Llevo la lanza en mis manos.
Perdido entre cientos de ciudadanos
Llamándote en clamorosos susurros.
Me levanté en una mañana oscura, de esas que anuncian tormenta, y en los periódicos la trama política de siempre. Cientos de implicados en un caso de corrupción que parecía no acabar, como esas teleseries malas que emiten los domingos en horario de máxima audiencia. Mis ojos castaños recorrían la silueta de los edificios de color plomizo, recorrían el mundo donde no encontraba hueco. Las acusaciones en la radio de uno y de otros, una guerra nueva en un país vecino estaba a espuertas y el fin del mundo sobrevolando la atmósfera.
Terminé metiéndome en la ducha aún con los boxer puestos, necesitaba la liberación del agua helada cayendo sobre mi rostro. Mis cabellos algo largos caían sobre mi frente, mis brazos golpeaban los azulejos y todo mi cuerpo caía al plato de la ducha. Había perdido de nuevo las ganas de vivir, había perdido el amor de mi vida. Alcé el rostro hacia la regadera, dejé que aquellas gotas aliviaran y eliminaran mis lágrimas. Nada me calmaba, salí de entre las cortinas horteras de ducha que me regaló mi madre.
Me dirigí a la cocina y terminé preparándome un café bien cargado, de esos que te hacen un puñetero agujero en el estómago. Quería despejarme, dejar de pensar en mis derrotas. Pero todas las derrotas se acumulaban en el estrecho campo de batalla que era mi departamento. Era mi pequeña cueva, aquella que invadiste un día con un dulce aroma femenino. Allí quedó en un rincón combatiendo, convenciéndome de que perdí todo por impulsos y desde entonces los lamentos estúpidos no dejan de llenarlo todo.
No sé como, pero me vestí y tomé la decisión de ir a buscarte. Tenía treinta años, tú muchos menos. Todo se fue por el sumidero por mi impaciencia, por mi necesidad y por mi estupidez. No te culpo de nada, pero no fueron las mejores formas de abandonarme como si fuera un desecho. Caminé durante horas, me apoyé en algunas esquinas para tomar aire e inhalar un poco de nicotina. Iba armado, tan sólo llevaba mis palabras hirientes. Y entonces te vi agarrada de otro, besándote como si no hubiera un mañana y jurándole lo mismo que me justaste a mí. Quería hacerte daño y tan sólo me lo hice yo al ir a buscarte. Pensé tontamente que encontrándonos te haría sentir ganas de volver y yo te rechazaría, pero al final haría el amago de besar tus labios… así tendría mi honor intacto, mi orgullo más bien, y volveríamos del letargo. Si bien, no pude estar más equivocado. Claro, que se iba a esperar de una chica de diecisiete años estúpida y con la falda demasiado corta. Nada.
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