
-Nunca encuentro nada atractivo, la belleza que anhelo dura segundos en mis manos y termino abocado al desastre. Mis ojos se enturbian, mi pasión se desborda y el pecado yace en mis labios.-susurró de rodillas frente a la figura del último suspiro del hijo de dios.-Nunca encuentro la luz, la luz no quiere cruzarse conmigo. Soy un pecador oculto en las brumas de las noches más truculentas. Padre mío, padre.-murmuró abrazándose e inclinándose para pegar su frente al suelo de aquel lugar sagrado.
-Hijo mío ¿deseas confesarte?-la amable y vieja voz del cura se hizo eco y la luz de las vidrieras cayeron sobre él. Parecía el elegido, el mensajero de la paz.
-No deseo confesarme ante una persona que tiene la tentación continua, que la abastece, y que se complace metiéndose en la cama de sus monaguillos.-recriminó girando su rostro para observarlo fijamente mostrando sus colmillos.-Yo soy hijo de la noche, poseo el don oscuro, el veneno de la crueldad humana anida en mí pero tú no eres distinto a mí.
El viejo párroco se echó hacia atrás haciéndose la señal de la cruz, espantado tanto por la visión como por el conocimiento de sus pecados. Se sentía abrumado. No sabía si estaba ante la imagen distorsionada de Dios o el mismísimo Diablo mostrándole lo que tenía para él en el infierno.
-¡Satanás!-gritó llevándose una mano al pecho.
-No, no soy el príncipe de la oscuridad.-susurró siseando.-No tendré el placer de condenarte a las llamas y a las tinieblas por toda la eternidad.
Dicho esto caminó hacia la salida dejando que la noche le acariciara con aquella suave brisa. No muy lejos de aquellos callejones se encontraba el rompeolas. Una ciudad costera, un mundo lleno de supersticiones y de belleza... que él sólo podía contemplar a la luz del candil. Echó a correr haciendo retumbar sus impolutos zapatos sobre las piedras de la calzada. El sereno tan sólo sintió un aire brusco que casi lo hizo desplomarse y caer de espaldas.
Nada más llegar a su guarida se desplomó en su ataúd. Su cuerpo se quedó inmóvil, pero no su alma. Se retorcía incansablemente entre aquellas viejos tablones. Llevaba encerrado en ese lugar desde hacía más de doscientos años. Cada caída del sol sentía que su cuerpo moría y su alma se pudría, cuando renacía la luz de la luna y los demás astros él abría sus ojos en plena oscuridad. Tanto tiempo sin ver el sol, tantos años, que ya había olvidado como era su calor sobre su piel y lo agradable que podía ser. Ya nada era igual y no lo sería jamás.
Despertó alterado. La mañana había sido demasiado larga, demasiado intensa, pues los sueños le persiguieron constantemente con fantasmas del ayer. Abrió la tapa de aquel achacoso ataúd y notó el aroma de la tierra mojada. Había llovido toda la noche, algunos barcos habían encallado a causa de la tormenta y venían a él explosiones de imágenes de marineros intentando salvar sus vidas. Suspiró pesadamente mientras se deshacía de la ropa que llevaba la noche anterior, estaba manchada de sangre y apestaba a vino barato.
En sus aposentos había un gran espejo polvoriento, odiaba mirarse en aquel artefacto y observar lo que era. Sí, podía reflejarse como cualquier inmortal aunque no lo creyeran de ese modo los supersticiosos. Caminó descalzo por aquel parquet que crujía, que gemía dolores pasados, mientras se dirigía a su armario. Tomó una de las camisas de seda fina que había robado a una de sus tantas víctimas. Era una camisa hermosa que le sentaba como un guante y que comenzó a amar nada más desnudar el cadáver. Sonrió mientras sentía aquella dulce sensación en su piel, para luego colocarse una de las chaquetas y pantalones que había por los cajones de aquel apolillado armario.
-Debo encontrar un nuevo hogar donde haya menos humedad, buscar servicio y llevar una vida más próspera.-susurró recordándose a si mismo que llevaba en la ciudad casi un año y seguía encerrado en una casona casi destrozada.-Volvería al esplendor que una vez tuve.-murmuró sonriendo de forma amarga.-No, no volveré a ser aquel joven duque y tampoco disfrutaré de un baile en palacio. No, ya no.-se dijo girándose hacia el espejo y lo golpeó.
Miles de trozos de aquel espejo cayeron a sus pies, las heridas de su mano se cerraron casi de inmediato y sus ojos fulguraron en medio de la penumbra. Sus pies aún estaban descalzos, tan sólo cubiertos con unas medias que se empezaban a llevar nuevamente en la moda masculina. Estiró su mano para tomar su sombrero del perchero y lo colocó sobre su cabeza.
-Quiero volver a empezar de cero, quiero ser el príncipe de la oscuridad que desearon que fuera.-susurré.-Anoche vi el rostro de un demonio al servicio de mi Dios, yo puedo ser la imagen de un ángel al servicio del diablo.-sentenció tomando sus botines para luego agarrar su bastón.-Hoy haré negocios importantes, quiero retomar mis tierras y bienes en nombre de un sucesor... de mí mismo pero como si yo mismo fuera mi antecesor. Maldita sea, todo es tan complejo.-masculló tocándose la sien y luego se echó a reír.-¡Pero los humanos son todos unos soberanos idiotas! Aunque yo desearía volver a sentir la muerte aproximándose hacia mí lentamente, estirando su huesuda mano, y atrapándome del gaznate.
Ya en las calles se disponía a buscar a un abogado. Llevaba buen recaudo en su abrigo las escrituras de propiedad que harían falta. El aire gélido no era tan intenso como en la mañana, aunque las nubes eran las reinas del cielo. Observaba desconfiado aquel firmamento tan vacío, pero también hermoso como cualquier día de lluvia intensa.
Al pasar frente a una casa escuchó una hermosa voz entonando una sinuosa canción. Una joven se bañaba en una bañera sin importar que algún desconocido la observara. Toda ella era el apoteosis de la feminidad. Sus caderas eran amplias, sus senos parecían jugosos frutos, y sus labios eran gruesos y dispuestos a complacer el oído de cualquier caballero. No pudo evitar leer su mente, su perversa mente. En ella lanzaba imágenes de hombres que perdían el juicio entre sus piernas, sus fortunas y también su honra. Ella veía a los hombres como insectos, los enamoraba, los llevaba a su cama, los torturaba componiéndolos y después los dejaba sin bien alguno. Era inteligente, fuerte, hermosa y sobretodo ejercía un poder incalculable. Bruja la llamaban, hechicera de hombres... pero en realidad jamás había hecho el amor. Para ella el sexo era sexo, si bien jamás había entregado su alma a otro y tampoco había regalado la pasión de sus labios.
-¿Le gusta?-preguntó mirándolo con aquellos ojos pardos.-¿Le gustan?-susurró con cierta picardía palpando sus pechos. Comenzó a reír a carcajadas al ver como nuestra criatura se quedó sin habla, tan sólo la observaba como si fuera una imagen irreal... casi de fantasía. Salió de las aguas como la diosa Venus y caminó hacia la ventana cerrándola y echando las pesadas cortinas color carmín.
Permaneció allí de pie observando la ventana, podía ver la habitación desde los ojos de ella. El don de la oscuridad le regalaba ciertos privilegios que para el común de los mortales era algo imposible, incluso hoy día. Una leve brisa marina hizo agitar sus cabellos como una vieja bandera pirata, su sombrero se desprendió de su cabeza y con rapidez lo tomó en el aire donde ya se desplazaba.
La joven seguía canturreando y moviéndose con gracilidad. Poseía un gran espejo y en él se observaba completamente desnuda mientras cepillaba sus largos cabellos oscuros. Su piel rosada era tan apetecible como sus labios, toda ella parecía incitar a perversos pensamientos. Comenzó a perfumarse y a expandir cada gota del perfume sobre sus senos y cuello, para luego colocarse un fino camisón color sangre como sus cortinas.
Aquellos ojos café se clavaban como dagas en el reflejo del espejo. Él podía observarla, podía contemplarla, como si se mostrara ante él y no ante aquel objeto tan común. La deseaba. Por primera vez en muchos años aquella alma condenada le provocaba algo que otras no, y eso era excitación. Usualmente él sólo sentía ese placer cuando mataba, no antes del acto en sí.
La puerta de la habitación se abrió y un hombre apareció caminando toscamente. Su figura era la de un monstruo comparado con la joven. A pesar de la falta de modales pudo leer en su mente lo acaudalado que era, y que eso era lo que la atraía. Un hombre con tierras en los nuevos territorios, nuevas tierras que iban floreciendo, y con un futuro próspero. Ella se había desposado con él con el fin de matarlo de placer, como hacía con tantos otros hombres, para quedarse con la casa y las demás propiedades. Era ambiciosa y eso cubría su belleza de un aroma especial aún más atrayente.
-Querida mía.-dijo colocando sus manos sobre su rostro tomándola por los pómulos.-Hoy vengo prendido buscando tu abrigo, buscando el refugio de tus piernas.-masculló en un susurro introduciendo una de sus manos bajo las ropas de la mujer.-Llevo largos días esperando el privilegio de consumar nuestro matrimonio y darte la felicidad que tu antiguo esposo no supo darte.-besó su cuello como si fuera el propio vampiro.
Él seguía fuera contemplándolo todo, viviendo la experiencia en la mente de aquel imbécil. Podía sentir sus emociones y prácticamente notar la excitación que relucía en su bragueta. Sonreía complacido ante la escena que se estaba generando. Él quería ver cómo podía cubrir sus engaños con simple sexo.
-Amado mío.-se escuchó su dulce e implacable voz.-Yo también os he esperado.-abrió leve sus piernas aceptando las caricias que él le otorgaba.-Mi amor.
Aquello de erótico pasó a cómico. Jamás le había amado, jamás había amado. Era un hombre idiota. Él rió bajo girándose para comenzar a buscar al notario y abogado que necesitaba. Sabía que podía ser algo costoso y tal vez sospechoso, pero ahí estaría su poder y su inteligencia. Sin embargo no pudo con su sed, no podía luchar contra ella, y aunque libraba eternas batallas hizo que cayera.
Corrió apresurado por el pueblo buscando a un borracho caído frente a una taberna, a un pordiosero con demasiados pájaros en la cabeza, un ilustre desgraciado o un enfermo al borde de la muerte. Encontró a una prostituta que mostraba sus puños negros buscando clientela.
Se aproximó con cautela como si fuera un cliente. Ella movió sinuosa su falda para mostrar al fin en el callejón la abertura que se encontraba entre sus piernas. La tomó por la cintura y clavó sus colmillos. Antes que se diera cuenta yacía en los brazos de nuestro ilustre vampiro. Yacía con una leve sonrisa de excitación y con el rostro aún en plena primavera.
Entró en una taberna cercana después de saciarse, buscaba al dueño del local para preguntar si conocía un abogado que tuviera buena fama en la ciudad. El hombre le miró fijamente a los ojos y nuestro amigo sonrió de forma afable, como si fuera un pardillo pero en realidad él escrutaba al orondo tabernero de amplio mostacho. La clientela que le rodeaban eran borrachos, putas, bohemios poetas de destino incierto y ricos llevando una doble vida pegados a la emoción del juego de cartas.
-Tengo un cliente desde hace años.-dijo limpiando un vaso de arcilla con uno de aquellos trapos húmedos que apestaban a tinto.-Vive en la parte de arriba de este negocio, alquilo habitaciones ¿Sabe? Es rentable pero si te pagan al día, a veces he estado por echarlo.-frunció el ceño y torció la boca.-Es un engreído estúpido por ser un señorito del norte, pero sólo es un desgraciado que no tiene donde caerse muerto. Sin embargo, cuando tiene dinero paga bien y deja buenas propinas.-dejó el vaso frente al vampiro y le miró fijamente a los ojos.-Como abogado no tengo el gusto de tratarlo, como cliente es lo que puedo contar.
-Es buena información.-desplegó una sonrisa dejando un par de monedas sobre el mostrador.
-Su habitación es la que tiene marcada dos palitos en la puerta.-dijo mostrando dos dedos.-Dos buenas muescas.
-Gracias.-se apartó de la barra para encaminarse a las escaleras.
-¿Y para qué lo busca?-preguntó.
-Eso ya es un contrato entre él y el diablo.-sonrió de forma peligrosa sin dejar que por ello su rosto se deformara, seguía teniendo aspecto de joven ángel caído del cielo para ayudar a los hombres.
Sus pies subieron aquellos peldaños hechos con tosca arcilla y paja secada al sol, ayudada a esta mezcla piedras pequeñas que parecían guijarros del río cercano. Las pareces eran blancas y en las pequeñas ventanas que daban a la calle se podía sentir la brisa del mar, además de verlo romper contra las olas. En el primer piso estaban los pequeños barandales que daban al ruido de la planta baja. Al pisar los tablones los escuchó crujir como crujen las cucarachas al ser aplastadas por las botas de un marqués.
Observó con detenimiento la primera puerta y clavó sus ojos en ella. Dentro se encontraba el alcalde follándose de forma lujuriosa a la hija del tabernero. La mujer era hermosa, de cabellos ensortijados de color negro y piel canela. Sin duda era una delicia sureña con esa piel tostada y sus ojos esmeralda, al igual que su cintura y caderas amplias. Gemía como una loca enterrando sus uñas en el pecho de aquel lechón que engordaba cada vez más su bolsillo con el contribuyente. Rió bajo al pensar las mentiras que le contaría a su esposa y que ella se creería, como buena mujer y buena madre de sus hijos.
La segunda puerta no estaba muy lejos y en ella estaban las dos muescas. El joven del interior tendría unos treinta años, su aspecto era dulce pero peligroso. Rió a carcajadas al imaginarse como sería un vampiro con su porte, si bien cayó en la cuenta que crear a un inmortal era una estupidez. Si convertía a ese joven en un vampiro tendría que soportarlo y compartir su territorio, además de su destino. Su aspecto era algo desaliñado pero hermoso, a pesar de su barba de varios días y sus ojeras. Había estado escribiendo durante horas una extensa epístola a sus padres, pedía que le enviaran más dinero y que les perdonaran no poder conseguir tantos clientes como esperaba.
Fue delicioso poder observar todo aquello, sentir la llamita del candil iluminando aquel cuartucho que constaba sólo de cama y escritorio con taburete. Un lugar sombrío y caro para lo que realmente valía. Pero el chico estaba allí, soportaba el precio y no encontrar suficiente trabajo para su oficio, porque estaba enamorado de la puta que consolaba el miembro erecto del alcalde.
Al fin alzó su mano y acarició la puerta. La madera era de una vieja encina y ahora era una puerta quejumbrosa. Dio dos buenos golpes y el joven se sobresaltó, puesto que intentaba no escuchar los gemidos y concentrarse bien en el escrito de ruego que hacía a sus venerables padres.
Se levantó sudoroso secando su frente con un harapiento pañuelo de seda, por su cabeza pasaban mil preguntas pero acabó por pronunciar la más recurrente. Una mano puesta en el pomo y la otra aún sujetando su pañuelo contra su frente.
-¿Quién va?-interrogó clavando sus ojos en la puerta como si pudiera ver tras ella.
-Tu salvador.-respondió.-Según me han comentado a penas tienes clientes y traigo un buen negocio entre mis manos, un negocio en el que debes colaborar.
Al escuchar eso abrió lentamente la puerta observándolo desde una pequeña raja, la cual le permitió ver a un hombre bien vestido con un aura oscura, aunque más que demonio parecía ángel. Sonrió abriendo la hoja de la puerta por completo y le invitó a pasar con un movimiento de su mano.
-¿Qué negocio?-interrogó.
-Vengo de las nuevas tierras, nací allí.-dijo con una sonrisa en sus labios.-Tengo posesiones en esta ciudad, la ciudad que vio nacer a un antecesor mío y que deseo recuperar.-habían pasado cien años, cien malditos años, pero aún sentía ese sabor a sal marina en sus labios y el sol calentando su piel. Una fortuna que consiguió desde el más ínfimo escalón, y que logró amasar por completo ya cuando la vida no corría por sus venas de la forma habitual.
-Herencia.-dijo tomando un viejo tomo de derecho que se encontraba algo retirado en la mesa.
-Tengo aquí los documentos de las propiedades.-comentó dejando aquellos viejos papeles ya amarillentos.-Además hará unos cincuenta años mis padres dejaron en el banco San Carlos cien mil pesetas y desearía recuperar junto a sus intereses.
-¡Eso es una fortuna!-gritó asombrado.-Pero no un trabajo imposible, tan sólo necesito hablar con el notario con el cual colaboro y que de fe que son auténticos.-comentó con una sonrisa.-Lo del banco San Carlos créame que conseguiré agilizar los documentos para que pueda hacerse con la herencia, para que envíen el dinero escoltado hasta usted.
-Estoy dispuesto a pagar cien pesetas por sus servicios, también parte de este pago deberá cerrar trato con su amigo el notario.-comentó el inmortal clavando sus ojos profundos en su interlocutor.
-Será un placer para mí hacer negocios con usted.-dijo con una sonrisa pletórica. El chico parecía haber despertado de una pesadilla, sonreía maravillado ante la pequeña fortuna que tendría en sus manos. Con ese dinero no tendría que enviar carta a sus padres y podría quedarse más tiempo cerca de la mujer que amaba.
-Mañana regresaré a esta hora, deseo que todo esté acorde.-susurró tomando los papales que aún estaban sobre la mesa.
-Sí, yo tendré todo preparado.-le extrañaba hacer negocios en la noche, parecía algo turbio, pero el dinero era el dinero y dejó de meditar sobre los peligros de aliarse con aquel caballero. Parecía tan sólo un noble excéntrico, como todos.
Salió de la habitación cerrando la puerta y al pasar por la anterior pudo ver con claridad como la joven seguía dándole placer al Alcalde. Parecía una mujer insaciable, una mujer de dulce encanto insaciable. Descendió las escaleras pasando frente a los ojos del tabernero, para salir sin decir una palabra más.
Al llegar a la casa de la anterior joven, la encontró recostada en la cama con aquel estúpido a su lado. Su cuerpo era joven y hermoso como un edén lleno de flores. Ella provocaba incluso dormida y él sólo daba náuseas. No comprendía como podía estar con un hombre como él pudiendo ser igual de infeliz con uno más joven. Sin embargo se golpeó la frente y se percató, lo que hacía feliz a esa mujer era el dinero y las herencias de hombres estúpidos y acaudalados con un pie en la tumba.
Se quedó nuevamente en pie frente aquella vivienda. Podía contemplar sus sentimientos como si fueran un libro abierto con una hermosa portada, tan apetecible y tan inalcanzables para el resto. Se adentró en ellos y descubrió algo más que lujuria y ambición. Cerró sus orbes negras y abrió los brazos en cruz notando las primeras gotas de una llovizna que se intensificó en segundos. Su piel se empapaba, una piel ya fría otra vez tras el encuentro con la prostituta. La mujer que yacía mecida por Morfeo le hablaba en sueños, le regalaba una vida completa llena de miserias.
Primero sintió desde niña el rechazo de su madre, un rechazo que vino desde la cuna hasta los diez años de edad en los que despuntaba su belleza frente al resto de su familia. Una mujer tan hermosa desde tan temprana edad era la diana de cientos de envidias y recelos. Ella jamás supo quien fue su padre, aunque le contaron que murió en la mar cuando su madre aún la gestaba. Años después averiguó que la boda jamás se hizo y que su padre seguía vivo.
Todas las tardes un amable hombre de dios iba a su casa a confesar los pecados de su madre. Todas las tardes tenía un pequeño dulce entre sus tiernas manos. Todas las tardes el mismo sacerdote acariciaba su rostro y sonreía dándole un beso en su frente. Todas las tardes ella veía a su padre pero no lo supo hasta la muerte de este. Su madre la odiaba porque aquel maldito cura pueblerino seguía en contacto con ella nada más que por el fruto de aquella noche de lujuria, no porque la deseaba o amaba. Aquel hombre santo realmente se sentía cerca de su Dios y pagó sus pecados, el único que tuvo de nombre Soledad.
Ella rompió en llanto aquella plomiza noche cuando su madre confesó la verdad al estar al borde de la muerte, ya no por piedad por su hija sino por intentar entrar en el reino de los cielos. Sin embargo, un alma tan retorcida y envidiosa no se merecía tocar siquiera esas cancelas tan gloriosas. La gloria divina jamás caería sobre ella, porque Dios no puede perdonar que torturen a los más inocentes entre los inocentes. Los niños no tienen la culpa de los pecados de sus padres.
Desde los quince años se dedicó a cautivar a los hombres, a robarles todo lo que podía. Despreciaba a las mujeres, y aún lo hacía, porque las veía réplicas de la estúpida de su madre. La lujuria corría por sus venas, quería caer condenada y poder mirar a la cara a su madre para escupir todo el dolor que la atormentaba.
Con tan sólo diecisiete primaveras se casó con un marqués, aunque bien conocía ya el placer carnal. Hacía meses había abortado al hijo que portaba en su vientre, hijo que era suyo y del hijo del propio marqués. Este murió pronto, como el nieto que pudo haber conocido, y ella se quedó con la mitad de la herencia despreciando al joven y sus estúpidos ruegos. Aún a sabiendas que se casó con su padre, conociendo también que encontró la forma de perder el hijo que esperaban, y a pesar de haberlo dejado casi en la ruina... la amaba. Ella sin embargo no amó a nadie y mucho menos a la marioneta de sus juegos.
Poco después hizo que un viejo solterón burgués dejara todo a su nombre poco antes de morir, poco antes de concederle un maravilloso sexo con sus jóvenes y sanas carnes. Ella tan sólo tuvo que desnudar su delicada figura, pues el pobre sufrió un ataque a su achacoso corazón. De este consiguió unas pequeñas propiedades en el norte de la península, una casa y un establo que vendió con rapidez.
En esos momentos se encontraba en la cama con su segundo marido y tan sólo tenía veinte años. Una vida intensa y llena de desafíos. Una vida vacía de amor y de felicidad. Tan sólo quería demostrarse a si misma que era mejor que las estúpidas enamoradizas, que las putas y que las monjas. Mucho más lista, más fuerte, más desafiante y más oscura.
-Querida mía no eres tan inteligente y tan vacía de sentimientos.-susurró con una sonrisa acomodándose bien el sombrero.-Yo te demostraré que como todas, y como todos, puedes caer en la desesperación y en el amor.
Tras aquella noche de mar revuelto y llovizna vino un invierno frío y cruel. Pocos marineros se atrevían a luchar contra el mar, sin embargo muchos exponían su vida en busca del pan para sus hijos. En la ciudad se notaba movimientos importantes, sobretodo en una de las grandes casas de la zona. Pero por lo demás todo permanecía igual. Cada cual con sus mentiras, con mundos hechos de quimeras y fantasías, mientras la vida se dejaba ir entre sus dedos.
Cerca de la reciente catedral se encontraba una vieja casa desocupada. Era un palacio por su tamaño y belleza. En sí la Catedral de la Santa Cruz del Mar seguía el estilo monumental de aquella maravillosa obra de arte. Aquella inmensa casa había estado vacía más de cien años y sus jardines estaban totalmente descuidados. Una pequeña jungla se había apoderado de los salones principales y de las recámaras más importantes como la biblioteca. Los pájaros, gatos y ratas vagaban junto a los insectos apoderándose de todo. Era una lástima, una tristeza, que algo tan hermoso estuviera tan desvalido. La catedral se podía ver desde cualquier punto de la ciudad y junto a ella aquel monstruoso edificio olvidado. Sin embargo, alguien mandó reconstruirlo, cuidar sus plantas y volverlo a decorar como en épocas pasadas. Aquella maravilla volvía a relucir junto a la catedral en aquella maravillosa plaza.
Un misterioso caballero había llegado a la ciudad mostrando senda documentación y parecía ser el nieto del desaparecido propietario. Al menos eso decía y eso hacía saber. Un hombre joven de no más de treinta años y no menos de viente, con porte distinguido y educado en el protocolo más clásico. Un hombre como los que ya no existían, de esos que hacían desmayarse a las jovencitas a su paso. Sin embargo, se hizo saber que una penosa tragedia le rodeaba. Tenía la piel sensible y el sol le hacía dolorosas heridas, sin embargo él decidió volver a sus raíces para poder morir cerca del mar que una vez vio el nacimiento de su estirpe. El muchacho estaba enfermo y no ver el sol le deprimía tanto que se pasaba el día encerrado en sus aposentos, y decían que los lamentos daban una compañía lóbrega al silencio que allí solía reinar.
Al igual que este rumor se hizo saber que era rico y propietario de múltiples tierras en el nuevo mundo, además de empresas y fortuna inconmensurable. Añadiendo un detalle destacable y era que el joven deseaba contraer matrimonio antes de fallecer, quería vivir sus últimos días en la compañía de una mujer que realmente lo amara.
Era una sutil estratagema, deseaba que ella se sintiera interesada en aquel nuevo vecino que tan rico y desgraciado parecía ser. Se podía decir que tiraba todas sus cartas sobre la mesa, ya que deseaba conquistarla para después paralizarla de miedo. Quería ver su rostro ante la seducción del aliado de la muerte y el caos.
Pasaron los días y los meses llegando el Carnaval a la ciudad. Decidió que era hora que conocieran al hombre que había llegado buscando un lugar en la ciudad, que su nombre reluciera al igual que el escudo de su apellido. Consiguió que no se hablara de nada más en los salones de sociedad, todos deseaban tener una invitación entre sus manos. En ella se pedía que vistieran como se hacía usualmente en un baile de máscaras. Un baile que debía recordar que tras las máscaras uno se siente más libre.
Pronto encargó las invitaciones más caras en la impresa, debía tener todo su significado. Mientras en las noches bebía sangre de los desafortunados y los inútiles. Terminó dando caza a tantos que perdió la cuenta. Se quedaba con el dinero de sus bolsillos y los añadía a la riqueza que atesoraba. Buscaba también nobles de otras provincias para darles muerte y poder atrapar entre sus dedos algo más que calderilla. Él también estaba deseoso de riquezas, de la pomposidad y la prosperidad que te daba ser alguien con sólo mostrar un billete frente a los ojos del populacho.
La casa se decoró para la ocasión, él se vistió con ropas lujosas y tomó una de las máscaras que había comprado en la mismísima Venecia. Esa noche sería la noche que la conquistaría con su amarga historia ya contada por otros, que se mostraría encantador y joven a pesar de su inminente muerte. Quería que la locura de tener más riqueza la hiciera caer, que la enloqueciera de tal forma que se rindiera a sus encantos.
-Rodrigo.-dijo en un susurro caminando por el pasillo mientras hacía que su capa acariciara el rico suelo de mármol.-¡Rodrigo!-exclamó alzando la voz al entrar en el salón y observarlo satisfaciendo su lujuria con la mujer que tanto amaba. Se echó a reír y se aproximó a ella que se aferraba a él aterrada.-No te preocupes.-masculló colocando sus manos sobre sus tersos y firmes pechos.-Te traje para él, para que le hagas gozar.
Su buen amigo, su abogado, disfrutaba como jamás lo había hecho. Hizo que su forma de ver el mundo cambiara y que ambicionara menos y consiguiera más. Debía ser un hombre hecho a si mismo, un hombre que ella deseara. Lo convirtió en un mujeriego sin dejar de ser un caballero. Él le miraba asombrado por la reacción obtenida ante aquel acto tan descarado, pero seguía gozando con una sonrisa en sus labios jadeantes.
-Puedo explicarlo.-masculló.
-Haz que gima más, para eso te la traje.-seguía acariciando sus pechos con aquellas manos frías que le hacía tiritar.-Pero la próxima vez usa una de las recámaras y no el salón de fiestas... cuando acabes búscame en el jardín.
Dicho esto se apartó y se marchó caminando hacia el fastuoso edén que había conseguido. Allí sentado se introdujo en la mente del joven y observó lo que él observaba. Prácticamente podía notar el calor del cuerpo de la mujer, la suavidad de su piel y las ganas inmensas de agotarla con aquel sexo salvaje a la vista de todo el servicio. Ella no dejaba de gemir enterrando sus manos, jurando amor eterno, cuando tan sólo quería dinero y más dinero. Sin duda era una prostituta más, media ciudad había pasado por entre sus piernas y no habían sido únicamente hombres. Si bien, Rodrigo era feliz.
Terminado el acto se subió los pantalones y fue a buscar a nuestro inmortal que contemplaba la noche, la fría y hermosa noche de febrero. Se sentó junto a él observando el mismo punto en el cielo, tenía el flequillo revuelto y apestaba a sexo. Parecía satisfecho, como si nada importara. Sin embargo nuestro inmortal simplemente sonreía por la grandiosidad de su plan.
-Debemos de finalizar los preparativos.-susurró sin apartar la mirada del firmamento.-Quiero que mi casa parezca acogedora, que mi hogar sea el hogar de todos ellos y demostrarles que he vuelto.-aquello surgió de sus labios como si fuera una mera confesión.
-Sí, su abuelo estaría orgulloso de ver su estirpe volver a las raíces.-no comprendió bien qué había querido decir con aquella frase, pero le dio su interpretación aceptando que todos podemos equivocarnos al hablar.
-¿El servicio está listo?-interrogó levantándose para dar unos pasos hacia la fuente principal, una fuente hermosa con un hermoso ángel con los brazos en exclamación al cielo. Aquella fuente la había hecho traer de una de las casas que le pertenecían en el norte, donde había vivido.-Deseo saber si todos saben cómo deben comportarse, no quiero que mis invitados tengan queja alguna.
-Hoy es la noche.-susurró.-Hoy saben que deben ser diplomáticos y tratar a los invitados como si fueran usted mismo.-dijo quedándose a su lado.
-¿Ves el hermoso ángel?-dijo alzando una de sus manos para que lo contemplara, para que dirigiera su mirada al rostro angustiado que imploraba la gracia divina.-¿Lo ves?
-Sí, lo veo.-respondió clavando sus ojos en los de la figura.
-Una vez fui como él cuando las sombras me atrapaban, cuando los miedos eclosionaban como huevos de araña en mi corazón, sentí escalofríos y las lágrimas recorrer mis mejillas. Imploré e imploré perdón por todos mis pecados, recé por mi alma corrupta y por la agonía que no deseaba sentir. Yo no quería el cáliz amargo que estaba tomando, yo me sentía confuso y hambriento, y al fina sucumbí y dejé de creer en los seres como él.-su voz se había hecho frágil por segundos, pero la contundencia de sus palabras regresaron como regresó la leve brisa que helaba levemente sus rostros.-Me convertí en piedra, en un mármol blanco, y sufrí en las noches mi esclava enfermedad.
-Lamento que sea tan pesimista.-susurró.-Tal vez los médicos no supieron calificar bien su enfermedad y pueda volver a encontrarse con el sol.-rió al escuchar lo que su amigo, estúpido amigo humano, tenía para consolarlo.
-Bien se que jamás veré el despuntar del alba.-dijo girándose hacia él.-Amigo.-susurró apoyando una de sus manos sobre sus hombros.-Viviré en las sombras hasta que llegue mi día.
-No hable así, no sea pesimista.-comentó observando la mano fría que caía pesadamente sobre su hombro.
-Por favor no seas condescendiente conmigo, no intentes alegrar mis últimos momentos y tampoco mi pesada eternidad. La losa caerá sobre mí algún día, lo sé, y tal vez no cumpla mi cometido en este mundo o tal vez sí.-sonrió de forma cínica y echó a reír.-Aunque a quién le importa ya este mundo, cada vez me parece menos carismático y menos interesante.
-Señor no soy condescendiente, no deseo animarle, simplemente...-se quedó en silencio quedando tras el inmortal. La espalda perfecta de aquella alargada sombra oscura, tan oscura como la noche, pero iluminada por los numerosos candiles del jardín y de la casa, daban un aura aún más negra y espesa.
-¿Me amas?-interrogó sin girarse.-Me amas como amigo, al final te he enternecido en vez de endurecerte.
-¿Me tiene como un discípulo?-interrogó en un murmullo.
-Digamos que en cierta manera tú eres uno de los pocos que no me causa antipatía.-masculló entrando de nuevo en el edificio para caminar sin hacer sonar sus pasos, como si fuera un fantasma de otra época atrapado en un plato más contemporáneo.
Fue hacia sus aposentos y tomó la ropa que debía usar para la fiesta. Eran ropas caras de corte perfecto, caían sobre su cuerpo como si fueran una segunda piel. Le había costado mucho encontrar un sastre que le agradara y esas prendas eran sumamente hermosas, también delicadas. Negras como la noche con toques de rojo sangre y blancura de la espuma del mar. Una capa oscura de terciopelo rojo en el interior era el toque final y más distinguido de las ropas que llevaba.
Tomó un candelabro y lo encendió con destreza iluminando su camino por las galerías ocultas del edificio. Nadie, salvo el dueño original y el constructor de entonces, sabía de su existencia. Se deslizaba como si fuera una sombra más, como si realmente fuera la muerte asechando a una víctima de su juego infernal. Descendió y descendió hasta las catacumbas. Caminando por ese pasadizo húmedo se daba al mar, más bien las Puertas de Tierra. Sin embargo, él no iba buscando una salida al mar sino un pequeño tesoro que había ocultado durante años.
A mitad de la galería se paró y palpó lentamente las piedras, sabía que era una de ellas. Notó con rapidez como se movía una de ellas, bajó cada una de las piedras del muro falso y entró en la sala donde se hallaba un hermoso ataúd. Ese lugar fue su lugar de descanso durante muchos años. Aún poseía esa maravillosa nebulosa de poder de antaño.
-Y aquí estás, tú mi viejo amigo esperando mi vuelta.-susurró aproximándose a él.-Y aquí yace mi pasado y mi presente, lo que soy ahora.-dijo tocando la tapa negra con aquel crucifijo tan hermoso que ahora parecía del mismo color que la madera.-Y tú mi viejo cristo, mi hermoso crucifijo, aquel crucifijo que tantas veces vi desde la orilla de mi cama y al que recé con fuerza aquella noche. Sí, mi muerte temprana y tardía a la vez. Yo sabía que la muerte me buscaba, pero lo que no sabía es que me buscaba para condenarme a una vida de oscuridad.-susurró palpando el cuerpo de Jesús.-Mi cristo, mi guía, mi Dios y mi decadencia unidos en un hermoso crucifijo.
La sala se iluminó encendiéndose antorcha por antorcha que había en cada esquina de la sala. Un hermoso espejo de pie apareció lleno de polvo y telarañas en una de las paredes, en la otra había un óleo cubierto con una sábana y esta con decenas de capa de suciedad. Dejó el polvoriento ataúd para quitar la tela y observar el rostro hermoso de aquella mujer.
-Tú mi amada, tú mi única locura.-susurró.-Hace poco he visto a tu criatura, he sabido que era ella.-dijo con una leve sonrisa amarga.-Me rechazaste al saber lo que era, te casaste con otro huyendo de mí y de la oscuridad que me asolaba.-dijo como melancolía postrándose ante el cuadro.-Tú mi hermosa doncella, la mujer que me condenó a sufrir mal de amores.-murmuró.-Tu nieta, sé que es tu nieta.-dijo señalándola con uno de sus largos y finos dedos.-¡Tu nieta juega con los corazones de cientos de hombres! ¡Tu nieta! ¡Y tu hija fue una descarada que se encamó con un hombre santo! ¡Pero tú eras tan pura! ¡Eras la pureza misma! ¡Eras como la virgen María! ¡¿Cómo un demonio como yo pudo hacerte tanto daño?! ¡Como tú!¡Tú!-gritó para al final pegar sus manos al piso y llorar.-Como tú no te distes cuenta que te amaba, que no importaba en absoluto el dolor que me atrapaba.-apretó los labios y jadeó.-Ibas a ser mi mujer y al ver con quién te casabas huiste para quedar en los brazos de un zafio bobalicón que jamás me llegó a los talones. Un idiota chupatintas que nunca te mostró orgulloso.-se abrazó y miró al cuadro, lo miró a los ojos.-Moriste joven dando a luz a una víbora y de esta nació la nueva Eva, la Afrodita que ha hecho que desee volver al juego del gato y el ratón.
Durante unos minutos se quedó en silencio escuchando como el mar a lo lejos bramaba y pedía a la tierra que cesara su lucha, y se adentraba casi hasta el paseo marítimo mientras los carruajes parecían correr de un lado a otro. La fiesta había tenido repercusión, todo el mundo quería asistir, y a pesar de las malas condiciones del clima iban llegando a la casa.
Allí mismo se desnudó frente al sucio espejo observando su cuerpo, su cuerpo siempre igual pasaran los años que pasaran. Se colocó las finas ropas que había llevado consigo. Se las colocó lentamente, para luego ir hacia el ataúd y abrirlo. Allí se encontraba un antifaz negro con bordes rojos. Era suyo, había sido suyo incluso cuando era humano. Tendría prácticamente cien años y esos cien años que habían pasado de mortal e inmortal le había dado un toque ajado, pero elegante. Parecía un fantasma, lo que deseaba ser y lo que era en realidad.
-He vuelto al lugar donde nací para la luz.-murmuró con una leve sonrisa.-Y donde yací para ella, entregándome al fin a la oscuridad y a la sangre.-se giró hacia la salida colocando bien su sombrero de copa.-Una alimaña para algunos, dios para otros, un ser de leyenda para cientos y un desconocido para millones. No importa, yo soy un inmortal y yo cobraré mi venganza.-tomó su bastón como si fuera el cetro de un rey apoyándose en él con una sonrisa pérfida.
Se paseó por las galerías sin importarle que su excelente capa rozara los muros, de aquella gruta escavada en las profundidades de la tierra, y tampoco parecía alertarle el sonido de los carruajes en la entrada. Nada le perturbaría esa noche. Horas antes se había despertado con apetito y había cazado en el muelle, consiguió dos jóvenes piratas franceses que bebían ron en una barcaza prácticamente podrida. Dos muchachos que contaban entre ambos más de cien hombres asesinados por el borde de su espada. Por lo tanto estaba saciado y eso le daba la firmeza suficiente para caminar entre patéticos mortales.
Subió hacia sus aposentos y de estos hacia el gran salón. Allí ya estaban todos esperando ansiosos el comienzo de la fiesta. La música comenzó a sonar. Los violinistas contratados se inclinaban con gracia mientras el piano sonaba con dulzura de manos de una joven doncella. Todo parecía orquestado para apasionar a cualquier oyente.
Entre tantos y tantos encontró a la mujer. Ella estaba vestida con un vestido rojo pasión bastante escotado. Su máscara era roja y negra, como su pequeño fular y zapatos. Danzaba en brazos de su decrépito esposo. Parecía un avecilla vistosa que moría enjaulada entre los dedos de aquel carcamal. Giraba y giraba como si fuera una bailarina de caja musical. Él hacía lo mismo con una misteriosa joven de cabellos dorados y piel lechosa. Ambos parecían disfrutar y en realidad sus ojos se clavaban fijamente con una sonrisa condescendiente.
Podía leer en su mente el deseo que sentía por conocer el rostro de tan maldito caballero. Deseaba conquistarlo, hacerlo enloquecer por completo, y a la vez asesinar a su esposo. Quería la mayor riqueza, quería volver a conquistar la ciudad como lo hizo la desgraciada de su abuela. Lo habían perdido todo por culpa de los juegos y negocios turbios del que fue su abuelo, habían caído en la miseria y también en la desesperación.
Ella quería ser la diosa del pueblo, la mujer más envidiada y deseada. Sabía que su abuela fue una ninfa, una diosa de la provocación, y que exaltaba los valores de la carne. Sin embargo, jamás dio su cuerpo como lo entregó ella a sus amantes. Los tiempos habían cambiado de alguna forma. Para conseguir de nuevo las riquezas que pertenecieron a su familia, más aquellas que fue consolidando ella sola, tuvo que hacer sacrificios. Ella tenía fortaleza, su madre era una pobre desdichada celosa de todos y estúpida sin conocimiento alguno de lo que es luchar por los sueños.
Su capa se movía como si tuviera vida propia. Todo él parecía destacar sobre zafios con cuantiosas posesiones, pero sin intelecto, y de zorras con maquillaje de señoras. Era el mismísimo diablo, un ser infernal danzando junto a todos los que le halagaban por un par de monedas. Sonreía abiertamente disfrutando de las vistas, del escote de su acompañante y del carmín de sus labios. Besó a la mujer con la que coqueteaba, se notaba entusiasmada por su dinero y su elegancia.
Cesó la música por unos instantes y todos pararon de bailar, aplaudieron a los excelentes músicos que los acompañaban en la velada y él tan sólo sonrió satisfecho. Tenía una leve marca de carmín en sus labios, pero no importaba. Nadie le diría nada, era el más rico de los presentes y quién tenía más títulos de nobleza. Él era un Dios y los demás meros súbditos.
-Gracias por venir a mi encuentro.-dijo abriendo sus brazos.-Les doy la bienvenida a mi templo, a mi hogar.-susurró girándose leve hacia los que tenía a sus espaldas.-Gracias.
Su único amigo, Rodrigo, corrió a darle una copa de vino y la alzó como si brindara por todos. Dio un sorbo, o más bien hizo creer que daba un leve sorbo, y después rió como si el mundo llegara a su fin y su risa fuera el eco distante de la pasada existencia humana. Todos rieron, todos, menos ella.
-Así que usted es el nuestro anfitrión.-dijo ella haciendo una leve reverencia.-Jamás pensé que fuera tan joven.-susurró con cierta coquetería.
-María.-rechistó su esposo quedándose tras ella.
-Joaquín sólo quiero darle la bienvenida a esta pobre alma, ha desembarcado en el mundo de la codicia y el engaño con un ego deslumbrante.-su lengua era afilada, pero decía lo que veía. Una de las virtudes que todo el mundo apreciaba, si bien ese no era el momento ni el lugar.
-Mi ego será deslumbrante, pero no es tan conocida como tu lujuria.-respondió notando como el ambiente se caldeaba.
Todos se sobrecogieron. Se sintieron insultados por ella, pero él tuvo una respuesta elegante aunque no demasiado caballerosa. El único que no entendió sus palabras fue su esposo que siguió a su lado sin quitar ojo al joven que caminaba con destreza.
-Maldito seas.-siseó enojada.
-Maldito entre los malditos y bendito entre los benditos.-esas fueron las palabras que tuvo como respuesta aquella mujer.-¡Música! ¡Quiero Música!-de inmediato los violines sonaron junto al piano, se unió a ellos flautas traveseras y violonchelos.
Ella se marchó de la celebración. Su esposo la siguió intentando controlar su furia. Ella, como la noche, se volvió colérica. La lluvia tintineaba en los cristales, para luego azotar con fuerza los muros y el techo. La música se compaginaba bien con aquel ambiente tan sombrío. Las copas se chocaban y el vino se derramaba. Los escotes de las damas eran deliciosos a la vista de los hombres, estos tras sus trajes las observaban como pequeños regalos adornados con gasas y sedas.
Nuestro actor principal caminaba bajo la ventisca. Nadie en la fiesta había deparado que el hombre que los había invitado ya no estaba entre ellos, nadie. Parecía increíble que el anfitrión desapareciera y nadie se percatara. Si bien, era común. Su buen acompañante quedó allí conversando e intentando que todos gozaran.
La lluvia se intensificaba, el mar golpeaba con fuerza y con fuerza lo hacía la tormenta. El cielo se iluminaba con los relámpagos. Una noche desapacible para una caminata por las calles solitarias de la ciudad. Sus pies pisaban las baldosas con elegancia, como si aquella ventisca no pudiera con él. Daba una imagen divina, o tal vez demoniaca ya que parecía una sombra en la noche. Se había despojado de la cama, la chaqueta y el sombrero. Tan sólo llevaba la camisa blanca sin chaleco, los pantalones y las medias junto a sus botas. Sus cabellos se movían con violencia, cabellos empapados por culpa de las lágrimas de un Dios que parecía desconsolado.
Lejos de sus confortables chimeneas, muy lejos de la música y las risas, se encontraba dejándose arrastras por sus pensamientos y por sus deseos. Ella. La había visto. Ella. Una vez más ante él. Parecía una fiera panza arriba, una tigresa a punto de arañar su rostro. Una mujer de corazón de fuego, de mirada perversa, de sonrisa dulce y lengua afilada. Indomable. La palabra que mejor la describiría era esa, indomable.
No muy lejos de donde él se encontraba él estaba ella. Había echado de la cama a su esposo y encerrado en sus aposentos. La había dejado en ridículo, golpeado con fuerza la verdad en la cara. Ella era una diosa, no una mujerzuela. Quería arañarlo, gritarle a la cara, golearlo y hundirlo en la miseria. Había hecho que se retorciera y gritara mientras se arrancaba el vestido que tan costoso había sido para su marido.
-¡Maldito seas!-gritó.-¡Maldito seas!-bufó.-¡Tú me las pagarás!-decía tirando los perfumes al suelo para mirarse al espejo con aquellos ojos flamenantes.
Cayó de rodillas y comenzó a llorar. Sus manos se colocaron sobre su rostro intentando ocultarse de las palabras que golpeaban su cerebro. Sabía que era cierto, que su nombre había sido mancillado. Si bien, era eso o morirse de hambre. Ella escogió un camino duro y cruel, demasiado duro, para que no se tuviera en cuenta a la hora de exponer su situación.
Él la escuchaba desde la calle, sonreía pegado al muro contiguo a la vivienda. Sonreía sintiendo la lluvia, notando el frío sobre su piel congelada. Un inmortal que prefería apartar una noche cargada de excesos por un poco de lluvia, por encontrarse con la naturaleza salvaje e imprevisible. Comenzó a reír a carcajadas, reía con ganas al escuchar sus gritos y sollozos. Si bien, dentro de él cada risotada era como una herida que no deseaba cicatrizarse. Una herida que se hacía profunda y que parecía emanar pus.
Se despegó del muro y caminó hacia su ventana, esta simplemente se abrió. Ella se giró de inmediato, observando como las cortinas se movían como fantasmagóricas velas de navío abandonado en alta mar. Él estaba allí frente a ella, con la ropa emapapda y los cabellos sobre su rostro y hombros. El hombre del cual se había intentado mofar y le había devuelto la burla. Él. Un joven enfermo al parecer y que único deseo antes de morir era amar.
¿Cuántas veces se había dicho a ella misma que debía ser profesional? ¿Cuántas veces se gritó que tenía que hacer sentir al resto inferior? ¿Cuántas que tenía que urdir sus triquiñuelas sin que su esposo ni nadie sospechara? ¿Cuántas? Muchas veces. Había planeado conquistarlo, lo había hecho, y al final terminaron enemistándose frente a todos.
No se dijeron nada, él simplemente entró y la tomó de la cintura besando su cuello. Sus labios fríos contrarrestaban el calor intenso de su cuerpo. Su lengua parecía bípeda, como la de una serpiente, y siseaba la lujuria al igual que sus manos. Con varios tirones de sus manos hizo jirones su ropa. Quedó desnuda y confusa, puesto que en otros momentos hubiera actuado y en ese instante sólo se dejó acariciar.
-Dámelo.-susurró el vampiro.-Dámelo.
-¿El placer o el paraíso?-dijo en murmullos poco audibles.
-No hay paraíso sin placeres, ni placeres que no parezcan ser el mismísimo edén.-sus manos se habían puesto sobre sus pechos, y estos parecían comenzar a reaccionar por el frío y la excitación que toda su alma sentía.
-Te lo daré.
Su esposo estaba en la casa, pero la habitación tenía la llave echada. Si bien aquel decrépito le dejaba jugar con otros hombres mientras ella siguiera a su lado, tanto la amaba que le concedía cosas que a una esposa siempre se le negaría. Las pocas velas que iluminaban la estancia se apagaron y ella comenzó a sentir que sus pensamientos no fluían.
La arrojó a la cama y se quitó la ropa contemplándola en las sombras. La ventana golpeaba una y otra vez, la lluvia entraba en la habitación humedeciendo el suelo y el aire bramaba. Sus manos frías erizaban la piel de su víctima, sus vellos se levantaban al contacto de las yemas de aquellas garras. No lo comprendía. Una noche tan terrible y él caminando como si nada. Pero tampoco comprendía como no podía dejar de desearlo.
Pronto sintió su boca besar sus muslos mientras sus manos acariciaban su cuerpo desnudo. Era un desafío a sí mismo. Jamás había deseado tanto a una mujer, más allá de la sangre, tras la transformación. A penas había estado con un par de prostitutas varias décadas atrás. No era lo mismo. No era el mismo deseo. Era un deseo de corromper su alma como su cuerpo. Ella que había estado con hombres, ella que se sentía la reina de corazones, se vería envuelta en un tórrido romance que no podría comprender.
Su lengua serpenteaba entre sus piernas, lamía lentamente sus muslos y su sexo. Disfrutaba con aquel néctar que recorría sus ingles. Ella gemía. No sabía como parar esos escandalosos gemidos. Ningún hombre, joven o viejo, había logrado que quedara colapsada entre los sentidos. El oído le demostraba lo perfectas que eran sus cuerdas vocales, el tacto le hacía enloquecer por cada poro de su piel, el olfato se llenaba de la esencia de su sudor y de la tierra mojada, sus ojos no tenían visión alguna pues estaban profundamente cerrados y su paladar... ese... ese estaba aún saboreando el dulce sabor de sus labios.
-¡Más!-gritó aferrando con fuerza sus sábanas hasta rasgarlas.-¡Más!-exclamó retorciéndose de placer mientras sus piernas se cerraban.-¡Más!-repitió tras un fuerte gemido y él simplemente se apartó.
-¿Más querida?-susurró lamiéndose los labios.-¿Más?-un relámpago hizo que se iluminara toda la habitación.
-Más.-jadeó intentando recobrar el aliento.
Se inclinó besando su vientre, sus pechos y su rostro. Acarició sus cabellos empapados apartándolos de su frente. Sonrió complacido al notar como se agitaba. Si bien, la sangre era la sangre. Comenzaba a querer dejarla seca, a cubrir sus necesidades y huir.
Al otro lado de la habitación estaba el viejo gritando y rogando a Dios porque les partiera en dos. Quería entrar junto a su mujer. Quería despreciarla ante el intruso y a él matarlo tras encañonarlo con su vieja escopeta. Pero ni el inmortal moriría, ni ella se sentiría despreciada.
-¡Déjala! ¡Déjala!-gritaba tras la puerta golpeándola con sus pocas fuerzas.
-¡La dejaré cuando la complazca!-respondió.-¡Haré que jamás desee que salga de ella!
Ella simplemente quedó muda notando su piel fría, sintiendo como sus manos acariciaban su sexo. La estimulaba con lujuria y con necesidad. Se notaba que él estaba excitado, porque así era. Si bien, no sólo era el sexo sino como rezumaba el perfume de la frágil vida. La vida. La sangre yacía en sus venas moviéndose rápidamente hasta su corazón, pasaba por todo su cuerpo recorriendo cada órgano y trozo de carne. Si bien, todo el calor de su cuerpo se acumulaba en su sexo y en sus mejillas.
-¡Déjala!-dijo en un sollozo cayendo de rodillas.
-No voy a dejaros.-susurró.-Haré que enloquezcas.-se inclinó lamiendo su sexo, lamiéndolo con destreza.
-¡Maldito seas y bendita tu lengua!-gritó tirando de sus cabellos, jalándolos como si deseara arrancarlos de su cabeza.
Los juegos cesaron y pronto sintió su fría masculinidad. Entró de una estocada clavándola firmemente entre sus piernas. Comenzó a moverse como un maldito demonio. Ella simplemente se dejaba arrojar a los infiernos gélidos que eran sus caricias. Su piel se erizaba y calentaba, la suya simplemente quedaba fría como cuerpo muerto. Besaba sus labios y mordía leve su cuello, hasta que no pudo más y bebió de ella. Ella sintió unas terribles punzadas que fueron calmadas con un orgasmo insaciable.
Él se apartó con rapidez y corrió entre la lluvia. Esta vez no molestaba, ni refrescaba, ni la sentía... esta vez el agua ni la sentía. Estaba desnudo por completo, había dejado sus ropas en la casa tiradas por cualquier rincón. Se despreocupó de ella, la dejó allí sin saber qué hacer o cómo moverse. Su cuerpo estaba exhausto y su esposo no paraba de llorar tras el portón.
Sentía que su alma se fundía con la lluvia. Podía notar la fuerza del viento rugir en su interior. Su cuerpo estaba desnudo y expuesto como si de la estatua del adonis del David de Miguel Ángel se tratara. Sus cabellos se pegaban a su rostro mientras abrían intentando abrazar a la naturaleza que le refrescaba. Corrió con fuerza hasta su guarida, era una brisa fuerte que acariciaba las calles y callejones de la ciudad.
Cuando llegó se tiró en medio de su jardín. Respiraba agitado a pesar de ser un inmortal. Jadeaba. Las bocanadas de aire que entraban y salían de sus pulmones le hacía sentir vivo. Realmente se sentía liberado de la cruel carga de su destino. Sus dedos se enterraron en la tierra, su espalda se pegó con deseo al fango y sus piernas quedaron quietas descansando. Parecía un cristo recién bajado de los cielos, un ángel sin alas que se divertía jugando en el lodo.
-Maldito soy.-murmuró.-¡Maldito!-exclamó a las nubes oscuras que no cesaban de descargar lluvia.-¡Maldito soy! ¡Maldito soy! ¡Maldita tú estás ahora! ¡Sí! ¡Maldita como yo! ¡Maldita como todos! ¡Todos estamos malditos! ¡Todos seremos destruidos por la ira de Dios! ¡Todos nos bañaremos en los fuegos fatuos de los infiernos más candentes! ¡Todos! ¡Y bajará Gabriel de los cielos con su espada de fuego! ¡Y bajará toda la corte celestial! ¡Bajaran todos y cada uno de los ángeles!
-Maestro.-susurró quedándose en pie desde la puerta del gran salón que daba al jardín. Sus ojos estaban fijos en su cuerpo desnudo y cubierto de barro.
-Rodrigo.-murmuró levantándose con cierta elegancia en sus movimientos.
-Venga dentro.-susurró.-Los invitados se marcharon hará unos minutos.-dijo caminando bajo la lluvia, sus botas chapotearon sobre la tierra mojada y arcillosa. Parecía un ángel, uno de esos que decía que bajarían para destruir al hombre.-Maestro ¿se encuentra bien?-interrogó estirando su mano tibia hacia su amigo.
-Dame tu capa.-dijo de forma imperativa.-Dámela.-susurró.
Rodrigo se despojó de su capa con torpeza, pero lo hizo, y le arropó cubriendo su cuerpo frío. Las manos de su siervo y amigo se colocaron sobre su rostro, eso le hizo sobrecogerse y sentirse muerto de nuevo. Era un buen hombre, un hombre que tan sólo deseaba obtener un fuerte apoyo para sentirse arropado como él arropaba al vampiro.
-¿Dónde están vuestras ropas? ¿Os han robado? ¿Qué ha sucedido?-preguntó aturdido ante la desnudez de su maestro, de su amigo, y no podía comprender como alguien de su posición podía estar desnudo sin pudor alguno.
-En la alcoba de un cabestro.-rió a carcajadas mientras apoyaba sus manos sobre los hombros del joven.-He tenido sexo con Afrodita frente a Hefesto.
-¿Habéis mancillado a una mujer casada?-preguntó confuso.-No desearás a la mujer de tu prójimo.
-Conozco los mandamientos.-replicó.
-Y también los bajos instintos.-dijo observándolo con cierta amargura.-Me decepciona.
-¿Qué haríais si una hermosa mujer regalara sus carnes a un decrépito? ¿Qué haríais si la desearais? ¿Qué si habéis montado una falsa con vuestras riquezas para que apareciera? ¿La dejaríais cual avecilla cantar lejos en una rama?-interrogó sin bajar la mirada, enfrentándolo.-No sois quién para decir que he perdido la dignidad.-comentó apartándose de él.-No sois quién.
-¿La amáis?-preguntó.
-Tanto como tú a esa cualquiera que espera un hijo del alcalde.-cuando dijo aquello un rayo hizo resplandecer el cielo.
-¿Lo sabéis?-interrogó confuso.-¿Cómo es que lo sabéis?
-Ella regaló su vagina caliente a ese cerdo más de una noche mientras la deseabais, mientras la adorabais, y ahora que es vuestra lleva en sus entrañas un bastardo que no se parecerá a vos sino a él.-lo tomó del rostro con sus manos frías y húmedas.-Rodrigo somos iguales y distintos. Tú amas a una ramera y yo a una dama de sociedad que muere porque un hombre joven le arranque gemidos reales.
-¡Basta!-dijo olvidando sus formas. No quería escuchar la verdad, puesto que había aceptado a esa criatura que venía como propia. Se llevó sus manos a sus oídos y sacó a relucir la debilidad del hombre, sus preciadas lágrimas.
-¡Gózala!-espetó tomándole del brazo para hacerlo caminar hacia dentro de la casa. Ambos estaban empapados, ambos parecían animales salvajes.
Las facciones de Rodrigo se habían suavizado, pero sus lágrimas seguían precipitándose por su rostro. El vampiro lo guiaba por la casa buscando el lecho donde ella se encontraba. Él simplemente pedía a su mente que dejara de recordar los gemidos que esta regalaba a su otro amante, al alcalde, pero no pudo.
Cuando se encontraron frente a la alcoba nuestro inmortal golpeó con rabia la madera de la puerta, tan sólo lo hizo dos veces. Después la abrió y arrojó dentro a Rodrigo, este únicamente lo miró aturdido y quejumbroso en el suelo. Ella estaba arropada con las mantas como si tuviera pudor alguno, pero se quedó contemplando de su señor. El cuerpo del vampiro estaba cubierto de lodo y la capa, lo único que ocultaba sus vergüenzas.
-Mi señor ¿qué horas son estas de interrumpir en el cuarto de una dama?-preguntó aturdida.-¿Qué es lo que deseáis? ¿Por qué tratáis así a Rodrigo?-dijo cubriéndose como si una santa se tratase.
-No te comportes como la Virgen María cuando tu himen fue roto hace años.-dijo viendo su comportamiento.-He visto con mis propios ojos como te abrías para este y para otros, no tienes nada que no haya visto yo o los tantos hombres que se han fundido en tu interior.-Rodrigo sólo le miraba desconcertado y ella con cierta furia al mostrarle su deshonra.-Benefíciatelo, dale lo que quiere y haz que goce como si te hubiera pagado veinte monedas.
-¡No es una puta!-le recriminó aún tirado sobre las frías baldosas.
-Pues actúa como tal.-dijo mirándolo con fijeza.-Que no se haga la digna en estos momentos, porque os he contemplado teniendo sexo por todos los rincones de esta casa.
Dicho esto se marchó dejándolos solos. Si había algo que no soportaba eran las incoherencias y los humanos simples eran demasiado incoherentes. Se sentía fuera de lugar ante sus estúpidos disimulos. ¿Por qué ocultar lo que eran? Eran humanos, los humanos cometen errores y los errores pueden ser beneficiosos aunque al principios perjudiquen. Él tenía que soportar en silencio un terrible secreto, un secreto que lo arrojaba a los infiernos de la desesperación. Sin embargo, ellos eran libres de sacar sus lados perversos. Los tabú eran demasiado, la ignorancia dolía y la indolencia hacia la belleza le golpeaba duro como la frivolidad latente en esa sociedad absurda.
La noche estaba cayendo a su fin, el reloj de la sala de baile marcaba pesádamente las seis de la madrugada y en pleno silencio nocturno se empezaron a escuchar sus gemidos. Ella gemía como una desquiciada y él gruñía como un animal. Se introdujo en sus mentes hurgando con facilidad en ellas. Él la veía como una diosa, ella lo veía a él como un negocio próspero que le daría un bienestar y nada más. El placer los cegaba, los destrozaba y finalmente en el climax los arrojaba a una sensación de paz cercana a lo divino.
-Y así el hombre olvida, así olvida.-dijo introduciéndose en el baño de sus aposentos.-Y así suplica perdón al dolor, porque en esos momentos de gloria uno se cree Dios y olvida por completo las penurias. Tal vez por ello paren tanto las mujeres, por eso parecen conejas o meros roedores en vez de hembras humanas.-rió bajo ante su malicia.-Porque el placer del sexo les hace olvidar la opresión social, la mentira, la bajeza del hombre y la miseria.-se echó sobre sí un barreño de agua helada.-Fría como la lluvia... tal vez... pero no puedo olvidar las carnes calientes que hoy recorrí.-susurró riendo bajo frotando un trapo enjabonado contra su pecho.-Porque sea del estrato social que sea la mujer disfruta con el sexo. La mujer goza. La hembra tiene un clítoris que debe ser estimulado. Si bien, aquí se tiene relegada a la nada y van todos a lo que van. Pobres mujeres, las compadezco.-rió a carcajadas.-¡Aquí únicamente son felices las putas!-gritó.-Porque al menos ellas al gemir no levantan murmuraciones... son lo que son... no tienen fachada que encalar con blancura y humildad.
Tras aquel baño helado, como su piel, caminó desnudo por la habitación en busca de la chimenea. Había pedido encender el fuego nada más despertar. El olor a madera quemada contrastaba con la fragancia del jabón que se apoderaba de su cuerpo. Se quedó desnudo frente a las llamas, las contempló sin preocupación alguna y sonrió.
-Las llamas purificarán mi cuerpo algún día.-susurró.-Haré de los infiernos mi hogar, caminaré sobre las brasas y entre súplicas. Yo sentiré el calor, volveré a sentir el calor, sin tener que tomar ni una gota de sangre.-murmuró alejándose hacia su lecho.-Seré el príncipe que vuelve a su reino tras una terrible batalla, seré el laureado guerrero que se postrará ante el trono y pedirá alabanzas a su rey.-explotó en carcajadas mientras observaba las sábanas de seda fina.-Un lecho digno de un rey.-se tumbó y revolvió las mantas.-Digna de un rey.-repitió.-Pero jamás podré disfrutarla.
Cuando pensó que su cama estaba lo suficientemente revuelta como para no levantar sospechas se bajó, tomó su bata de terciopelo negro y echó el cierre a su alcoba. Después se deslizó hacia un lado de la habitación, movió una pequeña figurilla y el pasadizo se hizo visible. Caminó por él largos minutos, sus pies descalzos notaban la humedad del suelo y los muros, hasta que llegó a su verdadera habitación.
-Mi recámara, mi amante, mi ataúd, mi dolor, mi eterna agonía, mi sepultura...-susurró corriendo bien la piedra de la entrada y abrió la tapa de aquella pieza mortuoria.-He vuelto a ti viejo amigo, he vuelto a ti.
Recostó su cuerpo quedándose inmóvil tras hacer caer la tapa. Sus ojos se mantuvieron abierto y sus labios bien cerrados. Una leve sonrisa surgió en su rostro, tras ella una carcajada digna de un sátiro. Nadie sabía donde estaba y nadie sabía quién era realmente. Estaba cobrándose las deudas, riéndose de todos con su dulce y enajenado teatro. Sentía que la vida le sonreía, o más bien la muerte, tras tantos años alejado del triunfo y de su sabor.
-¡Y resurgiré querida!-gritó en su estrecho lecho.-¡Y haré que vuelvas a temblar en mi prisión de hielo! ¡Y haré que tu volcán entre en erupción gracias a mi fría lengua!-exclamó.-¡Llora! ¡Grita! ¡Clama venganza! ¡Di lo que quieras! ¡Pero jamás podrás huir de mí! ¡Jamás podrás huir de una sombra! ¡Porque las sombras siempre nos acompañan!
Cerró al fin la boca, su voz dejó de resonar y sus párpados cayeron pesadamente. El sol comenzó a surgir de su baño de sal, volvía la luz a la ciudad y las tinieblas cesaron. No muy lejos de aquella fortaleza, de esa galería subterránea, se encontraba la mujer recostada en su cama. Sollozaba por haber sido tan vulnerable, tan estúpida. Su esposo yacía a pocos pasos de ella cubierto en sangre. Ella lo había matado, había tomado su abrecartas y lo apuñaló una y otra vez. Ella enterró aquel objeto en el pecho de su marido, de aquel decrépito anciano que tan sólo quería saborear la juventud de su piel.
Estaba vestida tan sólo con dos fuertes marcas en su cuello, dos buenas mordidas, y sus pechos temblequeaban por su respiración agitada. Parecía estar inmersa en una locura, en un dolor terrible, pero aquello que sentía era la liberación. Cuando entró la criada se la encontró sentada en la cama mientras sus lágrimas surgían de sus vidriosos ojos.
Todos pensaron que un hombre había matado al hombre y violado a su esposa, todos la compadecieron y todos pidieron venganza. Ella decía no recordar quién había sido, tan sólo que su piel era fría y había venido en medio de la tormenta. En pocas horas el suceso estaba en boca de todos, ricos o pobres como ratas.
Despertó como de un dulce sueño, un sueño plácido donde los infiernos dominaban la tierra y Dios cobraba sus deudas con todos los pecadores. Un sueño tan plácido, tan deseable, que le hacía sentirse como si estuviera arropado por los amorosos brazos de su difunta madre. Levantó la tapa del ataúd y caminó desnudo por la galería. Su cuerpo de hielo estaba tan pulcro como ansioso. Necesitaba sangre, la sed le había hecho despertar, y se puso en marcha para conseguir las telas más elegantes de su ropero.
Si bien, al entrar en su cuarto escuchó como lo aporreaban incansablemente. Un golpe tras otro, uno tras otro, uno tras otro y así hasta que notó como la puerta quería tirarse abajo. No era el viento, él sabía bien quién era. La presencia de su amigo se hacía presente tras la robusta madera. Se tumbó con rapidez en la cama y revolvió un poco más la ropa.
-¡¿Qué escándalo es ese?!-espetó.
-¡Mi señor! ¡Mi maestro! ¡Debo confesaros algo! ¡Mi señor! ¡Mi maestro! ¡Es urgente!
La mente de Rodrigo era un caos. Se sucedían una imagen tras otra, se contraponían y la sugestión, junto al miedo, hacía el resto. Lo que había escuchado se fundía con lo imaginario, la verdad traspasaba sus creencias más firmes derrumbándolo al absurdo. La respiración era agitada, como los latidos de su corazón. La sangre era bombeada con fuerza por todas sus venas y la imagen de sus vasos sanguíneos se hizo deliciosa.
Se levantó del colchón recordando el cierre doble de seguridad, la llave en la mesilla y que la guarida no había sido ocultada. Movió la figurilla, el pasadizo se cerró, y descalzo, además de desnudo, giró la llave junto al pomo.
-¡Pasa!-dijo cuando pudo calmar sus instintos, cuando se dijo a si mismo que no era otro sino Rodrigo. Pasó sus manos sobre su rostro como si deseara despejarse, despertar de un enjambre de voces que le gritaban que acabara con el muchacho saciando así su sed.
-¡Lo mataste!-gritó mirándole a los ojos mientras se aferraba a sus brazos, brazos duros y fríos como el mármol.-¡La violaste y mataste a su esposo!-dijo de forma acusadora, desquiciado y sin saber bien a quién acudir. Creía que el asesino era su amigo, su buen amigo, ese que le había dado un estatus social elevado y sobretodo devuelto el orgullo.-¡Confiesa!
-No maté a nadie, al menos no a él.-dijo con un tono de voz que demostraba sinceridad.
-¡No mienta! ¡Sé que vos lo hizo!-gritó cayendo de rodillas llorando como un niño.
Las manos inmortales que en otros instantes asfixiaban a sus presas, esas mismas manos que rompía huesos como si fueran ramitas de cerezas, acariciaban con delicadeza los cabellos de su amigo. No sabía como consolarlo, como demostrar su inocencia en esos actos, y revivió una vez más el calvario de décadas atrás.
-Deseo confesarme contigo, pero tal vez te hundas en la locura.-susurró.-Deseo decirte quien soy en realidad, pero me aterra que caigas en la desesperación más oscura.
-No soy sacerdote.-respondió.-No soy hombre de dios.-murmuró.-Sea cual sea el terrible secreto lo enterraré en la memoria, lo haré por todo lo que me ha entregado y porque ahora soy feliz junto a la mujer que amo.-susurró intranquilo.
En su mente podía leerse que mentía, pero que su curiosidad le podía. Podía dar su palabra, si bien era un hombre de leyes y tendría que actuar como tal. Claro que el pobre desgraciado desconocía la pasmosa realidad, la muerte estaba frente a él y le rogaba que dijera sus endiablados maleficios. La muerte, una sombra alargada que se posaba ante sus incrédulos ojos.
-No des tu palabra si no la sabrás guardar.-dijo colocando sus manos heladas sobre los hombros de su compañero.-No sabéis qué extraños relatos pueden surgir de mis labios.
-Sean cuales sean, no deben ser tan terribles como los escuchados hoy por mis oídos.-murmuró.
-La inmortalidad existe.-fue lo único que dijo quedando en silencio, tal vez esperando una reacción más allá del asombro.
-La inmortalidad existe, los libros son inmortales.-susurró confuso.-La verdad es longeva, siempre perdura.
-No es ese tipo de inmortalidad.-susurró de forma pesada.-No es ese tipo de puro egocentrismo humano, de vanagloria barata, de vómito de intelectuales y estúpidos legisladores. No está basado en la verdad, ni en la ciencia, ni en el poder, ni en Dios y tampoco creo que en el diablo.-comentó apretando leve las yemas de sus dedos.-No es ese tipo de inmortalidad.
-¿Entonces?-preguntó confuso y extenuado.
-La inmortalidad como ser, estar y permanecer.-dijo con un tono de voz oscuro, muy profundo.
-¿Qué?-interrogó hundido entre las sombras de aquellos ojos que le observaban desde el otro mundo, parecía la puerta al purgatorio.
-Mi modo de vida es la muerte.-aquellas palabras le hicieron sentir miedo, el vampiro sólo se liberó.-Mato a criminales de cualquier rango y enfermos, no sólo por pura filosofía vital sino porque sus cuerpos son fáciles de ocultar... porque son fáciles de olvidar.-susurró.
-¡Monstruo!-gritó congelado por el miedo, un miedo que le hacía sudar.
-¡Vampiro! ¡No muerto! ¡Nosferatu! ¡Diablo de la sangre! ¡Bebedor nocturno! ¡Paria de las tinieblas! ¡Príncipe de la noche! ¡Rey de las sombras! ¡Llámame como quieras! ¡Yo soy el dueño de los tiempos! ¡De las arenas y agujas de todos los relojes! ¡Yo soy el relámpago y el trueno! ¡Yo soy el poder! ¡Yo soy el dios de la oscuridad que toma vidas como ofrendas!-gritó exaltado mostrando sus filosos colmillos.
La desesperación y el pánico bañó el alma de Rodrigo. Sus piernas temblequeaban y sus ojos parecían salirse de sus cuencas. Su mandíbula se cerró y no lograba abrirla, quería gritar y no podía. Veía aquel monstruo ante él, un monstruo que había sido amable y le había concedido riquezas. Pensó que tal vez había vendido su alma sin saberlo, que había regalado su bien más preciado y que realmente pertenecía a Dios. Su cabeza daba vueltas, sentía que la habitación giraba sintiéndose peonza.
-¡Imposible!-dijo al fin.-¡He servido al diablo!-gritó intentando correr pero sus piernas le fallaron.
-¡No huyas! ¡Aunque puedas escapar esta noche en las siguientes daré contigo y mi castigo será peor! ¡Caerá sobre ti las llamas de los infiernos! ¡Las llamas que te quemarán y a la vez no sentirás la muerte! ¡Una agonía por el resto de los siglos!-lo tomó de los brazos e hizo que lo encarara.
-¡Aléjate de mí! ¡Aléjate de mí!-gritaba de forma agitada.
Suspiró de forma pesada y lo dejó ir, si bien la puerta no se abriría. El joven empujó y empujó, pero la puerta no cedía. El vampiro usaba sus poderes para demostrarle que no podía huir de él. Rodrigo cayó desanimado en un rincón de la habitación. Quedó hecho un ovillo, una masa de carne trémula y sollozante. Mientras el inmortal se quedó de pie frente a él.
-Yo era como tú.-susurró.-Un joven amable que buscaba superarse, superar a mis progenitores y triunfar.-sonrió con amargura y le enfrentó clavando sus orbes oscuras.-Era un temerario y un enamoradizo. Terminé febril por una joven de alta sociedad, como yo, pero ya comprometida con otro. Logré que se fijara en mí, logré que me amara, logré que la boda se cancelara y logré que se comprometiera conmigo.-se sentó en el borde de la cama.-Este palacete, esta casa y su jardín, fue mío y de mi familia desde que se construyó.-murmuró alzando sus brazos hacia el techo.-Estos techos fueron testigos de mi felicidad, de los sueños de ambición y de la derrota que sufrí.-sonrió con amargura y se levantó caminando hacia él.-Ella finalmente se casó con su primer prometido, no quería que las malas lenguas gritaran que era una cualquiera.-suspiró pesado y juntó sus manos entrelazando sus dedos para dejarla bajo su mentón.-Me di a la bebida y terminé retándolo en un duelo a muerte. Él era más rico, más hermoso, más siniestro y más déspota. Terminó perdiéndolo todo, pero antes que él perdiera todo yo perdí el duelo y me dio por muerto. Un inmortal se apiadó de mí, o más bien deseó que yo fuera su creación para no sentirse solo.
-¿Estáis diciendo que antes de monstruo usted fue humano?-dijo algo más tranquilo, aunque igualmente impactado.
-Todos somos criaturas de Dios, todos estamos hechos a imagen y semejanza, y todos caminamos por el valle de las sombras hasta alcanzar el paraíso.-replicó.
-Dios no toleraría que criaturas infernales caminaran por la tierra.-susurró en un balbuceo.-Y mucho menos por los jardines del Edén.
-Pues entonces ¿por qué no he sido destruido ya?-preguntó alzando una de sus finas cejas.-Dímelo, quiero saberlo.-sonrió al notar que quedó en silencio, desnudo y sin saber que replicar.-Lo entiendo, no sabe cómo explicar que yo siga aquí en un jardín eterno. Que viva, que mi corazón aunque paralizado siga aparentando palpitar bajo mi camisa de algodón o seda.
-¿Está muerto? ¿Está vivo? ¿Quien sois? No oses decir que eres humano, no lo eres.-masculló algo aterrado. Se abrazaba a si mismo, abrazaba con fuerza su cuerpo y jalaba temblorosamente de su camisa. El miedo le invadía, a la par que la curiosidad. La curiosidad mató al gato, pero esta vez Rodrigo tan sólo suscitaba una sonrisa burlona en el rostro del inmortal.
-Ni muerto ni vivo, ni humano ni deidad.-respondió.-Fui humano, pero mi cuerpo cambió. No estoy muerto porque mi alma sigue en este cuerpo que paró su envejecimiento. Jamás moriré, jamás envejeceré, jamás volveré a ver el sol y siempre vagaré por las sombras.-rió bajo.-Lo único que hago es cazar. Lo que antes hacía como divertimento, ahora se volvió necesario. Ya no son animales, sino criminales o seres indignos de ser llamados ser humanos.-susurró.-Vengo a cobrarme mi venganza, por eso volví del viejo mundo, y por ello te necesito.
-¿Yo? ¿Ayudar a un ser de los infiernos? ¡Jamás!-se pegó más a la pared y jadeó aturdido.
-No soy un demonio.-comentó.-No soy un enviado de los infiernos.-dijo ya con un tono cansado.-Sólo quiero volver a tener lo que fue mío, limpiar mi nombre y conquistar a cierta mujer.-le miró fijamente a los ojos tomándole del rostro.-No maté a su esposo, ella lo hizo. Ella posee las dos marcas de mis colmillos, no él.
-¡Hiciste que se infectara de tu locura! ¡La llevaste junto a ti para que fuera la mano derecha del diablo!-espetó sacando fuerzas de donde no las encontraba.
-¡No!-respondió.-¡Ella mató a su anterior esposo! ¡Ella mata a los hombres! ¡Ella es la mantis religiosa más peligrosa que jamás he visto!-aquello hizo que cualquier pensamiento lógico, o ilógico, porque se quedó en silencio y con la mente en blanco. Sus ojos se quedaron clavados en el vampiro. Su mente comenzó a funcionar y se sobrecogió.
-No comprendo nada, no sé porqué tienes que torturarme.-susurró sollozando.
-Porque deseo que me ayudes, deseo atraparla y darle la condena que se merece.-eso hizo que ambos se comprendieran.
Un hombre de leyes, un hombre justo, un amante de la concordia y de la justicia. Un soñador. Deseaba que la ley se cumpliera, que todos pagaran justamente por sus faltas. No creía en la iglesia, pero sí en Dios y en el Diablo. Su forma de ver la vida era una balanza, una espiral de sentimientos que se unían hasta un epicentro que era la muerte. Debíamos seguir un camino, seguirlo a pesar de las piedras y el dolor del cansancio de nuestros pies. Él era noble, altruista, sincero y sobretodo amante de la luz. Pensar que una mujer se salía con la suya, que regalaba muerte y codicia a quienes la amaban, hizo que sintiera deseos que hubiera justicia. Quería que el vampiro, el príncipe de las tinieblas, la aniquilara.
Él no pensaba en la muerte de aquella desdichada. El inmortal tenía algo mejor para ella, un calvario típico de una tragicomedia. Quería burlarse de ella. Deseaba despojarla de toda la humanidad y de lo racional, quería desintoxicarla y convertirla en un animalillo dócil. Deseaba destrozarla para volver a crear a un Eva a su imagen y semejanza. Quería condenarla, hacer que el fuego de los infiernos achicharrara su piel, hasta que sus lamentos fueron escuchados por el propio Dios y este la salvara.
-Te ayudaré si me demuestras sus crímenes.-susurró alzándose del suelo.
-Será una larga noche.-murmuró estirando su mano.-Toma mi mano, acéptala hijo mío.-susurró.-Acéptala como si fuera tu guía, como si fuera un ángel, como si fuera la del creador de esta tierra de salvajes e impúdicos. Acéptala como si vistiera ropas pulcras enhebradas de dorado. Tómala como si fuera la tuya.-susurró dando dos leves pasos hacia él.-Te mostraré los entresijos de este lugar, te demostraré los crímenes cometidos contra mi honra, y te haré partícipe de una venganza distinta a la muerte. Purificaré su alma y purificaré la mía en el camino.
-¿Cómo?-preguntó aún levemente aterrado.
-Tranquilo, no morirás ni haré que suceda algo en tu contra.-comentó.-No es lo que deseo, no está en mis planes, y si hubiera deseado deshacerme de ti lo hubiera hecho.-susurró con una leve sonrisa de canalla, de demonio, de lo que era realmente.
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