Recuerdo bien ese día, demasiado bien. Tenía quince años y mi padre me había revelado la verdad, la única e intangible verdad. El porqué éramos ricos y temidos en toda la ciudad. Nosotros no éramos seres comunes. Nosotros éramos una de las ramas de la mafia con más poder de toda Italia. Mestre dejó de ser para mí un lugar seguro, al menos ante mis ojos. Aprendí a llevar un arma, a estafar y a no tener miedo. Desde el escalón más bajo, con los oficios más arriesgados, para ser el orgullo de mi padre.
Mi pobre madre no sabía nada, seguía engañada en la aparente belleza de las teclas de piano. Ella pensaba que mi padre era un gran hombre de negocios, además de un músico de poderes hipnóticos. Sí, bueno era el condenado con el piano… pero jamás fue un decente y gran hombre de negocios. Al menos, no de negocios que estuvieran limpios de la sangre de pobres diablos. Sus tratos eran más turbios que las negras aguas de Venecia.
-Mario.-ese tono de preocupación en la voz de mi madre jamás fue más terrible, más chirriante, como el día que llegué molido a palos a casa. Había perdido una mercancía y tenía nada más y nada menos que diecinueve años. Era un alijo de cocaína, la había perdido al salir huyendo de la policía.-Mi Mario.-susurró acariciándome y abrazándome.- ¿Qué pasó mi pequeño?
-Ya no soy tu pequeño.-respondí intentando alejarla de mí. No quería ensuciarla con la sangre de la sabandija que era. Ella me miraba con sus ojos grisáceos bordeados de su piel clara como la pura nieve. Mi madre. Mi pobre e ingenua madre que dejó su Helsinki natal por un país más cálido, donde no encajaba.
Después de eso mi padre se encargó de mi educación. Me hizo viajar por todo el mundo y estudiar en las universidades más prestigiosas. A pesar de mi fortuna siempre conseguía becas, porque con ellas demostraba a mi padre que podía subsistir sin su dinero. Pero la sangre mezclada con la pólvora, con mi pasión por las armas, me hicieron caer y regresar.
De un lado a otro, la vida de un mochilero prácticamente, estuve hasta que Kamijo apareció en mi vida. Tenía veinticinco años, tal vez veintiséis. Hablaba de forma jovial con mi padre, parecía un principito sacado de un cuento. Esos que aún conservaba en la estantería de mi habitación en la gran Mansión de verano.
-Te presento a Kamijo.-junto a él había un joven, no más de catorce años. Hubiera jurado que ese niñito era una chica, con poco busto pero una mujer.-Kamijo.
-¿Sí?-interrogó.
-Lleva a Yoshiki a la habitación que te dije, déjale descansar.-y como si fuera un príncipe perfecto tomó a aquella criatura para llevarla al dormitorio.
-Ese canalla de Hiro, ese anciano bastardo.-era la primera vez que veía tan colérico a mi padre.-¿Puedes creerte que abusa de ese niño? He tratado con narcotraficantes, con asesinos despiadados, he dado golpizas hasta que se me han quebrado los dedos y he vendido armas ilegales para asaltos a gran escala. Pero aún mantengo la dignidad, jamás trataría a humanos como esclavos y menos como muñecos sexuales.-tomó aliento y un sorbo de brandy de una copa cercana.-Me alegro que tu madre no esté aquí, que haya ido de viaje a París para asistir a una pasarela de moda.
Dos, tal vez tres años prácticamente, la vida de Yoshiki y la de Kamijo quedarían ligadas a la mía. Kamijo ayudó con su suegro a liberar a Yoshiki y que este tomara las riendas de la organización. Nadie mejor que Yoshiki con esa cara de ángel, con ese cuerpo andrógino, y esa inteligencia irrefutable, para ser el líder de la organización e implantar la semilla en una nueva ciudad a la que todos llamaron… Dark City.
Ahora me encuentro pisando esta ciudad en compañía de una Dama. Poco, o nada, sabe de quién soy y, seguramente, desconoce quien es realmente Kamijo. Sin embargo, disfruto de su compañía. Me recuerda a mi madre. No sabe nada de lo que hay a su alrededor, ama la moda y intenta ser protectora con los suyos. Si bien, jamás podría haber visto sexy a mi madre… pero a ella sin duda alguna la veo atractiva.
No hay comentarios:
Publicar un comentario