sobre lo ocurrido.
-Lo sé.-susurró con una sonrisa cruel y cínica.-¿Me amas Rodrigo?-interrogó acariciando una de sus piernas.-Sé que me necesitas y me amas, que harías cualquier cosa por mí.
-Sí.-dijo embelesado por el poder, por la magnificencia del vampiro.
-Hoy te agradecí ese amor.-comentó levantándose.-Mañana nos veremos.
Rodrigo quedó confundido por sus palabras. No sabía cómo tomar aquellas caricias y ese sexo tan corrupto. Se fue a su alcoba sin poder dejar de pensar en sus besos, manos y cuerpo. Quería tener sus ojos ataladrándolo a la vez que su alma caía en sus garras. Le amaba. Realmente estaba obsesionado con él y el vampiro usaba ese juego para atraparlo más y más, hasta la locura.
Nuestro inmortal se introdujo en su recámara real, donde le esperaba una amarga sorpresa del pasado. Sentado sobre su ataúd había un joven de cabellos dorados y piel clara. Poseía un ojo azul y otro verde, un extraño capricho genético. Poseía ropas llenas de jirones, si bien aunque sucias y rotas parecían las de un príncipe. Sonrió al verlo, ambos lo hicieron. Parecían conocerse y haber llegado al encuentro esperado por ambos.
-Mi hermoso hijo.-susurró levantándose para caminar hacia él, tomarlo del rostro y besar suavemente sus labios.-Te has vuelto cruel y suspicaz, tal como pensé.
De este modo pasaron los días, las semanas, y llegó el mes de la gran celebración cristiana. Pasó la cuaresma, pasó los cuarenta días de rigor. Llegó la Semana Santa, la semana donde todos debían mostrar su devoción. La semana en la cual se recapacitaba sobre el amor de Dios, sobre la vida que otorgó por la salvación de las almas de los hombres.
El redoble de los tambores hacían vibrar el suelo de toda la ciudad prácticamente, redobles con sonidos de trompetas y flautas que ensalzaban en cánticos a la virgen. Las saetas surgían del más hondo respeto y amor, respeto y amor a un trozo de madera que ni sentía ni padecía. Una semana santa llena de símbolos e imágenes de Dios, justo lo contrario a las leyendas de las sagradas escrituras.
-Dicen amar a su Dios, un Dios único, al cual le cambian de forma y los llevan en procesión por las calles. Parecen todos haber caído en unas terribles fiebres.-susurró nuestro inmortal sentado en la gran biblioteca mientras jugueteaba con los pergaminos recientemente escritos por Rodrigo.
Él se había convertido en sus ojos en el día. Trascribía sus emociones, noticias y derivados a un pequeño taco de folios. Allí explicaba minuciosamente, detalle por detalle, su día a día y el día a día del pueblo. En esos momentos se encontraba arrodillado frente a él, abriendo los botones de la bragueta, para sacar su premio.
“Desperté temprano. Me sentía algo aturdido, demasiado. Sin embargo bajé de las blancas sábanas de algodón y lavé mi rostro. El sol no despuntaba aún, ni siquiera el gallo había cantado. Mis ojos se quedaron fijos en mi reflejo, me notaba distinto gracias a ti. Distinto porque la vida me había dado la bendición de conocer a un ser como tú, alguien que me protege y que hace que me sienta superior a otros hombres y mujeres. Sé que es pecado creer algo así, pero cada noche nos bañamos en el pecado más dulce que conocemos.
Me vestí como de costumbre tras un aseo minucioso. Tomé un desayuno rápido, tan sólo unas tostadas con aceite y leche bien caliente. Después simplemente me dejé llevar por mis pasos, pasos que condujeron hacia la mujer que tanto daño le ha hecho su sangre, su linaje.
Ella parecía descansar aún en su cama. Hoy parecía más aturdida en sus sueños, como si se revolcara en un manantial de fuego. Temblaba y sudaba. Pero no se preocupe, tan sólo fue una pesadilla. No está enferma, creo que tiene mejor salud que yo y que muchos en toda la ciudad. Una mujer sana, pero podrida por dentro... eso os lo aseguro, bien lo sabéis.”
Se detuvo, no leyó mucho ya que soltó un fuerte gemido al percibir los cálidos labios de Rodrigo. Él estaba ensimismado en su tarea, no notaba que su amante se excitaba sólo con pensar en aquella dama. Una mujer que le desquiciaba y que le hacía caer en un abismo de locura. Atrapó la cabeza del muchacho y la pegó bien entre sus piernas. El vampiro sólo podía pensar en el cálido recibiendo de aquellos firmes muslos, esos muslos que le atraparon aquella noche y le hicieron caer en la lujuria más extrema.
“Estuve esperando a que terminara su descanso. Parecía fatigada e iba completamente desnuda. Se exhibía prácticamente a la vía urbana. Nadie transitaba aún las calles, excepto yo, pero aún así me pareció un acto pueril.”
Justo cuando se derramaba en los labios de su amante, más bien lacayo, apareció prácticamente de la nada Roberto. Así se hacía llamar Roberto, aunque su verdadero nombre era Vladimir. Vladimir era la nueva adquisición del maestro David, el cual se hospedaba en esos momentos en los aposentos subterráneos que poseía el inmortal. Tres inmortales conviviendo en las catacumbas de aquel enorme emplazamiento. Tres hombres soportándose, por así decirlo.
-El maestro te busca.-dijo clavando sus ojos claros en su hermano en las sombras, aunque más bien rival.-Oh, lo siento. Olvida que dije, satisface a tu voraz putito y luego nos buscas. Estaremos en el jardín jugando a beber el té.-murmuró colocándose su chistera y sonrió de lado notando el hedor a sexo que surgía de debajo del escritorio.
-Iré en unos minutos.-repuso observándolo con cierta furia, había sido reemplazado por un cínico y petulante músico de tercera. Personaje que tenía que soportar para saldar la deuda con su pasado.
El maestro le esperaba en el jardín. Deseaba saber bien sus planes para colaborar. Él no conocía sus motivos ocultos, si bien los poesía. Quería destrozar a la joven, volverla loca, por puro placer. Era como los romanos, deseaba que el circo no cerrara su función. La adrenalina que descargaba meditando en cómo deleitarse con la locura, con la furia, la intriga y la desesperación más brutal, más humana, le excitaba.
Se encontraba vestido con una simple camisa y unos pantalones. Estaba descalzo sintiendo bajo las plantas de sus pies el frescor de la hierba. Acariciaba lentamente los pétalos de las rosas, para luego tomar una entre sus manos apretándola, dejando que las espinas se clavaran en su piel desgarrándola.
-La amas.-susurró sin girarse, dándole la espalda a su primera y más amada criatura.-La amas tan perdidamente que eres incapaz de aceptarlo.-murmuró volviéndose a hacia él lentamente.-¿Me dejarás sin mi amada venganza?
-No la amo.-respondió.-La detesto.
-Deseas meterte entre sus piernas, desgarrar su alma a base de sexo desenfrenado. Jamás te sentiste tan vivo, ni siquiera cuando eras humanos, como aquella noche donde tus instintos primarios salieron a la luz. Tú hijo mío estás anhelando meterte de nuevo en la cama de esa perra.-dijo sin alzar su tono de voz. Aquello lo hizo prácticamente en un susurro, como si fuera un secreto inconfesable.-La amas, la amas más que a la otra y más que a mí.
-¡Es falso! ¡Son infamias! ¡Es una cruel trampa que expones ante mí! ¡Es imposible! ¡Es imposible!-gritaba una y otra vez desquiciado.
-¡Cállate!-gruñó golpeando su rostro para luego encajarle contra el muro.-La amas, puedo leerlo en tus ojos.-susurró.-Deseo que la vuelvas demente, la mates en angustia, y luego la conviertas en uno de los nuestros. Será deseable, excitante, será necesario.-murmuró antes de lamer sus labios.-Será tu juguete frente a nosotros.
-Retorcido.-murmuró en un jadeo al sentir su cuerpo aplastado por el de su maestro.
-Siempre ha sido así.
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