El mundo está plagado de sensaciones, incluso algunas son provocadas por emociones que no podemos controlar. Las sensaciones más dulces, antónimas de las amargas, a veces se ven involucradas en otras mucho más desagradables y desmotivadoras. En este mundo rápido e impreciso cada vez se siente menos, como si nos volviéramos piedras indolentes que no les importa vivir en una tierra árida y sin luz. Vivimos cegados por el precio del tiempo y lo malgastamos en instantes que creemos importantes, pero luego simplemente son trozos de un libro, llamado “una vida”, que podemos saltar.
Me agrada la sensación que provocan las tímidas gotas heladas de lluvia, son como las lágrimas de los ángeles vertidas hacia las heridas del cadáver social llamado humanidad. Somos cadáveres que nos bañamos en el dolor de la naturaleza, en sus lágrimas, y que nos apasiona o nos deprime. La sensación de sentirla sobre mi rostro, empapando mi ropa, y siendo aplastada por mis botas es increíble. Esas emociones no se pueden describir con palabras, simplemente hay que ponerlas en práctica. Cantar, gritar, correr, llorar o besar bajo la lluvia es completamente diferente que en un lugar cubierto o bajo un sol de justicia. Las emociones se intensifican, como si fueran más valiosas, y los recuerdos se vuelven más importantes con el paso de los años.
Detesto la sensación de calor excesivo. No me agrada el verano. Trato de resguardarme del sol, pues cuando cae sobre mi piel es como si fuera una carne a la parrilla. Sin embargo, cuando llega el verano puedo tomar mis largas duchas de agua helada. Las noto como la lluvia, gélidas y refrescantes para mi piel achicharrada por los breves momentos bajo el sol. Muchas veces me he quedado con los ojos cerrados varios minutos, he pensado en todo lo que he vivido y cuan agotador ha sido. Momentos en los cuales me libero y esa sensación de paz es única.
La sensación del roce de la ropa de algodón nueva, lavada con suavizante, es parecida al roce del pétalo de una flor. Así como las sensaciones de los demás perfumes puede ser mareante o simplemente provocador. Porque las sensaciones nos rodean como todo, igual que una bufanda en invierno que en ocasiones puede picar y en otras es demasiado suave.
Sin embargo, hay sensaciones por emociones. ¿Alguna vez habéis llorado hasta quedaros dormidos? Esa sensación de sopor, como de pérdida de la noción del tiempo y de uno mismo, que nos hace caer en un pozo oscuro y tranquilizador. Nos volvemos náufragos del mar de lágrimas que hemos derramado. Pues eso, justo eso, es parte de una emoción. Tal vez, hemos amado hasta perder las fuerzas o quizás alguien ha muerto, alguien muy querido, y hemos escuchado una canción que nos recordaba a los buenos momentos... por mucho que queramos ser fuertes no podemos, el ser humano es débil.
En ocasiones me he sentido abrumado, rabioso o simplemente desorientado. Todo por rabia, ira o por dudas que me han hecho sentir en peligro sin saber cómo o porqué. He sentido la libertad y he terminado gritando, notando mi cuerpo más liviano, así como la profunda tristeza de verme confinado en un callejón sin salida cubierto de emociones, todas ellas sangre derramada en mis lágrimas que me obligaban a refugiarme en mí mismo y no querer salir. Sí, más de una vez me he sentido frustrado o poco querido, solo entre millones de personas que me observaban deambular y sin abrazos que pedir. En otras, he sido el rey victorioso en la batalla que cabalga como guerrero tenaz con el estandarte de su país. Sí, he tenido esa sensación de gloria o de haber sido bendecido por el destino.
Se siente con el cuerpo, no sólo con la piel. Esas sensaciones provocan buen humor, carcajadas que resuenan y rebotan por las paredes junto a las lágrimas y gritos de dolor de otros momentos, otros menos agradables y que no se quieren perder en nuestra memoria. Sentimos, por eso digo que los seres vivos somos sensitivos. Y no hay mejor sensación, al menos para mí, como un abrazo sincero o unas caricias con la mirada, aunque parezca mentira se pueden sentir las miradas inclusive como bofetadas.
Aromas que nos recuerdan a la infancia y nos provocan nostalgia, el café de la mañana que nos propone comenzar con buen pie, una sonrisa en el ascensor te anima a pesar de las legañas, encontrar dinero en el bolsillo de un pantalón y sentirnos con suerte, tener un buen almuerzo aunque haya sido un día pésimo en la escuela u oficina, caminar por la calle en soledad y sin sentir que nos aplastan con las prisas... esas sensaciones agradables que no podemos desperdiciar, que tenemos derecho a sentir... igual que a contemplar el vuelo de mil mariposas, como el trino de un pájaro o el jugueteo de un gato entre nuestras piernas... son sensaciones que nos sacan una sonrisa, momentos para el recuerdo.
A pesar del dolor de una muerte, la frustración de un suspenso, ver una fotografía y añorar cosas que ya no se poseen, sentir un dolor físico por una caída o simplemente ese momento desagradable cuando conoces la verdad. Esas sensaciones que te hacen llorar o simplemente te invierten la sonrisa, no son bonitas pero nos hacen ser más fuertes para la próxima.
No somos robots, no pretendamos serlo. Sintamos y aceptemos que las emociones no se controlan, como tampoco el placer de los estímulos que nos ofrecen el entorno.
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