Y renaceré como el cuervo, te encontraré tras la muerte, para atraparte entre mis garras y destrozar tu cuerpo con mi frenético deseo. Regresaré para amarte.

lunes, 19 de abril de 2010

E Nomine II


-Será una larga noche.-murmuró estirando su mano.-Toma mi mano, acéptala hijo mío.-susurró.-Acéptala como si fuera tu guía, como si fuera un ángel, como si fuera la del creador de esta tierra de salvajes e impúdicos. Acéptala como si vistiera ropas pulcras enhebradas de dorado. Tómala como si fuera la tuya.-susurró dando dos leves pasos hacia él.-Te mostraré los entresijos de este lugar, te demostraré los crímenes cometidos contra mi honra, y te haré partícipe de una venganza distinta a la muerte. Purificaré su alma y purificaré la mía en el camino.

-¿Cómo?-preguntó aún levemente aterrado.

-Tranquilo, no morirás ni haré que suceda algo en tu contra.-comentó.-No es lo que deseo, no está en mis planes, y si hubiera deseado deshacerme de ti lo hubiera hecho.-susurró con una leve sonrisa de canalla, de demonio, de lo que era realmente.

Esa noche fue prácticamente eterna. Primero tuvo que explicarle el complejo organismo que era. Un organismo que seguía vivo gracias a la sangre de otros, a la muerte de otros. Algo tan natural como aberrante. Una mezcla de dios y hombre, un entresijo de demonio y ángel, que caminaba por la tierra danzando y creando semillas de muerte. Un engendro hermoso que combatía al destino y a la historia.

Después le mostró como cazaba, como devoraba su víctima ante sus propios ojos. Era un delincuente común. Uno de tantos que vivían en la sierra asaltando carruajes, uno más. Vivía de lo que robaba, de la caza indiscriminada, y a su vez golpeaba a su mujer convirtiéndola en una desgraciada. No amaba a nadie, sólo a si mismo. Uno de esos cretinos que no valían nada, que por su alma no darían ni cuatro monedas.

Lo siguieron en silencio. Un silencio que parecía un cortejo fúnebre. Y en la salida de un bar, tan ebrio que no se podía mantener en pie, cayó frente a sus botas. Lo alzó como si le ayudara y luego le contara un secreto. En una esquina donde no pasaba ni un alma, el farolillo apagado y el sereno bien lejos. Nadie podría verlos, nadie. Bebió de él notando el alcohol, sintiéndose ebrio por unos instantes. Las imágenes de su esposa, su hijo desnutrido y el dolor que le golpeaba fuerte desde niño. Un desgraciado más con alma de canalla y con las manos demasiado largas. Lo que uno aprende de chico lo demuestra de adulto, porque él desde pequeño aprendió a golpear a las mujeres gracias a su padre.

No quedó ni una gota de sangre en aquel cuerpo. No quedaba nada. Sus labios estaban limpios, sus dientes manchados de sangre, y sus ojos llenos de un brillo especial. Comenzó a reír a carcajadas, unas carcajadas metálicas que parecían cuchillos o navajas. Lo dejó en la esquina recostado como si no le hubiera pasado nada, como si sólo durmiera la borrachera, y su amigo le siguió entre horrorizado y curioso. La curiosidad le estaba matando, la belleza que veía en sus acciones por la justa ley le hacía sentir poderoso y eso que él sólo miraba.

-Conviértete.-suplicó.

-No.-repuso.-No puedo convertirte y hacer oídos sordos. Esto no es un don, es una maldición y hay que saber llevarla.-comentó abrigándose bien con la capa.-No estás preparado, tal vez algún día lo haré. Por ahora no pienso arriesgarte a que caigas en la locura y tenga que asesinarte. Eres muy valioso, eres muy valioso para mí y para el destino que está ante ti.-comentó haciendo resonar sus pies sobre la acera.

Caminaban apurados, querían ir a la casa del párroco. Había algo que quería comprobar. El viejo cura había muerto y habían traído un joven. Todos decían que era un ángel, por su belleza y delicadeza. Él quería ver ese ángel, quería ver de qué calibre estaba hecho. También quería que le siguiera su amigo, necesitaba un cómplice para ese delito. Averiguar de otros era un fascinante entretenimiento que él como mortal debía aprender.

Una de las ventanas estaba abierta, más bien encajada, pero con las cortinas descorridas para que entrara la luz de los farolillos cercanos. El humilde sacerdote había estado con las misas muy apurado, cada vez se confesaban más feligreses y eso era por las fechas en las que estaban. Pronto sería semana santa y las misas estaban siendo agotadoras. Cuando abrió la puerta de la habitación lo pudo observar detrás del candil.

Su aspecto era el de un ángel. Jamás habían visto ambos cabellos como aquellos, eran rizos dorados que caían sobre sus hombros. Sus ojos eran azules, un azul intenso, y sus facciones eran dulces. Parecía una agradable visión del paraíso. Iba cubierto con un camisón blanco, eso le daba una imagen aún más inverosimil.

-Maestro.-susurró.-¿Los ángeles existen?

-No lo sé.-respondió.-Pero no es tan merecedor de llamarse así.

Tras él iba un joven de aspecto algo rudo, un chico marinero. Había trabajado en el campo y en el monte como leñador, pero terminó enrolado en un barco pesquero. Pensaba que pescando podía tener una vida más aventurera y más beneficios. Llevaba siendo el amante del cura desde el primer día que se conocieron en la posada. La homosexualidad estaba penada, condenada con virulencia, y mataban a golpes a todos aquellos que profesaban dicha herejía.

-¿Por qué decís eso?-interrogó Rodrigo.

-Por lo que ocurrirá frente a nuestros ojos.-susurró tomando del hombro a su amigo.

Pronto ambos hombres comenzaron a besarse. El delicado ángel se dejó seducir por los infiernos. Se besaban de forma tórrida, como esos amantes que se deseaban más allá de la piel. Querían palparse el alma, o más bien eso mostraban. Estaban enamorados y castigados. Cuando cayeron sus ropas eso fue la demostración de la orgía más pueril. Uno intentaba no gemir, el otro no podía dejar de gruñir y sobretodo en el momento en el que entró en él sin delicadeza alguna. Esas toscas caricias eran parecidas a las fragelaciones. Mordía su cuello, sus labios, sus pezones y él sólo enterraba sus uñas en su espalda alzando más sus caderas.

-Te amo.-escuché decir en jadeos.-Te amo.-era la voz del párroco.-Te amo tanto Pedro.-murmuró acariciando sus cabellos, tirando de ellos, mientras no paraba de gemir de forma baja.

-No hables Rafael, no hables.-rogó su amante.-No quiero escucharlo, no quiero.

Pedro a parte de casado con la mar estaba casado con una mujer, una tejedora más, que se dedicaba a coser y tejer para otros. Estaba gestando un niño, el primer hijo que tendrían ambos, e ilusionada con el fruto de su amor. Si bien, él no la amaba y sólo se casó por la presión que sentía cada día de su vida. Presión que se diluyó en los brazos de Rafael. Rafael dejó de azotarse, de sentirse un miserable, para caer en la locura de un amor prohibido. Aún no sabía como podía seguir perenne ante el dolor que le daba ver a la mujer de su amante, palpar el vientre que llevaba y que deseaba llevar él. A parte de homosexual se sentía mujer, a parte de eso rogaba ser algo que no era ni sería físicamente.

-Esos son los designios de Dios.-susurró.-Los ángeles pueden ser asexuados, los hombres no. Los condenan, los enclaustran, les da a elegir, y terminan necesitando todo lo contrario. No hay tanta libertad.-masculló.-Y a la vez la hay.

-Es una abominación.-susurró su acompañante y él sólo sonrió.

-¿Una abominación? No lo es. Simplemente así se cree porque se piensa que es incorrecto, que no pueden procrear como conejos. Porque los humanos así se juntan, sólo para tener hijos. Matrimonios de conveniencia donde sólo se busca el dinero, el confort, un heredero o simplemente callar las malas lenguas.-se apartó de la ventana y comenzó a caminar calle abajo.

El muchacho corrió tras él y quedó a su altura. No sabía qué pensar. Para él lo que habían visto estaba mal, era pecaminoso, y Dios lo fulminaría en el juicio final. Si bien, parecía que su maestro opinaba de forma distinta y comenzó a pensar que tal vez lo que pretendía tener como verdad era tan sólo una nube de humo, una mentira, y eso no sabía si le entristecía o le enfurecía.

-Maestro.-susurró.-¿A caso vos sois capaz de copular como ellos lo han hecho?-se interesó clavando sus ojos confusos en él.

-Sí.-respondió.-Yo me fijo en la belleza de las almas, en su fragilidad y en su composición vaporosa de sueños y temores.-sonrió de forma inexplicable y se paró bajo la luz de un candil.-Muchacho el amor es algo innegable, como el deseo, y sé bien que todos podemos sentirnos atraídos por todos. Hay que derribar muros, aceptar las consecuencias y actuar como nos dicte el corazón. No debería ser un dilema existencialista sobre quién duerme bajo nuestras cobijas, sobre quien nos ha hecho eyacular de forma abundante, y mucho menos tachar algo de errado porque no sea la costumbre.

Silencio. Después de aquellas palabras sólo hubo silencio entre ambos. Un silencio que sobrecogía su alma y la empequeñecía. Él se hallaba en un dilema. Siempre había pensado que era justo en sus pensamientos, un hombre objetivo, y le habían demostrado que su subjetividad tachaba algo de inmoral por el simple hecho que una ley y la moral cristiana lo decía. Se percató de ello y guardó silencio. Si bien quería explotar en gritos, tirar de sus cabellos y jurar que estaba cuerdo. Pero en ese mismo instante dejó de ver a los humanos como mera carne y género por algo más espiritual, más etéreo.

Caminaron hacia el cementerio. Entraron sin problema alguno. La cancela estaba abierta. En la casa del guarda se encontraba una mujer postrada en la cama, parecía tener unas fiebres terribles, y una pequeña criatura se movía inquieta en la cuna. El bebé no tendría más de unos meses, parecía estirar sus brazos al techo rogando que alguien lo cargara. Sus gritos se podían escuchar en todo el cementerio. La mujer estaba tan enferma que no se mantenía ni un segundo erguida en la cama. Sollozaba y temblaba, sólo podía hacer eso.

Se internaron por el cementerio. Observaron fijamente las lápidas que allí había. Unas estaban más descuidadas, otras parecían recientes y algunas jamás serían olvidadas por el momento. Entre las tumbas se veía otra figura que no había reparado en ellos. Guardaron cierta distancia y observaron como abría una tumba reciente, levantaba la tapadera y desvalijaba al muerto. Una sortija, un reloj, unos objetos personales que le habían dejado junto a él y la medalla de la Virgen del Carmen. Todo lo metió en una bolsita de terciopelo negro y volvió a dejar todo como si nada hubiera ocurrido.

Corrió entonces al sentir que alguien le había visto, pero no se detuvo a saber quién. Corrió y corrió hacia la casa del guarda y allí se mostró ante su mujer. Ella había enfermado hacía unos meses, después de tener a la niña, por culpa de una infección en el parto. Había momentos en el que la enfermedad parecía remitir y otras en las cuales la muerte la rondaba. Eso no era vida, no era vida ni para él ni para ella. Pero no tenía corazón de acabar con la mujer que tanto amaba. La observaba con sus ojos verdes y rogaba a Dios, más bien le imploraba, perdón por su robo para las medicinas y para algo de comida. El oficio a veces no daba lo suficiente y ella hacía mucho tiempo que no ganaba su jornal como lavandera.

-Dios mío.-susurró.-Sé que me escuchas.-dijo observando la luna.-Sé que lo haces desde tu trono rodeado de tus ángeles, de esos divinos seres que custodian a todas las almas de la tierra.-era un rezo que le enseñó su madre, un ruego que hacía cada noche.-Perdóname por robar, perdóname por todo el mal, pero deja que mi mujer se recupere y pueda disfrutar de nuestra hija.

Aquel hombre tenía en su rostro la máscara de la desolación. Su aspecto varonil contrastaba con el miedo que encerraba su corazón. A los hombres se les mostraba que debían ser fuertes, intrépidos y sobretodo que los hombres no lloraban. Pero él no podía dejar de llorar. Era una amargura eterna. Parecía una colmena que derramaba hiel por sus ojos y sus labios. Su aspecto robusto y desaliñado le hacía atractivo a la vista de cualquiera, sobretodo a la vista de un inmortal. Su camisa blanca estaba llena de jirones, algo sucia por el sudor y la tierra. Sus manos eran grandes, esas manos que cuando te tocan sientes aspereza y a la vez protección. Su piel dorada por el sol y sus cabellos largos y castaños le hacían parecer un ángel tallado en madera. Fuerte y valiente, a la vez destruido y miedoso.

-Antonio.-murmuró ella.-Antonio.-susurró de nuevo haciéndole huir de las meditaciones.-Antonio la niña.-dijo entre lágrimas con la voz entrecortada.-Leche, la niña necesita leche.

-Sí, mi amor.-susurró de forma tierna acercándose a ella. Sabía que moría, que ya agonizaba y no la tendría mucho tiempo a su lado. No quería decirle la verdad, no quería contarle que estaban arruinados y que su hija tal vez moriría de inanición como él. Llevaba cuatro días sin comer, su hija llevaba casi un día entero tan sólo bebiendo agua.-Descansa.

Se apartó de ella tembloroso y tomó a la niña entre sus brazos. Durante minutos la meció y meció. Deseaba que se callara, que muriera pero no antes que su madre. Sabía que era la consagración de su amor, de algo que los unió por puro capricho del destino y que no podía dejar de pensar lo feliz que le hacía ser padre. En esos momentos sólo quería que se durmiera, que durmiera para siempre, y que dejara de sufrir.

Se colocó una capa destrozada por el uso y a la pequeña la envolvió en mantas. Salió fuera. Hacía humedad y frío, en realidad era una temperatura pero cuando se movía el aire te golpeaba. Un golpe húmedos, de esos que te hielan y te calan los huesos. Fue donde las putas, allí dejó en los regazos de una mujerzuela su hija. Ella amantaba a la criatura porque acababa de ser madre, pero se deshizo de la criatura regalándosela a las monjas.

-¿Por qué seguimos a este desdichado?-preguntó el joven cerca de su maestro.

-¿Por qué no?-murmuró.-Todo en esta vida se hace por algo.

-¿Qué algo?-dijo tirando leve de su manga.

-Mi plan. Ese cura y este hombre serán parte de mis peones.-respondió.-Nada más deja que el tiempo te muestre lo que tengo preparado.

Regresaron a la guarida, a ese templo que parecía el Edén de un demonio. Caminaron con paso firme y sosegado. Tenían el perfume de la mano de la muerte en sus ropas, un perfume que se pegaba a su alma. El joven estaba confuso. No paró de rezar por las almas que había observado, por el pecado que había sentido tan en lo profundo de su corazón. Anidaba en su cabeza la idea de la locura, una enajenación o pesadilla, que le había convencido que lo imposible era real.

El sirviente, y amigo, se marchó junto a su amante. Ella le esperaba recostada en el lecho, estaba esperándole deseosa del placer que tanto amaba. Palpó sus mulos y acarició su vientre. Tan cálida, tan sugerente, tan humana y tan carente de sentido del honor. Él había juzgado a dos amantes que se entregaban al gozo de sus almas, al placer de sentirse amados, y él aceptaba a una mujer que sólo le complacía sexualmente. No le amaba, jamás le dijo un te amo tan real y sugerente como aquel cura a su amante.

Sin embargo, él se deshizo de su ropa y dejó que ella cayera frente a sus piernas. Notó como lamía su miembro como si fuera la serpiente del paraíso, ella era el pecado más infernal y perverso. Colocó la mano sobre sus cabellos y jaló de ellos enterrándola entre sus piernas. Echó hacia atrás su cabeza dejándose hacer. Su miembro fue cobrando forma entre las fauces de aquella hembra, de ese súcubo, que tanto amaba y que tan poco amor le regalaba.

-Hoy te haré mártir.-dijo en un jadeo.-Hoy te haré sentir lo que eres.-ella rió ante esas palabras.

La colocó en el lecho y abrió sus piernas. Ella sólo le miraba expectante y él introdujo tres de sus dedos en la abertura del placer. Comenzaba a estar húmeda y caliente, comenzaba a estar dispuesta para cualquier capricho impúdico. Se inclinó y lamió aquella fruta prohibida, el sexo de aquella golfa sin alma.

En el otro extremo de la casa, de aquella guardia que desembocaba a los infiernos, nuestro inmortal reía. Sabía los estragos que había causado en él. Conocía bien la tortura que podía imprimir y hacer creer lo que se le antojaba. Le había mostrados dos amores puros, dos amores entregados, dos amores que eran inconfundibles. Un hombre que lloraba por su esposa y por el legado de ambos, un hombre entregado al desastre. Otros dos que se complacían nadando en pecado, un pecado que no podían abandonar porque morían de amor. El amor más puro no tiene que ser perfecto, no tiene que estar a tu lado, no debe ser perfecto. El amor más puro es aquel que permanece ante las inquisitudes, el amor que él aún sentía ante la imagen de su amada.

-Te llamaré Virtud.-susurró frente al retrato.-Eso dije.-murmuró palpándose los labios, notando como sus incisivos aún se notaban de forma notoria.-Te llamaré Virtudes.-dijo palpando la tela del cuadro y el marco.-Te llamaré así porque tu sola presencia hace estragos, me conviertes en dócil, y creas un milagro. Tu mayor virtud no es tu belleza, ni tu carisma, ni tus suaves manos o firmes pechos. Tu mejor virtud no es el silencio de tus labios, ni tu mirada, ni tu pelo y mucho menos lo es el lunar que pintas sobre tu boca.-rió bajo recordando esa primavera, ese momento en el que dijo aquello en el jardín de su propiedad.-No, princesa mía.-dijo arrodillándose ante el cuadro juntando sus manos.-Tu mayor virtud es que aunque eres un demonio, una loca cruel que envenena a los hombres por la pasión y la lujuria que despiertas, es que en mí tan sólo me trasmites paz... la paz que tanto he buscado, la armonía que tanto quiero y el deseo más profundo de protegerte.

Entonces recordó con melancolía las palabras que susurró, esas palabras crueles...

“No diga estupideces. No repita un poema que habrá leído en uno de sus tantos libros. Conmigo la palabrería barata no vale, no basta. Soy una mujer digna de un Marqués, un Conde, un Rey inclusive. No soy digna para idiotas, pues lo idiotas me cansan”

-No son palabras sacadas de un libro, son mías.-dijo indignado girándose hacia la mugrienta estancia, que a la vez esa estancia tenía un aire decadente y agradable.-Yo soy noble, tengo títulos y sobretodo orgullo.-apretó los puños y se giró señalándola.-Usted es la estúpida, la arrogante estúpida, que acaba de reírse de un enamorado.

Ella dejó de abanicarse, su mirada altiva cambió por completo y sonrió. Su risa era fresca y hermosa, tan hermosa como ella. Se acercó a él y lo miró de forma dulce. Le tomó del mentón observándolo, para después despegar con carisma sus labios...

“No diga que me amas sólo por mis apariencias. Ten paciencia. Aprende quién soy, conóceme, y luego podrá tal vez volver a repetir este discurso.”

Un grito desgarrador se escuchó por toda la galería, un grito que le sacó de sus recuerdos, y enterró sus ojos en la mente enajenada de su amigo. Él sonrió satisfecho observando a esa furcia muerta, destrozada y casi irreconocible, sobre la cama. Las sábanas estaban perfumadas de muerte, la sangre manchaba su pecho y sus manos mientras la acariciaba. Toda ella estaba llena de navajazos. Él estaba excitado y con sus manos manchadas de sangre comenzó a masturbarse, primero de forma lenta para luego terminar explotando en un gemido de placer. La expresión de terror de aquella fulana fue deliciosa y perfecta para contrastarla con la de orgasmo de Rodrigo.

-Muy bien.-murmuró.-Las buenas mujeres deben ser ángeles.-dijo caminando hacia su ataúd para al fin descansar.-Las perras que sólo buscan riqueza... aniquiladas y arrojadas al infierno.


Al despuntar el alba Rodrigo se deshizo del cuerpo ocultándolo en un baúl. No pensaba en nada. Su mente estaba revuelta. Incluso la tenía desierta cuando quemó la ropa manchada de sangre. Tras limpiar todo se sumergió en la enorme tina del baño. Cerró sus ojos y dejó que su cuerpo se purificara. En ese momento su cerebro se activó. Recordó cada palabra, cada sensación, cada roce y cada silencio.

Rodrigo comenzó a rememorar aquellos jadeos y gemidos, esas palabras intensas, que se profesaban dos hombres. Como también recordó algo bien enterrado en su corazón. Cuando era apenas un niño sintió deseos por su primo. Su primo era mayor que él varios años y se asemejaba a un Dios griego. Un hombre perfecto en formas y también de suma inteligencia. Deseó ser abogado al ver como su primo ofrecía justicia a los que la aclamaban. Había estado enamorado de él y lo acompañó al cementerio el día de su muerte. Murió por culpa de unas fiebres. Él tomó la lucha de ser abogado sólo por continuar el legado de la única persona que se preocupó realmente por él. Sus padres siempre lo vieron como un extraño, jamás se abrió por completo a ellos y era una figura oscura en la familia.

En aquellos momentos febriles comenzó a excitarse. Al imaginarse en brazos del vampiro. Se sentía impúdico por no saber qué deseaba realmente, si el cuerpo de un hombre o el de una mujer. Ella había sido deseo, puro deseo, aunque había creído estar enamorado. Sentía algo más intenso por su maestro, por su amigo, por el hombre al cual le había vendido su alma por un poco de prosperidad. Sonrió con los ojos cerrados fantaseando con sus manos sobre su cuerpo, por sus labios sobre su cuello y por un mordisco intenso en el cual le clavara sus afilados colmillos.

-Te amo a ti.-susurró comenzando a masturbarse.-Sólo a ti.-dijo abriendo los ojos al igual que sus labios, los jadeos eran intensos.-Tú y yo eternamente unidos... sí...-quería pedirle la eternidad, quería pedirle ser su fiel compañero.-Sé que me quieres a tu lado porque si no fuera así no estaría vivo, no me habrías mostrado el placer y no me hubieras hecho recuperar el porqué de mis actos.-sonrió como un estúpido enamorado, como si estuviera envenenado por la lujuria y un sentimiento intenso de paz.

Se recostó en la cama donde mató a la que iba a ser su esposa. Puso sábanas limpias para poder arroparse, pero no se vistió. Quedó desnudo y excitado aún. No podía dejar de pensar en entregarse por completo a él. Jamás tuvo sexo con un hombre, pero la sola idea de poder tenerlo en su lecho le hacía pensar que sería mejor que con una mujer. No hizo nada más, tan sólo descansó de todas las emociones que le aprisionaban. Las cadenas de lo prohibido se habían roto para él, pero otras se habían encadenado a un amor obsesivo que deseaba liberar.

La noche llegó y el inmortal paseó por los pasillos de sus dominios. Llegó a la habitación y sonrió al verlo echado con rostro de ángel. Parecía un hombre común, pero en realidad era un asesino impúdico y salvaje. Se sentó en la cama vestido con sus elegantes ropas, unas ropas perfectas y hechas especialmente para él. Puso las manos sobre el rostro de Rodrigo y sonrió al notar que la frialdad de su cuerpo lo despertó.

-Maestro.-murmuró incorporándose mientras lo observaba sonrojado.-Yo la maté.-susurró.-Está en el baúl.

-Nos desharemos de ella por el pasadizo hacia las catacumbas.-respondió.

Leyó la mente de su amigo y sonrió satisfecho. Podía notar esa atracción tan intensa y ese amor que florecía con fuerza. Sabía que era su peón y que le valdría para su juego. Una parte de él disfrutaba con su compañía y otra parte sabía que únicamente tenía que verlo como una ficha de ajedrez.

-Deseo probar el sexo entre tus brazos.-susurró aproximándose a sus labios para rozarlos.

Nuestro inmortal tan sólo lo besó, aceptó ese cándido beso y lo convirtió en algo salvaje. Rodrigo no sabía como actuar y únicamente lo siguió notando como todo su cuerpo temblaba, sabía que podía ser esa noche al fin cuando comprendiera a parte de él. Aquel vampiro lo recostó, destapó y abrió sus piernas como él solía hacérselo a las mujeres. Notó como un dedo se introducía en su interior, un dedo que pasó de leve molestia a crearle una sensación de gozo inexplicable.

-¿Quieres ser mi puta como lo fue tu mujerzuela?-creyó escuchar y él tan sólo gimió bien alto arqueando leve su espalda.-Y es sólo un dedo pequeño mío.-dijo antes de hacerle gozar con un segundo.-¿Cómo se siente ser la concubina de un hombre poderoso?

-Maestro.-jadeó aferrándose a las sábanas de la cama.

-Abre bien esas piernas.-dijo como mandato y él cumplió. Le hizo reír a carcajadas ver lo excitado que estaba con tan poco. Sacó sus dedos y lo agarró por la cabeza para besarlo.-Aprenderás la sumisión a mis caprichos, jamás vas a alzarme la voz como has hecho horas atrás y te esposarás a una lealtad delirante.-Rodrigo tan sólo asintió a sus palabras buscando un nuevo beso, cerrando sus ojos porque deseaba sentir sus labios, pero lo único que sintió fue como lo hundía entre sus piernas.-Besa mi bragueta.-lo estaba amaestrando y él creía que tan sólo le concedía su amor, lo que realmente sentían ambos. La besó y notó como sacaba su miembro de entre la tela.-Aprenderás a no rechistar mis órdenes.-dijo antes de meterlo entre sus labios y sentir placer, un placer intenso. Rodrigo únicamente se percató como su mente se liberaba de cualquier dolor.

La lengua de aquel joven era inexperta, sus labios también, pero empezaron a ser placenteros. Sobretodo porque se sentía rendido ante un demonio cargado de deseo. El vampiro palpó el miembro de su amigo y notó como se había endurecido, rió a carcajadas mientras lo asfixiaba provocándole arcadas.

-Maestro.-dijo cuando lo recostó, tan excitado que estaba a punto de derramarse sin tan sólo tocarse.

-Gírate.-fue lo único que dijo.-Gírate.-no habían palabrería romántica, sólo sexo y mandatos.-Soy tu amo y te ordeno que te gires.

-Sí.-susurró temblequeando. Notó como si cuerpo ardía de deseos de notar esa hombría que había tenido en su boca. Se giró quedando de espaldas a él, recostado y pendiente a lo que sucedería.

El vampiro levantó leve sus caderas, abrió bien sus piernas, y se metió dentro de una sola estocada. No había dilatado lo suficiente, pero eso no importaba. Los gemidos de placer llenaron la estancia. Rodrigo clavaba sus manos en la almohada, gemía y se complacía como jamás lo había hecho. Aquella bestia no-humana le estaba estimulando como nunca había pensado. Se derramó mientras gritaba que le amaba, el vampiro tan sólo se complació arrojando su cuerpo en el colchón.

-Ven.-jaló de su muñeca y lo arrojó al suelo. Sonrió observando su rostro cubierto por sus cabellos empapados en sudor.-Tendrás bien marcada en tu mente esta noche.-susurró pegando el rostro del joven a su miembro.-Bebe lo que te regalo.-dijo introduciéndole su miembro en la boca y se dejó ir.-Rodrigo... ahora me perteneces.

Después de ese desenfreno tan sólo lo dejó recostado en la cama. Él se marchó como si jamás hubiera ocurrido aquello. Caminó por las calles y echó a reír a carcajadas. Ya lo tenía donde quería. Jamás diría nada en su contra porque le amaba, era un estúpido que no podía dejar de amarlo. Sabía que era su presa, que era quién necesitaba, desde que lo encontró en aquella habitación. A pesar del cariño que le tenía, de esa estima indudable, no dejaba de ser una marioneta en sus manos.

Caminó algunas horas hasta llegar a la puerta de la iglesia. Sabía que pronto las calles se llenarían de fieles en procesión. Quedaba sólo cuarenta días para que los fieles cayeran rendidos en éxtasis. Era el lugar más católico de toda Europa, además de ser el más católico del país. El hambre y el dolor te aferran a la creencia de la fe, te aferra a que te recompensará en un mañana.

Sabía bien que el amante del párroco no estaba, se encontraba en la mar, y por ello él estaría solo en la iglesia rezando por sus pecados. Eran las dos de la mañana y llamaba con fuerza, los golpes resonaban dentro. Rafael estaba postrado ante la imagen de la santa cruz, de un cristo crucificado que alzaba su vista al techo.

-Perdóname.-rogó.-Perdóname.-decía temblequeando.-Bebí del cáliz.-susurró.-No soy como tú, no como tú Jesús.-decía abrazándose, o más bien agarrándose los brazos.

-¡Rafael! ¡Abra!-gritó sacando al párroco de sus plegarias.

-¡Voy!-esa voz no era de ninguno de sus feligreses.-¿Quién eres?-preguntó al abrir levemente la puerta.-¿Cómo sabía que estaba aquí orando?

-¿Orando o tal vez fustigándose? ¿Intenta expiar sus pecados padre Rafael? Desea decirle tal vez a su dios que no ama a otro, que es fiel a él, cuando se encama con Pedro Ibañez cada noche.-aquello le dejó helado y sin saber que responder. Sus labios temblequeaban al igual que sus piernas, era un hombre frágil y en camisón parecía un ángel sacado del propio fresco.

-¿Cómo se atreve a levantar tal calumnia?-preguntó sobresaltado.

-¿Cómo se atreve a negarlo? ¿Cómo? Se siente tan mujer en sus brazos, tan querido y deseado como una, y a la vez quiere llevar el hijo que lleva en el vientre de la verdadera hembra que él ama.-la única reacción del párroco fue intentar cerrar la puerta, pero aquella cosa se lo impedía.-Vengo de los infiernos, provengo del fuego y del azufre, mi piel fue curtida en las batallas con los jinetes del Apocalipsis y Dios mismo me dio su bendición.-susurró mintiéndole, infringiéndole pavor. Cerró la puerta entrando dentro y desplegó el aura de poder que mantenía prisionera, un aura oscura, sus ojos se volvieron fieros y sus dientes aparecieron.

-Yo...-susurró cayendo de rodillas.-Le amo, no puedo vivir sin él, si es cierto que viene de los infiernos para impartir justicia... máteme. He pecado de lujuria, soberbia, mentira... he sido un ladrón y he hecho que un hombre honrado sea infiel a su esposa. Inclusive he fantaseado ser ella.-sus ojos se llenaban de lágrimas y su voz se quebraba.

-Dios desea que ayudes a un pecador y con ello te exhumarás de los tuyos.-susurró colocando una de sus manos sobre sus cabellos rubios.

-Haré lo que Dios crea conveniente.-susurró convencido de que era el mismísimo Lucifer quien le decía aquello, si bien quería arder en el infierno si con ello podía hacer que su alma se limpiara de todo pecado.

-Te recompensará si eres fiel a mi petición.

Enajenado y aterrado escuchó los mandatos de aquel miserable. El misterioso caballero le rogaba silencio y calma. Deseaba que comprendiera sus pretensiones y que debía obedecer. El pobre sacerdote tan sólo escuchaba aquello como si fuera un relato fantasioso. No podía creer que criaturas como aquellas existieran realmente, y a la vez sabía que la maldad se camuflaba en cualquier criatura.

-Deseo que comprenda que esto no puede salir de estos firmes muros de piedra.-dijo mirándolo a los ojos, ojos que parecían perdidos en sus pensamientos.-Quiero que esa mujer sufra por los crímenes que ha cometido, ella y sus antepasados.-murmuró sentándose en el púlpito.

-No sé porqué debo estar incluido en sus planes.-susurró.-No conozco a esa mujer más que de las misas que me pide en ocasiones, misas por su madre y por las almas de sus difuntos esposos.-la voz quebradiza del clérigo se hizo eco entre las pinturas y figuras religiosas.

-Porque usted oficiará mi boda con ella y usted oficiará mi entierro.-susurró bajándose de un salto para caer ante el rostro desconcertado del sacerdote.-¿Comprende? Usted está en mis planes desde antes de conocernos.

-¿Usted morirá?-interrogó.-Pensé que los ángeles negros no morían.

-Los demonios.-rectificó.-Soy un demonio que bebe sangre porque ahí está la fórmula secreta de la vida. Robo la vida de criminales, de desquiciados, de enfermos y sobretodo de aquellos que me contradicen.-le tomó del rostro e hizo que le mirara fijamente a los ojos.-¡Comprendes!-gritó con un tono de voz feroz, un tono de voz que retumbó por toda la iglesia e hizo que el joven sacerdote temblequeara.

-No puede morir.-susurró.-¿Cómo oficiaré la misa?

-Haré que parezca muerto.-murmuró.-Entonces usted oficiará la misa por mi alma en plena noche, porque así será mi petición, y en el cementerio me enterraran.-dijo sentándose a su lado.

-¿Y qué ganará con eso?-preguntó con cierta curiosidad sin dejar de temblar, tenía miedo.

-Que piense que he muerto, pero no lo habré hecho.-respondió apartándose de él para quedar frente a frente, observándolo bien como quien observa a un ángel en un maravilloso fresco.-La volveré loca y confesará sus crímenes.

-¿Por qué no la mata? Usted puede hacerlo, puede hacer que muera y así yo no tendría que estar involucrado en todo esto.-dijo haciéndose un ovillo. No terminaba de entender a ese monstruo. Se sentía como un niño ante una visión fantasmagórica.

-Porque matar no me producirá placer alguno más que el momentáneo, lo otro será interesante y divertido. Además no quiero que su alma arda en el infierno como la de su abuela.-dijo con total seriedad, una seriedad poco usual en él puesto que siempre parecía sonreír al hablar.

-¿Su abuela?-interrogó confuso.

-Ella me condenó a mí y se condenó a ella misma.-dijo con simpleza. Un gesto extraño en él, confesar algo como aquello tan a la ligera.-Por ello quiero ayudarla y a la vez disfrutar del juego.

El encuentro llegó a su término. Puesto que había desvelado demasiado sus intenciones. Se sentía desnudo ante aquel joven párroco, joven e iluso. El amor que profesaba a ese hombre era puro, pero el de aquel marinero era sólo un juego cruel.

Los humanos somos crueles por naturaleza. Hacemos que el resto del mundo crean que somos alguien especial, pero realmente sólo somos piel, órganos y huesos. Vivimos buscando la felicidad, pero esta no existen. Nadie es completamente feliz. El ser humano nació para ser infeliz, para conocer el sinsabor del éxito y la amargura del desastre. Siempre hay piedras en el camino. No existe el mundo de fantasía rosas que todos imaginamos. No existe nada perfecto. La perfección jamás será hallada, como tampoco la paz, la belleza extrema o la felicidad. Hay palabras definidas en el diccionario humano, pero no hay humano que la conozca realmente y sepa expresarla.

Aquel párroco creía en la felicidad completa. Su felicidad era ser tocado y besado por aquel hombre. Quería sentirse enjaulado entre sus brazos y creerse las mentiras de amor que le profesaba. Sabía que le mentían. Sabía que era todo un juego. Y aún así él se entregaba como colegial. Caía en los infiernos del pecado, del placer más delirante. Se engañaba. Decía que era feliz en la cama y completo, si bien se sentía asustado e inseguro porque sabía que no era más que un capricho.

El cura se fue a sus aposentos, los cuales comunicaban con la iglesia. Se recostó en la cama y comenzó a llorar. El vampiro se había marchado dejando un aroma de desesperación en su alma, un dolor intenso que se clavaba como daga ardiente en su corazón. Estaba destrozado. El vampiro solamente satisfecho.

Nuestro inmortal caminó por las calles buscando a Antonio. Encontró al hombre jugando a las cartas. Deseaba ganar esa partida, necesitaba el dinero para los medicamentos y era bueno con la baraja. Hacía trampas, pero hacían la vista gorda para que consiguiera ganar. A veces somos crueles, en otras somos amables. Era sólo unas monedas, no hacía daño a nadie que las robara o que creyera que era así. Él no aceptaba limosnas, por eso lo ayudaban de esa forma.

El vampiro llegó y se acomodó en la mesa después que desplumara a su adversario. Se sentó mirándolo a los ojos sin miedo alguno y con una sonrisa en sus labios. Antonio lo observó largamente mezclando la baraja, marcando bien las cartas de forma casi inapreciable. Sabían que aquel hombre no era como ellos, que podía descubrirlo y tendrían que tomar medidas. Esperaban que fuera benevolente y dejara pasar las trampas, pero siendo sinceros nadie hacía eso por nadie.

Comenzó el juego y el vampiro reía al ver las cartas que había conseguido. Sabía que había dispuesto para que las peores llegaran a él. Le miró fijamente a los ojos y sonrió. Se relamió los labios y dejó las cartas sobre la mesa casi al mismo tiempo.

-¿Para qué jugar a las cartas cuando todo está perdido?-preguntó en voz alta.-Tus trampas son buenas, pero de principiante.-susurró sin alterarse ni un segundo. Reía y reía más.

-¡Como osa decir tales mentiras! ¡Me insulta y deshonra sin más!-gritó Antonio molesto dejando sus manos sobre la mesa.-¡Deme una explicación para su desfachatez! ¡Exijo que me pida disculpas!

-¿Yo?-interrogó alzando una ceja.-Yo no tengo que pedir disculpas a un ladrón.-volteó las cartas.-Son malas, pésimas.-susurró.-Ni por azar serían tan malas.-se levantó y le miró a los ojos.-¿Piensa que puede robar así a un forastero?-preguntó.-Siempre pasa lo mismo cuando juego.-le tomó del hombro y le miró.-No pienso jugar, pero quédese mi dinero.-rió bajo y cacheó a su adversario como lo haría un padre.

-¡No se burle de mí!-gritó apartándolo provocando que la mesa cayera al suelo y las cartas volaran por el aire.

-Desgraciadamente para usted no es una burla.-respondió con total calma.-Si tiene alguna queja vaya al callejón y la aclararemos.-dijo girándose para ir hacia la salida.

Se hizo un silencio turbador. Los pasos de aquel ser no se escuchaban ante los presentes. Su aspecto era el de un príncipe en busca de su trono, de un trono que estaba cerca y le hacía sentir victorioso. Se notaba su esencia de demonio, puesto que algo en él no cuadraba. Todos sintieron miedo. Contuvieron su respiración e intentaron mirar hacia otro lado. El poder que emanaba era palpable, pero nadie podía describirlo. Sin duda, el paso de un gigante ante unas hormigas temerosas.

Antonio simplemente lo siguió con la mirada. Él no tenía nada que perder. Estaba perdiendo todo poco a poco y perder la vida era lo que menos le importaba. Su hija estaría en mejores manos y cuidados si él moría que si vivía. No tenía nada que perder al respecto. Había jugado todas sus cartas y por lo tanto no se sentía amedrentado. Simplemente le miró como si le atravesara con una de sus navajas, como si pudiera apuntar con su escopeta y volarle los sesos. Le miraba como si nada en este mundo fuera más miserable que aquella criatura.

En uno de sus tantos impulsos fue tras su oponente. Caminó siguiéndolo hacia la calle notando que el aire viciado de tabaco y alcohol quedaba atrás, en ese momento el aire gélido de la noche atrapó sus pulmones. Había cambiado la temperatura, otra vez, y abofeteaba fuertemente su rostro. Siguió sus pasos hacia un callejón contiguo al local y allí se vieron las caras.

-Eres un ladronzuelo poco astuto.-susurró el inmortal mientras reía bajo.-Te dejan pasar las trampas en el bar, pero me pregunto qué pensarán de tus atropellos en las tumbas de sus madres, abuelos y demás familiares.-susurró con voz aguda.

-¡Eso es una falacia más!-gritó.-¡Mentiroso! ¡Deberían arrancarte la lengua y colgarte de un árbol!-espetó antes de sentir las frías garras en su cuello.

El vampiro en un movimiento rápido lo había agarrado por el cuello y pegado a uno de los muros de ladrillos. Sus ojos parecían los de un chacal, sus labios eran la burla sádica del mismísimo Leviatán, y ese frío de su piel le hacía sentirse atrapado por un reptil.

-Provengo de las profundidades del infierno.-susurró.-No juegues conmigo Antonio, pues conozco todos tus secretos.

Aterrado y confuso sintió que su cuerpo se paralizaba. Si bien, pudo notar como sus pies colgaban en el aire y como la asfixia llegaba. Sus ojos se abrieron al igual que su boca, boqueaba por respirar y por poder sobrevivir. A pesar de desear tanto la muerte no quería saborearla.

-¡¿Qué quieres de mí?!-gritó.

-Que seas mi vasallo y que hagas conmigo un pacto. Si lo haces tu hija jamás sufrirá como su madre.-susurró.-¿No es lo que más te importa en este mundo? ¿No es por lo cual estás perdiendo la dignidad convirtiéndote en rata? ¡Contéstame Antonio!-rugió a pocos centímetros de su rostro y él simplemente dejó una de sus manos sobre aquellas heladas muñecas.-¡Contestad!

-Lo haré.-susurró de forma ronca.

-¡Magnífico amigo mío!-dijo mostrándole sus incisivos mientras le dejaba caer al suelo.-Le estoy agradecido de que haya entrado en razón, si no lo hubiera hecho habría muerto para darme un poco de alimento. Debe tener una sangre exquisita.-susurró con cierto tono de burla.

-¿Qué eres?-murmuró sobándose su garganta adolorida.-¿De dónde procedes?


-¿Por qué no nos saltamos las presentaciones odiosas y vamos a lo importante del asunto?-comentó sentándose en unas cajas que se encontraban abandonadas a su suerte. Habían contenido fruta y verdura en el mercadillo de la mañana, en esas horas estaban tiradas sin más esperando una nueva utilidad.

-¿Eres un demonio?-seguía en su mundo con su mente perturbada.-¿Te envía Dios o el diablo?

-¿No te han dicho que el diablo es hijo de Dios? Todos partimos del buen padre.-comentó alzando sus brazos hacia el cielo y sonrió de forma socarrona.-Tú y yo tenemos que hacer un gran trato.

-¿Qué gano con ello?-susurró quedándose asombrado de aquella visión. Empezaba a estar convencido que sólo era un mal sueño debido a una buena borrachera.

-Tu hija tendrá un futuro mejor, más bien tendrá futuro, y tú dejarás de ser un ladronzuelo de poca monta.-dijo colocando las palmas de sus manos sobre sus piernas.

-¿A cambio de mi alma?-era lógico que pensara que tenía que vender su alma, veía a un demonio encarnado en hombre conversar con él como si nada ocurriera.

-No.-respondió de forma simple.-A cambio de un entierro falso.-susurró levantándose para tomarlo por la muñeca y guiarlo hacia la luz de una de las farolas.-¿Quién soy? Soy el nuevo noble aquejado de una extraña enfermedad.-susurró con complicidad en su oído.-Soy el mal que se esconde en las sombras, que juega tirando de los hilos de todos ustedes mis preciadas marionetas. Soy el destino cruel, la muerte, el tabú de más de mil años... soy el que soy. Con un beso mío hallas la muerte, con una caricia tal vez la absolución.

Se percató como Antonio temblaba junto a él, como su frente se llenaba de sudor. Tenía miedo, a pesar de ser un hombre que no temía prácticamente a nada. Los malos espíritus, los maleficios, el demonio y el infierno era lo poco que temía. Sabía que caería en él algún día, que tendría que espulgar su alma por tantos delitos, pero no aún. No quería saber si las llamas eran abrasadoras o simple parafernalia.

Ese fuerte aroma a masculinidad, su sudor, impregnaba su ropa al igual que el hedor a alcohol barato. Estaba temeroso de todo lo que le contaban en puros murmullos. El vampiro si bien se excitaba de tener aquella magnífica joya entre sus manos, tan próximo a él, y con ganas de pegar a su cuerpo bebiendo lentamente de su sangre. Si bien, vivo le era necesario y paradógicamente se controlaba.

Antonio recapacitó unos segundos y recordó las palabras de algunas mujeres, las habladurías que corrían por toda la ciudad y provincia. Hablaba de un joven noble, un joven muy acaudalado, que en las noches se lamentaba horriblemente entre sus mantas y de día descansaba empapado en sudor. Hablaban de un muchacho de no más de veinte años, tal vez veintidós, que había caído preso de una terrible enfermedad, o más bien sortilegio, allá en las nuevas tierras del reino. Un hombre que pese a su riqueza no lograba encontrar médico que lo salvara. Sabía que su muerte estaba cerca, pero se aferraba a la vida intentando encontrar la mujer que calmara su mayor penuria, la soledad de las noches quejumbrosas y las mañanas tremebundas.

-Es usted.-susurró.-Es usted el noble maldito.-murmuró cayendo de rodillas frente a él. El aliento le faltaba. Realmente estaba en lo cierto. Jamás lo tuvo frente a frente, pero sabía que era un proscrito del infierno por muchas alabanzas que tuvieran en su nombre.

-Su bisabuelo enterró mi cuerpo hace algún tiempo.-comentó.-En compañía de su abuelo.-se sentó cómodamente en el suelo apoyando su espalda en la pared mientras le observaba largamente.-No estaba muerto, estaba contaminado con un maleficio que aún poseo y poseeré toda mi vida.

-¡Mi bisabuelo no estaba loco! ¡Ni mi abuelo!-estalló en alegría y luego se sumió de nuevo en pavor.

-Eso es, si cuentas esto nadie te creerá por muy supersticiosos que sean.-murmuró palpando levemente el suelo para que tomara asiento a su lado.-No tema, no voy a matarte. De nada me sirves muerto.

Tembló levemente, casi imperceptible al ojo humano, mientras caminaba lentamente acortando la breve distancia entre ambos. Dos hombres, un secreto, un callejón oscuro y una historia que jamás había narrado a otro que no fuera a su buen amigo.

-¿Cual es la maldición?-interrogó confuso.

-Te lo contaré porque tengo cierta deuda con tu familia.-susurró mirando al frente y recordándolo todo tan nítido que parecía haber pasado escasamente unos minutos.-Mi maestro me creó para que mi venganza fuera posible.-dijo aquello como si fuera simple de comprender.-Soy un vampiro.-se giró hacia él y mostró peligrosamente sus colmillos.-Vivo de la muerte de otros.

-Vampiro.-había escuchado sobre ellos. Eran conocidos como demonios de la sangre. Humanos que dejaban el camino de los vivos y se alzaban de sus tumbas para matar indiscriminadamente.

-Me gusta llamarme caballero de las brumas o príncipe de las tinieblas, es un título mucho más apropiado que simplemente el significado de mi alimentación. Soy rico, tengo clase, cultura y sabiduría. Soy un humano perfecto. No muero, no me afecta las enfermedades y puedo soportar el dolor de cien hombres.-murmuró.

-Pero no puedes ver el sol, ni reflejarte ante los espejos, ni llevar cruces, vives encerrado en un ataúd y los ajos te queman los pulmones con su hedor.-todo aquello le hizo carcajearse al escucharlo.

-No puedo ver el sol, pero sí puedo reflejarme.-dijo mientras sacaba la cruz que colgaba en su pecho.-Era de mi madre.-susurró con cierta melancolía.-Y el ajo no me afecta.

-Entonces puedes ser destruido.-dijo con un hilo de esperanza.

-Cuando descanso puedo sentir que otros me rodean, puedo luchar si me atacan y créeme que también alimentarme.-aquello lo atemorizó de nuevo, era una criatura realmente impresionante.

-¿Por qué mis familiares te enterraron?-interrogó.

-Todos debían creer que había muerto, que había muerto y mi primo se haría cargo de mis negocios en el nuevo mundo. No existía tal familiar, yo estaba solo. Si bien, todo fue amañado por tu abuelo.-comentó con cierta melancolía.-A decir verdad me sentía humano, tan humano como ellos, y en esos días llegué a fraguar amistad con ambos. Si bien, intentaron hablar del milagro de la vida eterna y los ajusticiaron acusándolos de brujería.

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Safe Creative #0906284062744
muerte por vida
un precio caro
pero habitual
somos animales
somos todos animales
hijos de un dios
hijos de las sombras
hijos de la eternidad
no podemos renegar
no podemos olvidar
incluso lucifer fue engendrado por él
la concepción que él nos ha dado
nos ha hecho ser como somos
por eso matamos
porque está en nuestra naturaleza
¿somos tan terribles?
¿más que un asesino despiadado?
¿más que un dictador?
¿más que un hombre que enseña a su hijo a matar avecillas?

...

no somos monstruos
simplemente sobrevivimos...
con tu sangre
con tu alma
pero es supervivencia.

aqui gana el más fuerte

Sueños - AWR


sueño profundo y doloroso... sueño de sangre y noche
sueño contínuo en lo eterno...
sintiéndote navegar en eter...
un eter que se vuelve fangoso... rojizo... sublime
¡Sangre!... sólo sangre... cálida y fresca... deslumbrante
nube vamporosa con aroma a mujer...
la primera víctima de la noche... la elegida.
tacones lejanos con contoneo de caderas carismático...
para luego escuchar un grito de terror...
y luego...
y luego... NADA

Dama Sombría

Dama de las sombras
mujer de corte oscura
tú vienes a cortar el último hilo de vida
el último aliento..
cruel dama nocturna
cruel mujer...
que viene junto a la muerte, de la mano
señora que sonríe... que se jacta de mi destino
mientras la calavera señala mi destino... un foso... un lugar junto a la tierra y sus gusanos.
hoy yaceré muerto al despuntar alba
hoy... habrá acabado mi andanza por la tierra
hoy descansaran mis huesos, pero no mi alma.
Si bien... cruel aunque hermosa
desfilaras con la muerte, danzarás con ella, y la luz del día disipará tu figura.
tal vez lloren por mí, canten salmos y las campanas repiquen...
como tal vez termine como Paganini... en un carro... esperando sepulcro durante años.
danza y ríete de mi miseria
hija de la noche
mujer que no da tregua...
capa oscura y pesada, fúnebre sombra
que engalana el manto de la muerte.

somos idiotas afortunados

La vida cae... en una persona... el telón cae

cae pero otra empieza

empieza en un mundo rojo.... teñido por la sangre

con el ruido del tañir de las campanas de una muerte que yace en el campo santo del olvido...

un mundo donde los esperanzados son pocos...

y los diablos sin rumbo muchos

somos diablos

pobres almas

desamparados

odiados hombres de paja

que añaden a la historia... a la historia del día a día...

historia que despreciamos y amamos por igual

somos idiotas

que no agradecemos lo que tenemos

que detestamos el suelo que pisamos

pero cuando van a levantar la hoz para que espiremos... gritamos, lloramos y rogamos.

somos afortunados

y no nos damos cuenta

que esos pequeños baches

que esas soledades

y esos silencios sin sustancia

son la savia de algo grande

es la sangre de la mortalidad

y de la inmortalidad en si misma.