Dedicado a todos esos hombres que aman en secreto.
Kurou x Yoshiki
Observaba como dormía después de horas llorando. Nunca me decía que ocurría en su mente, eso me turbaba. Me estaba enamorando de un completo desconocido. Ya no era simplemente por ser hombre, lo cual descuadraba todo lo que creía, sino también el hecho de leer en su mirada más que en sus palabras. Podía comprender bien su sufrimiento, aunque me mintiera sobre qué es lo que sucedía en su mente.
Me senté en su cama con miedo, temía que se despertara y todo ese encanto se nublara de nuevo. No sabía bien porqué me había invitado de esa forma a dormir en su casa. Cuando era niño soñaba con tener un amigo y este quisiera compartir conmigo horas en la noche, deseaba un amigo de esos a los cuales le contara todo y él me escuchara para luego soltar su anécdota más divertida. Si bien, crecí solo como el junco más fuerte del lago y sin dobleces. No me permití doblegarme a mi dolor, al dolor que me apuñalaba el alma y me dejaba sin aliento.
Mi corazón bombeaba a mil por hora, no tenía ni que tocarme el pecho para notarlo. Allí sentado aspirando el aroma de sus cabellos y de su cuello. Dormía sin pensar siquiera que yo estaba allí, pero lo hacía aún con las lágrimas bordeando sus pestañas. Ignoro de dónde saqué el valor de palpar sus mejillas algo rojas, como si fueran de melocotón.
-Soy de los que aman la lluvia, pero no la lluvia de tus ojos. Por favor, no llores nunca más.-dije en un murmullo antes de rozar sus labios.
Su aliento cálido me conmovió. Me destrozaba pensar que estaba tan cerca y a la vez tan lejos, como si no fuera real. Mis dedos se movían rápido por sus cabellos, demasiado sedosos y con un aroma a camomila muy intenso.
-¿Crees en los ángeles?-preguntó en un balbuceo mientras dormía.
-Claro, estoy viendo a uno.-respondí a pesar que sabía que no era a mí.
Terminé apartándome, no quería fantasear con respuestas que no acontecerían ni ese día ni los siguientes. Fui hacia aquel enorme ventanal de su antiguo piso en Londres. Necesitaba que la humedad que sobrecargaba el aire de la ciudad se incrustara en mis pulmones.
Saqué un cigarro de mi pitillera y encendí un cigarrillo. Calada tras calada templé mis nervios e intenté pensar en algo más que en su cuerpo recostado a mis espaldas. Pensé en el día de mañana, pero luego me di cuenta que sólo podía imaginar sus sonrisas y reacciones. La mayoría de todos sus gestos no eran para mí, sino para otros a los cuales poco o nada le importaba.
-El amor no es tan bonito como lo pintan, más bien yo lo pintaba más hermosos en mis viejos cuadros.
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