Quedé con la espalda pegada al muro, me retorcía de dolor de forma interna pero no demostraba nada. Me había dado de beber su sangre, me estaba trasformando y lo sabía por los viejos libros de literatura. Estaba siendo convertido de una jodida vez, al fin sería un Dios de la sangre auténtico y lleno de vida para aniquilar otras.
Me levanté cuando sentí que mi cuerpo me respondía.
La vida había vuelto a mis pies, a mis brazos, a mi corazón que bombeaba de forma lenta y en definitiva a todo mi cuerpo. Giraba como un jodido loco, uno de esos que se creen predicadores de la verdad y solo son mendigos alucinados por snifar pegamento. ¡Puta madre! Era increíble. Me sentía más vivo que nunca. No necesitaba drogas, no necesitaba alcohol, ni chicas guapas contoneándose frente a mí o tios que me dejaran hacerle lo que a mi me apeteciera. Era jodidamente impresionante que con unas pocas gotas de su sangre yo pudiera vivir, vivir para siempre. Sin embargo no conocía a quien me había creado, ni sabía su nombre y tampoco su aspecto.
-¡Que coño!-
Grité girando de forma rápida para quedar frente a frente.
-¡Joder! ¡He debido de fumar algo raro ahí dentro!-
Por momentos me lo creía, pero en otros pensaba que era imposible. Según sabía los vampiros eran un mito, meras leyendas, no algo tangible.
-Bienvenido a la escuela de la sangre, acabo de otorgarte el don de la Oscuridad y espero que seas un buen pupilo.-
Su voz no era tan fantasmagórica, sino que era bastante agradable. Cuando se puso bajo la luz lo observé largamente. Estaba bastante bien para ser un jodido vampiro. Sus ojos eran verdes con tonos azulados con unas pestañas impresionantes, tenía una mirada cautivadora de esas que te dejan gilipollas sin saber qué decir. No puedo explicar bien lo que sentí al ver sus ojos y reflejarme en ellos. Su rostro era la imagen perfecta para definir el concepto de androginia. Sus cabellos estaban bien peinados, tenía melena corta hasta un poco más de los hombros y oscura. Me sobrepasaba un poco en estatura, era delgado y vestía una capa que le cubría la ropa así que no veía mucho; sin embargo lo que vi me dejó asombrado y algo asustado.
-¡Joder estás incluso bueno!-
Siempre pensé que los vampiros tenían cierto toque de fealdad, no era muy del vampiro del siglo XVIII. Él no era un ejemplo de abominación o de ser repulsivo.
-Ven.-
Dijo con un tono de voz imperativo cuando caminaba hacia mí.
-¿Qué quieres? ¿Por qué yo?-
Estaba algo sobresaltado y aún no sabía qué opinión tener de todo aquello.
-Mi nombre no importa.-dijo con cierto toque de serenidad que me gustó.-Pero te lo diré, mi nombre es Román.
-Román.-
Era un nombre atractivo y que desprendía cierta dulzura. Parecía joven, pero seguramente tenía más de tres o cuatro siglos cuando me convirtió. Jamás me dijo la edad que tenía, pero sabía que su presencia no era débil y que si había sido capaz de convertirme era porque tenía cierta fuerza.
No sé porqué pero le abracé. Necesitaba abrazarlo porque me sentía aturdido y todo era demasiado extraño. Era jodidamente extraño. Sus manos acariciaban mis cabellos, me tranquilizaba.
-Amaury William Rose desde esta noche estás condenado, serás mi amante y mi hijo. Yo te daré protección, lecciones imprescindibles, compañía, mi amor y tú únicamente tendrás que seguir mis reglas que son sencillas. Son las reglas de la supervivencia.-
Era lo más parecido a una familia y a un amante. Había dado mi alma por un capullo que terminó abandonándome y yo perdí todo de lo que había conseguido. Me encontraba perdido y él me había rescatado, así que acepté lo que me decía.
-Yo seré tu discípulo, seré tu hijo.-
Empezamos a besarnos y yo simplemente me aferré a su ropa, para luego notar como me cubría del frío d ella noche con su capa.
-Tú eres mi pequeño demonio.-
Los días pasaron. Pero el primero siempre es el más importante. Aprendí lo que era el sabor de la sangre, me gustaba ese sabor metalizado y lleno de vida. Cada sorbo era para mí un lazo extraño con el mundo. Ahora yo era el cazador, era superior a todos y a todo. Me encaminaba por la ciudad junto a él con un aspecto de guerrero orgulloso y con una ropa que jamás soñé tener. Me daba todo y en el sexo me entregaba como si fuera un regalo por todo lo que me daba.
No puedo decir que le amaba, sin embargo él me lo decía continuamente con sus gestos y su forma de tratarme. Por estúpido que pareciera seguía enamorado de alguien distinto a él, pero poco a poco me iba aferrando a su protección y a su frío calor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario