Una lágrima salpicó la tierra agrietada de tu rostro, como si jamás hubieras llorado por amor. De ella germinó aquel sentimiento de impotencia, ese que me impulsó a besar tu mejilla intentando beberla. Bajo aquel paraguas rojo, en medio de un día lleno de nubes que avecinaban terribles tormentas, te miré con la elegancia y curiosidad de un gato azul. Me mostraba ante ti como aquel espía de tus sentimientos y sensaciones, al cual abrazaste rogando un poco de cariño. Y yo te abracé, lo hice al fin. El paraguas cayó al suelo y la lluvia nos empapó. Como si fuéramos un dibujo de acuarela empapado en lágrimas nos difuminamos, nos perdimos en medio de aquel mundo gris y desolado.
Nos perdimos en medio de aquel todo vacío, como una caja de bombones que se acabó demasiado pronto. Nos embriagamos con el aroma de las caricias prohibidas, de los besos sedientos y del calor que desprendían tus mejillas. Ahogados el uno en el otro, como si no existiera profecía sobre el daño que podríamos hacernos. No importa, lo ignorábamos todo. Besábamos y nos seducíamos, mientras la lluvia descargaba con más furia y el paraguas terminaba tan perdido como nosotros.
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