Al fin pude darle caza. Como decía corría tras él tras horas. Pude caer sobre su cuerpo como un animal voraz, pero más bien lo hice con la elegancia que tienen los de mi raza. Impuse terror, pavor en su mente, pero pronto la relajó quedando más bien rabia. Sí, estaba rabioso de morir de aquella forma. Si bien no era su destino dejar un cadáver bonito, no lo era.
La temperatura ambiente se intensificó, creo que quizás porque mi piel ardía y con ello podía notar con mayor facilidad el contraste. Él estaba allí arrojado como si se tratara de basura. En realidad para cualquiera era basura, a no ser por su belleza y su mente lúcida. Había estado buscando un compañero que no clasificara a las personas por su dinero o su posición, sino por quienes eran realmente. Un hombre dispuesto a todo y porque no él era perfecto, además era un capullo engreído.
Me abrí un corte en la muñeca izquierda y deposité sangre en sus labios, de inmediato comenzó a beber con ansiedad. Sus ojos se abrieron clavándose en los míos. Una dulce sonrisa surgió de mis labios mostrando mis incisivos. Se aferraba bien a mí, parecía querer volver a la vida y comprobar que el mundo tenía matices distintos a los vistos por un ojo mortal.
Pronto tuve que separarlo de mí, empujándolo con fuerza contra el muro. Entonces lo vi como un muñeco sin vida, sus cabellos oscuros caían sobre su rostro y la cabeza algo girada. Tanto sus brazos como piernas daban aspecto de marioneta que le han cortado los hilos, pero pronto comenzó a moverse levantándose del suelo.
Quedó de pie frente a mí pasándose la lengua por los labios y comenzó a reír a carcajadas. Cobró vida como por arte de magia y simplemente alzó sus brazos hacia el cielo. Antiguamente hubiera podido contemplar las estrellas, pero a causa de la contaminación y de tanta luz artificial era imposible, aún así parecía llamar a la luna para que lo recibiera en el mundo de la noche... en la escuela del terror y la seducción.
-¡Que coño!-
Gritó mientras giraba sobre si mismo como una peonza.
-¡Joder! ¡He debido de fumar algo raro ahí dentro!-
Se detuvo a contemplarme unos instantes y sonrió. Parecía encantado con comprobar que los seres que creía mera leyenda existían.
-Bienvenido a la escuela de la sangre, acabo de otorgarte el don de la Oscuridad y espero que seas un buen pupilo.-
Caminé hasta quedar bajo una de las farolas de aquella oscura calle. Podría decirse que de ella emanaba la noche si usáramos metáforas, porque incluso parecía tragarse la luz que emanaban los cercanos negocios.
-¡Joder estás incluso bueno!-
Aquel comentario no me incomodó ni me sorprendió. Él era así. Llevaba semanas siguiéndolo y conociéndolo. Me llamó la atención cuando se presentó como su Majestad de la corte de las Tinieblas, el Dios de la Sangre, y a decir verdad podría ser el dios de cualquier inmortal.
-Ven.-
Mi voz era apenas susurros para un ser humano común, para él no. Podía escucharme perfectamente y de inmediato caminó hacia mí dejándome acariciar su rostro.
-¿Qué quieres? ¿Por qué yo?-
Parecía confuso, su mente era un caos, y sabía que cualquier cosa que le dijera, o confesara, sería importante para él y su tranquilidad. Tan sólo acariciaba sus cabellos acomodándolos.
-Mi nombre no importa.-Respondí con sinceridad.-Pero te lo diré, mi nombre es Román.
-Román.-
Respondió mientras me inspeccionaba con detenimiento, luego hizo algo que jamás pensé que haría. Me abrazó dejando su cabeza a la altura de mi pecho, ya que yo era unos centímetros mayor en estatura que él. Acariciaba sus cabellos intentándolo tranquilizar, él había sufrido mayores traumas que los humanos convencionales y lo había superado con éxito. Era un buen ejemplar para hacerlo mi discípulo.
-Amaury William Rose desde esta noche estás condenado, serás mi amante y mi hijo. Yo te daré protección, lecciones imprescindibles, compañía, mi amor y tú únicamente tendrás que seguir mis reglas que son sencillas. Son las reglas de la supervivencia.-
Lo arropé con mi capa oscura y gruesa. Era una capa pesada que había pedido hacer especialmente para mí. El frío era algo que no soportaba a pesar de haber nacido en Londres y haber vivido allí durante la mayoría de mi existencia.
-Yo seré tu discípulo, seré tu hijo.-
Besé sus labios notando sus pequeños colmillos, para terminar besándolo de forma fogosa. Era mío. Ya no rodaría por la vida dando tumbos, sino que yo le acompañaría para guiarle. Amaury era un espécimen único y había que estar mal de la cabeza para dejarlo marchar.
-Tú eres mi pequeño demonio.-
Desde ese día se convirtió en mi amante y en mi pequeño tesoro. Le obsequiaba con mil detalles y su curiosidad era tan elevada que me traumaba con su impaciencia. Quería saber todo y cuanto antes mejor. Intentaba hacerle comprender que es imposible comprender el mundo en una sola noche. Pero los mejores momentos eran los sexuales.
Nuestro primer encuentro fue al día siguiente. Dejó que lo lavara y vistiera con ropas caras, de su estilo por supuesto, y salimos a cazar para después encerrarnos en una de las habitaciones de lujo del Hotel Duque. Fue un sexo salvaje e inexplicable con palabras, aún siento sus afiladas uñas clavarse en mi pecho y espalda, junto a su boca voraz profiriendo grotescos gemidos.
Jamás pensé que pudiera ser tan deseable el sexo, como vampiro lo había tenido en contadas ocasiones y siempre sentía mayor tentación hacia la sangre que hacia algo tan vulgar y humano. Pero él me despertaba un apetito insaciable. Pensaba que su corazón era mío, que todo él me pertenecía y eso lo hacía todo más deseable. Yo era el dueño de aquel prodigio.
Sus cabellos se veían tan perfectos moviéndose al ritmo de su forma de cabalgar, trotaba con desesperación clavando sus uñas bien hondas en mi torso. Sus colmillos le daban un aspecto amenazante en su rostro de ángel de granito. El toque final era su aroma, desprendía un aroma distinto a cualquier vampiro. Todos tenemos un aroma, un perfume vital, y él tenía uno poderoso que se pegaba bien a mi piel y que no deseaba hacer desaparecer.
-Amaury.-
Decía como un imbécil, únicamente era capaz de decir su nombre ante sus artes amatorias.
-Goza maestro.-
Susurraba entre jadeos llevándome al firmamento del placer, a un mundo nuevo y espectacular. Estallaba bien profundo en sus entrañas, lo hacía derramándome para que jamás otro se atreviera a hacerlo.
-Eres mío Amaury.-
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