Fuera se libraba una batalla de truenos, relámpagos y lluvia intensa. Una lluvia de verano, sólo eso. Y mientras la lluvia limpiaba los desechos y despojos de Londres... ella seguía con las contracciones de un parto que no tenía previsto. Arrugaba las sábanas de la cama y chillaba, a veces a unísono con los truenos. Toda la habitación se iluminaba, así como se dilataban sus córneas mientras se juraba no volver a caer en sus mentiras.
Pasaban las dos de la mañana cuando finalmente aquel ser se dignó a venir al mundo. Ya era la madrugada del día 2 de Agosto. La lluvia no cesaba, así como no cesaba el dolor de su madre. Estaba siendo atendida por una compañera de oficio. Se sentía agotada y adolorida, pero también profundamente decepcionada. Aquel que decía amarla no había aparecido, no cumpliría su promesa de sacarla de las calles y darle su lugar.
-¿Qué harás con él?-preguntó la mujer que la había atendido.
-No lo sé, realmente no lo sé.
Durante varios meses estuvo tentada a dejar al niño en una casa cuna. Allí lo aceptarían y no harían preguntas, quizás lo vendían para alguna familia o simplemente dejaban que creciera como cualquier otro vástago sin futuro. Sin embargo, sus clientes se veían tentados y excitados al saber que de sus ubres manaba leche gracias a su reciente maternidad. Por ello, lo dejó a su lado para dar pena y provocar.
El niño creció, durante unos años fue rentable pero después pasó a un segundo plano. Si bien, tuvo suerte. Tres años después de su nacimiento apareció Frederic Lambert, su padre. Había estado en prisión por desfalco. El joven Frederic tenía veinticinco años y un historial de estafa demasiado amplio en su historial, era su segunda vez en prisión pero no sería la última. Regresó tan sólo para saber qué había sido de ella encontrándose con la sorpresa del nacimiento de aquella criatura, un hijo que no esperaba, al igual que ella, pero que le llenó de orgullo y pensó de inmediato en su madre.
Catalina Lambert era una envenenadora con una mirada de hielo. Solía hacerse pasar por pobre y compareciente viuda. Una mujer que llevaba a la muerte a todo hombre, mujer o niño que se interpusiera en sus planes. Había asesinado a más de veinte personas antes de ser madre, su vida estaba llena de odio y jamás amó a su hijo. Su hijo era un estorbo, aunque se sentía satisfecha por su ambición que contrastaba con sus diversos fracasos.
El pequeño Dorian Lambert se vio de mano en mano durante más de siete largos y tortuosos años. Su tierna infancia se acabó a los cinco años cuando el regalaron un hermoso cachorro de dálmata. El pequeño se sentía tan orgulloso de él que solía decir que era su hermano. Sin embargo, su abuela Catalina, con la cual convivía, vio en el pobre animal un punto de inicio para entrenar al noble pequeño.
-Dorian.-dijo tomándolo por los hombros.-Hoy voy a enseñarte una lección que no debes olvidar.
-¿Qué lección abuela?-preguntó aferrado a su cachorro.-Te juro que cuidaré mejor a Yago.
-Oh, pero es algo que tiene que ver con que no puedes quedártelo.-dijo tomándolo de su rostro.-¿Quieres a tu abuela verdad? Deseas que tu abuela te quiera...
Jamás había escuchado un halago por parte de ella, deseaba que le abrazaran como al resto de niños sus abuelas. Y asintió con una enorme sonrisa. Sentía que sería su mejor cumpleaños, aunque mamá y papá no estuvieran junto a él. Sin embargo, el plan macabro de Catalina es que matara al perro con sus propias manos en honor a ella y su cariño.
-Tendrás que sacrificar a tu cachorro.
-¿Qué es sacrificar?
Para un niño común y corriente esas palabras aún no están inventadas, son palabras adultas que comienzan a tener significado más avanzada su edad. Un significado que a veces se considera cruel, pues sacrificar algo que amas con toda tu alma en respuesta a algo que parece más importante, aunque no lo sea.
-Sacrificar es amar.-respondió su abuela acariciando sus castaños cabellos, observando sus ojos infantiles con aquella malicia que haría temblar a cualquiera menos a él. Él deseaba ser recompensado con amor, saber qué era eso de lo que todos hablaban.-Y yo te amaré si sacrificas a tu perro.
-¿Y qué tengo que hacer?
-Darle paso a mejor vida.-dijo ofreciéndole un cuchillo bastante filoso.-Hazlo pequeño... entiérralo en sus carnes y haz que tu abuela se sienta feliz.
Dorian tomó el cuchillo entre sus manos, observó lo filoso que era y cuantas veces le dijeron que no debía manejar uno tan grotesco. Miró a su perrito y se preguntó si le haría daño, pero después le pediría disculpas jugando como de costumbre. Ella se inclinó hacia él, quería borrar cualquier rastro de duda y hacerle cómplice de su maldad. Simplemente susurró “hazlo y te daré lo que tanto deseas”.
El pequeño alzó aquella mortífera arma y la clavó contra su único amigo. Aquel cachorro de tan sólo dos meses soltó un brutal quejido, un lamento que aún recorre la mente de Dorian como un fantasma grotesco de su único remordimiento. Él no lloró, no comprendía lo que sucedía, tan sólo levantó el cuchillo y lo enterró de nuevo. Su abuela lo alentaba con una macabra sonrisa. Y una vez muerto el pobre animal, como si fuera un patético pelele, sintió el primer beso de su abuela. Un beso en la mejilla como moneda de cambio por un acto tan cruel.
Durante días estuvo sentado en le jardín llamando a su amigo, pero jamás regresó. No entendía porque se quedó quieto tras el juego, su abuela decía que él le había dado muerte y que los muertos no regresan. Se sintió triste, pero no se lamentó puesto que su abuela decía que estaba orgulloso de él.
No fue el primer animal en caer muerto, también lo fue varios caniches de una vecina. Ella decía que le daba un mejor final que el que poseían en esta patética vida, él así comenzó a creerlo y con diez años cometió su primer asesinato hacia un ser humano.
Hacía pocos días que fue su cumpleaños. Nadie en su clase le hablaba. Su padre llevaba años de nuevo en prisión, su madre era conocida por medio Londres por ofrecer sus carnes a bajo precio. Él era alguien no grato para sus compañeros de aula, salvo para una chica. Ella parecía fascinada por el carácter solitario de Dorian, así como su enorme inteligencia.
Poco después aparecería muerta en un local abandonado cercano a la escuela. La abuela de Dorian comentó que estaba tan afectado que no iría más a la escuela, que tomaría clases particulares en casa. Sus clases fueron sobre falsificación, estafa y promover sus necesidades asesinas.
Con trece años su madre lo reclamó a su lado, él decidió ir a verla para comprobar con sus propios ojos si todo lo que decía su abuela era cierto. Y así fue. La primera noche que estuvo a su lado pudo escuchar como una orgía se desataba en el cuarto contiguo, donde yacía su madre con tres hombres.
Se levantó en plena noche y observó todo desde la ranura de la puerta. Allí su madre se abría de piernas y se ofrecía regalándose a tan insignes caballeros. Así conoció el sexo, también la mentira y los juegos de seducción. Su madre le hizo caer en la cuenta que se necesita algo más que poder, también atracción y con esa lección estuvo conviviendo durante tres largos años.
Su padre al salir de prisión pidió estar con él, intentó convivir con la mujer que aún amaba, aunque fuera de forma ilógica, y con su madre, la cual odiaba intensamente a la dueña del corazón de su hijo. Su abuela acabó asesinando a su madre envenenándola y Dorian ayudando a su abuela a deshacerse del cuerpo.
Mientras todo el mundo de Dorian Lambert era tétrico los libros le mostraban la luz, la soberanas verdades que se describían en obras de todo tipo y ahí viajaba hacia lugares recónditos que comenzó a desear conocer. Con diecisiete años decidió abandonar todo lo conocido y adentrarse en un mundo nuevo y fascinante.
Río, Nueva York, Madrid, París, México, Holanda, Australia o Japón se convirtieron en sus destinos de viaje. Comenzó con pequeñas estafas, siguió con otras más arriesgadas y todo con un punto en común sus dotes de actor y su atractivo físico. Añadió entonces un toque único que le caracterizaría entre todos los Lambert, sus disfraces y personajes sacados de sus cientos de obras maestras. Usaba características de varios personajes y ensamblaba uno nuevo, incluso lograba poner un nuevo acento así como fobias o sus propias almas.
Las estafas eran un buen negocio, pero también los asesinatos a sueldo. Con veinte años tenía más de treinta muerte a sus espaldas, más que su abuela y que su padre juntos, había alcanzado tener una suma importante en su banco y lo más importante nadie, absolutamente nadie, pudo hacer caer sobre él el peso de sus crímenes.
Sus tácticas variaban dependiendo del desprecio que podía sentir hacia ello, o del ansia de victoria. Muchas de sus víctimas fueron mujeres infieles a su esposo, mujeres que gozaban de un estatus superior en una sociedad demasiado rápida y ruidosa. Mujeres con hijos y con historias que se vieron truncadas por el deseo de conquistar el corazón de un filósofo, un mártir, un poeta, un actor en apuros, un ególatra en depresión, un pobre muchacho o un intelectual ávido de necesidades. Todas ellas deseaban sentirlo entre sus piernas, él las complacía en su último deseo... después las desfalcaba y terminaba asesinándolas si no seguían el juego y sus terribles pactos.
Con esa edad conoció al que sería su nuevo y único Jefe, el cual le dio prestigio y un salario astronómico por su lealtad. Un hombre como él no se encuentra todos los días. Un genio es difícil que nazca así de la nada.
Se preguntarán como sé tanto de Dorian Lambert... es fácil, yo soy Dorian Lambert.
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