-Introducción-
La noche había caído y la melancólica melodía del violín estremecía toda la mansión. La única luz que parecía estar encendida era la de la estancia del joven Ciel. En ella una figura alta y esbelta se doblaba y mecía. Esa figura no le pertenecía al joven, sino a su mayordomo. Parecía brindarle una canción de cuna desesperada, como si se tratara del amante más entregado danzaba moviéndose por la habitación tocando con su corazón aquel instrumento.
Pronto la luz se apagó y la música dejó de sonar. Fue como si el mundo llegar al fin de los tiempos y explotara un enorme silencio que nos hiciera tapar los oídos, por horrible. Ya que los murmullos del mundo habrían callado, al igual que el murmullo dulce de aquellas lágrimas en forma de notas musicales.
-Amarga melodía-
-Sebastian.-su voz sonaba entre las llamas de ese dolor que aún cargaba, su tono de voz pausado era el de un ser torturado que sabía que pronto llegaría el final.-Quédate.
-Sí, joven amo.-susurré quedándome sentado en la silla donde solía dejar sus ropas mientras le ayudaba a vestirse.
-Sebastian, cuando vendí mi cuerpo y alma ¿pensaste que serían tantos años de servicio a cambio de algo que podrías obtener fácilmente de cualquier otra persona?-preguntó girado hacia la ventana, dejando a mi vista sólo algunos mechones de sus cabellos.
-Su alma no es común.-respondí con una leve sonrisa.-Merece la pena esperar.
-Tienes paciencia.-murmuró.
-Debería saberlo, joven amo.-reí bajo al decir aquello, puesto que teniendo en cuenta lo incompetentes que era el resto del servicio... debería conocer mi enorme paciencia.
-Tienes razón.-susurró algo adormilado.
Yo no dije nada más, deseaba que descansara. El día siguiente sería agotador para él, para mí un día más en la piel de un mayordomo leal y eficiente. Un juego
Cuando hicimos aquel trato supe que no sería fácil cumplirlo, así como concluirlo. Los años incrementaban y hacían surgir de mí un sentimiento que no sabía clasificar. Un demonio no sabe de afectos, no debe conocerlos. Si bien, yo hacía años que había encontrado un camino tortuoso y extraño. Yo aún no sé clasificarlo, pero verlo descansar era un alivio para mí.
Su sueño se interrumpió, se volvió agitado por momentos y acabó alzándose gritando. Llamaba a sus padres, de nuevo las imágenes que destruyeron su tierna infancia, y adolescencia, regresaban otra noche más. Esta vez por instinto me lancé a pegarlo contra mi pecho, acariciando sus cabellos. Esta vez y no las otras, porque esas noches había controlado mi instinto. No sé que pasó, pero rompí barreras sin importar nada.
-Sebastian.-balbuceó mientras mis dedos se internaban entre las hebras oscuras de sus cabellos, me dediqué a dejar caricias en su cabeza.
-Lo lamento joven amo.-dije apartándome.
-No, no te apartes.-murmuró agarrándome de los brazos, quedándose entre ellos y yo únicamente lo estreché como si fuera un objeto delicado.
-No lo haré.-respondí.-Me quedaré a su lado hasta el último segundo.-susurré tomándolo del mentón con mi mano derecha.-Joven amo.
-Sí, eso.-dijo con un leve sonrojo apartando su mirada de la mía.-Buenas noches, Sebastian.-murmuró recostándose en la cama.
Yo permanecí a su lado, sentado observándolo prácticamente inmutarme. Sonreí leve al ver que dormía calmado. Mi misión por esa noche había concluido. Así que me levanté y marché.
Deseaba caminar por el jardín. Sentir el leve frescor de la noche mientras la oscuridad rodeaba todo con un firme abrazo. La noche era plácida y mis ojos brillaban entre las sombras, como una fiera asechante en busca de su presa.
Pluto, nuestro perro, apareció de la nada desnudo por completo. Se aferró a mí restregándose y yo simplemente suspiré pesado. Aquel idiota siempre andaba esperándome y deseando que yo le hiciera caso, pero eso no nacía de mí. Podían decir lo que quisiera el resto de la casa, incluso si lo decía Ciel en algún instante, ese maldito chucho era un incordio.
Me deshice de él tirando un palo, donde cayera me daba igual. Yo sólo quería descansar de él y sus malditas babas. Así que terminé regresando a la casa y sentándome en la biblioteca hasta llegado el alba.
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