quemando abrasadoramente tu piel.
Sensaciones que te asfixian
y atormentan enigmáticos sueños.
Nos encontraremos en otros mundos,
más allá de este territorio oscuro.
Beberemos al fin el cáliz de los dioses,
brindaremos por cada lágrima que derrames.
Somos el fuego que no se apaga ni adormece,
pero no iluminan ni siquiera lo suficiente
y tampoco aleja las infames y provocadoras bestias.
Esas bestias que son escabrosas pesadillas.
Las sombras están llamándonos,
a gritos silenciosos que nos buscan en el Tálamo.
En medio de esta tempestad de oraciones,
donde las campanas no paran de repicar, te diré te amo.
¡Paloma mensajera de desgracias,
aléjate porque yo soy el cuervo
y he venido a bendecir las tinieblas
que propago y que no mereces contemplar!
Cubriré tu cuerpo, para que ella no te mire.
Haré que florezca la fantasía en tu jardín,
y que germine fuerte como el álamo
donde escribí tu nombre con mis dedos.
Eres poema vestido con trajes de mendigo...
y yo soy libertad resucitado en los labios de un poeta.
Somos dos eclipses de luna y sol conjuntos,
mundos que no merecen ser destrozados.
No importa como suene la trompeta de Gabriel,
para mí seguirá siendo más poderoso el tañir
de las campanas del infierno
y por ello en ellas desposaré tus labios.
Alegorías de ángeles y musas,
secuestros de silencios en medio de la tormenta.
Poemas que son rosas marchitas
porque mi difunta esposa no supo apreciarlas.
Nieves que arden cuando caen en nuestra piel...
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