La lluvia caía sobre nosotros, nos calaba, una lluvia helada que nos hacía sentir vivos. La lluvia que limpiaba la ciudad lavando su cara, aunque no el podrido espíritu que lo recorría. Dos locos en plena tormenta, o más bien dos ebrios poetas buscando inspiración. Aún no lo sé, jamás lo supe ni me lo cuestioné.
-Bella y justa diría yo.-susurré riéndome bajo mientras giraba y giraba notando las gotas de lluvia. Una lluvia intensa, una lluvia amarga, las lágrimas de Dios tal vez.-Bella porque nacemos, venimos al mundo como un libro en blanco. Se abre el telón de un gran teatro, de una obra inacabada, y tenemos el papel principal. Somos los príncipes, los amos, de nuestras líneas y parrafadas... Justo es el castigo por la soberbia, por no haber pensado antes en lo que hacíamos... justo, muy justo. Justo es que muramos, que se derrame nuestra sangre y que nos pudramos en un ataúd sin nombre.-susurré mirándolo a los ojos.-Pero no... es bello porque usualmente nos entierran con flores y lágrimas, porque nos dan besos al aire, tiran tierra sobre el cofre del muerto y dejan una lápida con nuestro nombre... con el nombre que nos dio nuestra madre el primer día... el día que empezamos el libro y que es el fin y el título de nuestra obra...
-Maestro estáis delirando.-dijo clavando sus ojos en los míos mientras caminaba hacia mí, me tomó del rostro y me besó.
Creo que ese día fue la primera vez que sentí unos labios tan cálidos, unos labios que parecían fuego contra los míos que eran de frío mármol. No sé en qué estaría pensando, qué reptaría por su cráneo, pero por el mío tan sólo vinieron imágenes de gloria a la vida y al deseo.
-No más que vos.-repliqué acariciando sus cabellos empapados, como los míos, para volver a besarlo.
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