Meses más tarde, tras no haber signos de vida de aquel joven, su familia fue a buscarlo y se lo hallaron muerto aunque con su escrito finalizado. Era el legado maldito que les había dejado aquella noche de frío invierno.
El joven estaba sin una gota de sangre, descamisado y con el pecho descubierto. Su carne se había momificado y el hedor a descomposición nauseabundo. No faltaban joyas, tampoco la máquina de escribir y no había nada importante en aquella hoja. Tan sólo era el inicio de una novela sin más, no le dieron importancia alguna.
Sus padres lograron quedarse con el original de aquella esquela final, porque para ellos lo que dejó escrito eran sus últimas palabras y por lo tanto su esquela. Los investigadores hablaron de suicidio con alguna droga nueva.
Sin embargo, todos en la región comenzaron a murmurar y a recordar viejas leyendas. Meses después se decretó que todos los cuerpos del cementerio debían ser desenterrados y clavados con estacas, para después enterrarlos de nuevo vertiendo agua bendita. Una a una las tumbas fueron profanadas, los cadáveres estaban momificados en algunos de los casos y otros parecían poseer aún vida. Si bien científicamente podría decirse que eran por las bajas temperaturas de la región, aún así clavaron aquellos tacos de metal, en algunos casos, y de madera, en otros.
Pero las muertes no cesaron. Algunos jóvenes desaparecían en las noches y tras semanas de búsqueda aparecían sin una gota de sangre. Los aldeanos no dejaban de dar lustre a sus crucifijos, de colgar símbolos contra los espíritus negativos en los portones y de rezar en las noches. En la iglesia jamás se escuchó tan atentamente las palabras de don Mateo. El púlpito parecía venirse abajo con sus gritos, oraciones, invocaciones y sus palabras hacia el maligno. Leía pasajes de la biblia comprometedores, miraba a todo aquel que se cruzaba con su mirada y lo amedrentaba.
El pueblo entero estaba convulso, más convulso se volvió al llegar un joven extranjero. Su aspecto era débil y sus ojos eran del mismo color café que aquel escritor. Todos se crucificaron cuando lo vieron bajar del carruaje. Sus maletas parecían pesadas, perso nadie le ayudó. Todo en ese pueblo parecía detenido en el tiempo, las casas y sus gentes como también sus creencias. Llegó de noche y la posada no le abría, a pesar de la tormenta que se avecinaba.
-¡Por favor!-decía aporreando la puerta de la posada.- ¡Por favor!-el portón no se abría.- ¡Soy nuevo en el pueblo y no tengo hospedaje!-gritaba agonizando por el cansancio de un viaje por las montañas durante días.
Al final se apiadaron de él. La mujer lo observó largamente por la rendija de metal. Su aspecto era muy escuálido, su piel era blanca como la nieve, sus ojos eran enormes y sus labios tiritaban por el frío. Sus uñas estaban pintadas por un color oscuro, como sus ropas. Abrió la puerta y lo miró.
El aspecto de doña Ana era tosco y parecía sacado de la época de Charles Dickens u Oscar Wilde. En su barbilla había una verruga con varios pelos largos, sus dientes estaban mal cuidados y sus ojos eran pequeños. Su figura en sí daba temor. Era una mujer muy masculina y gruesa. Su esposo era todo lo contrario, era el palo de una fregona y sus ojos eran desmesuradamente grandes para su cara, al igual que sus orejas.
-Pasa, son veinte chelines la noche.-lo miró haciéndole temblar.
-Gracias.-susurró tomando sus bártulos y entrando al fin a un lugar algo más cálido aquel frigorífico industrial que era la calle.
-Tome asiento en el fuego.-comentó cerrando la puerta con todos los candados posibles.
-Lamento haber llegado tan tarde, pero cada cierto tiempo el cochero pedía que dejara descansar los caballos.-se sentó como pudo encogido frente a la lumbre, aproximó sus manos y sonrió al notar el calor.
-¡Marta!-gritó aquella mujer y los pasos de alguien por las escaleras resonaron.-¡Marta! ¡Ven aquí y ayuda al escuchimizao a subir sus pertenencias!-apareció ante él una joven hermosa.
Sus ojos eran enormes y sus pestañas espesas, no así como sus cejas que eran perfectas. Sus pechos eran realzados por su estrecha cintura y anchas caderas. Vestía una ropa algo antigua y pasada de moda, tenía algunos jirones en la falda y el delantal remendados varias veces. Sus cabellos eran rubios y rizados, contrarrestaban con la oscuridad de sus pupilas.
-Buenas noches.-dijo con una leve reverencia.
-Buenas noches y no se preocupe puedo llevar mis maletas solo.-comentó bastante seguro, no haría que tan hermosa mujer le ayudara. Temía tocarla o romperla, parecía sacada de un hermoso cuento de fantasía.
-Esta es Marta, mi hija.-aquello no podía ser, no podía creerla.-Todos dicen que es tan hermosa como yo cuando joven.-golpeó las nalgas de su hija y se giró hacia la barra de la taberna. Las demás mesas estaban vacías, tan sólo eran testigos las cabezas de los ciervos que se hallaban colgadas en las esquinas de aquel lugar. Sobre el parecido no dijo nada, era de mal gusto decir la verdad y sobretodo a una mujer tan tosca.
-Ana.-susurró un hombre de aspecto débil y a pesar de sus ojos grandes y sus orejas desproporcionadas, no eran tan horrendo, como su esposa o eso supuso nada más ver como besaba a la bestia en su rostro.-Deja al chico que lleve sus cosas sí así lo desea.-murmuró cortando un poco de queso, para luego ofrecérselo al muchacho.-Tome, parece que no haya comido bien en días.-sonrió y se giró hacia su esposa.-¿Queda un poco de caldo en la hoya?
-No hace falta.-dijo levantándose y tomando sus cosas.-No debo de molestarles más, yo sólo deseaba una cama cómoda donde descansar unas horas.-sonrió encaminándose hacia la escalera.- ¿Puede decirme cual es mi alcoba señora?
-La número dos, Marta te acompañará.-comentó y la chica hizo un gesto con su mano para que la siguiera.
-Sí.-susurró sin más.
Al llegar vio una estancia casi vacía. Sólo había una mesa con una silla, algo tosca, una cama, también rudimentaria en su acabado, con un colchón con sábanas bien perfumadas. Se alivió al saber que al menos dormiría en un lugar limpio, aunque extrañamente acogedor. El armario era una cómoda pequeña con dos puertezuelas y varios cajones en la parte inferior. La chica sacó de debajo de la cama una palangana de metal y una jarra.
-Se la llenaré para que pueda lavarse.-argumentó.
-¿No hay baño?-preguntó confuso, ya que era el año dos mil uno y se suponía que ya debería de haber aseos en posadas como esa.
-¿Baño? No, esta infraestructura no resistiría tener que ser remodelada tanto.-sonrió leve y se marchó.
Mientras él acomodaba todo ella calentó el agua, después subió con un crucifijo y lo colocó sobre la cama, vertió el agua en la palangana y dejó una onza pequeña de jabón junto a unas toallas.
-Disfrute de la noche señor.-susurró cerrando la puerta, para luego marcharse por el pasillo.
No le dio tiempo a decir nada, pues todo aquello le desconcertaba. Echaba de menos las comodidades del centro de Londres y sus noches lluviosas, pero románticas. Aquí no era nada romántico, miraras por donde miraras veías nieve y más nieve. Miraba por la ventana con las manos colocadas sobre los vidrios, después de recordar su baño se desnudó y se lavó como pudo. Más tarde regresó a la ventana, ya con la ropa de cama, y seguía suspirando pensando que este viaje había sido un error.
Quería conocer leyendas, otros pueblos, y al fin quedar consumido en el éxtasis de todo escritor novel. Había escuchado lo que le sucedió a ese joven novelista, era muy conocido en su país de origen y sabía que tras sus pasos podía dar con una buena noticia. Su piel clara hacía juego con sus cabellos oscuros, al igual que con la sábanas blancuzcas y algo amarillentas en los bordes por culpa de la lejía.

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