Había recorrido el mundo en mi mente, observaba el globo terráqueo y me preguntaba cuántos ocupábamos un lugar en él. Me di cuenta inmediatamente que el ochenta por ciento de la sociedad sobraba, era un puesto ocupado para gastar oxígeno y medios naturales.
El ser humano es un monstruo vil y dantesco. Crea universos bélicos por petróleo y lo encubre todo con causas nobles, o no tan nobles. Busca enriquecerse con el dolor ajeno, parece disfrutar de él y lo degusta. Sí, saborea la sangre de inocentes como si fuera un niño y el sufrimiento ajeno una golosina.
Para poder sobrellevar este dolor existe el arte, cuando hablo de arte incluyo en él cualquier concepción. La inventiva humana es una máquina que tan sólo la usan niños y adultos con corazón de niño. Los grandes genios de la música, la pintura, la farándula o de medios tan atrayentes como la escritura… son niños, niños que germinan en sus mentes y florecen. Son la parte del mundo que debe ser salva. Después están los grandes pensadores y científicos. El resto es escoria.
En una de las obras de arte llamada “manga” o “caricatura japonesa” veíamos a un joven que tomaba la justicia por su mano… Kira. ¿Y si les confieso que Kira existe realmente? Hay cientos de Kira en el mundo, pero no usan un tonto cuaderno.
Tenía ocho años. Mi madre había salido a comprar y yo estaba en casa solo con la única compañía de mi gato. Disfrutaba acariciándolo y notando ese leve murmullo. Eran de esos animales que percibes su alma tras sus ojos, ojos ámbar que jamás olvidaré. Por desgracia la ventana estaba abierta y al moverme para ir hacia la cocina… el huyó en busca de aventuras. Dos días más tarde supe que uno de los chicos del barrio lo encontró y en vez de dármelo, como sería lógico, lo mató a pedradas. Tenía que vengar a mi único amigo.
Medité durante horas cómo hacerlo. Al final opté por algo fácil y drástico. Lo cité en la escuela, en la cuarta planta. Allí estaban las aulas de biblioteca, salón de actos y una pequeña sala donde se guardaban mil trastos inservibles. Quedamos en introducirnos en la biblioteca, no había nadie y una vez solos peleamos. Pero yo fui más listo que él, horas atrás había dejado una ventana abierta y una mesa atravesada con ruedas. Esas mesas que hay para mover de un lado a otro los libros, como un pequeño carro. Lo empujé en el ángulo apropiado, cayó sobre la mesa, la mesa topó con el borde de la ventana y él cayó al vacío rompiéndose el cráneo. Yo bajé corriendo, sin rostro de conmoción y en absoluto aturdido. Tan sólo murió como se merecía, como él mató a mi gato.
Tuve una relación morbosa, desde entonces esa ventana se convirtió en mi favorita. Me sentaba próximo a ella e imaginaba el vuelo hasta el piso, también sus sesos esparramados por la tierra anerisca del patio. Desde entonces sentí la imperiosa necesidad de matar, de sentir al fin la sangre en mis dedos y él sólo sería el comienzo de cientos de muertes.
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