El pv.
Había vivido en las sombras por más de cien años, encerrado en mi ataúd buscando la cura a mi profundo dolor en el olvido. Quería dejar atrás lesiones más allá de lo físico, mi alma aún sangraba. Como descendiente y guardián de la rosa era custodiado, mi clan dormía en salas contiguas del panteón. Mi despertar se debió a una sola lágrima sobre la inscripción que hice grabar en la puerta de entrada a mi sala.
“Y desde que sé que no estás, que te has ido para siempre, no puedo seguir despierto. Quiero que este dolor se apague, la única forma es olvidarte u olvidar que hemos existido ambos. Deseo perderme en la historia, ahogarme en el dolor bebiendo amargamente la hiel de momentos que no serán posibles.
Aquí estaré aguardándote, persiguiendo mi sueño... Tú... mi rosa”
Aquella única lágrima hizo que abriera los párpados y observara la oscuridad de mi caja. Mis ojos azules no podían ver más allá de aquella tapa de piedra. Intenté deslizarla con mis propios brazos, pero fue imposible, y terminé rogando mentalmente que mis poderes aún fueran cercanos a los de un Dios.
Cuando logré salir de aquella prisión noté mis ropas ajadas, me pregunté qué siglo sería y si tal vez el mundo seguía poseyendo belleza. Tras el enorme portón de madera alguien rezaba, podía oír sus susurros, así como lágrimas y un leve aroma a tierra mojada mezclada con la fragancia de las rosas.
-Espero que puedas descansar.-susurró.-Me he enamorado de tu historia, de tu locura.-escuché decir a continuación.
La voz era de una mujer, no más de treinta años o quizás no llegaba a los veinticinco, bastante sincera y afligida. Aspiré con desesperación todos los aromas próximos, podía sentir prácticamente su cálida piel pegada a mis labios y estos manchados por borbotones de sangre.
-Buenas noches, príncipe.
En ese instante caí en su acento, era inglés, si bien mi tumba estaba en pleno cementerio de Los Inocentes, en París. Me preguntaba qué hacía una joven inglesa rezando en mi puerta, así como si los demás habrían despertado ya.
Miré mis manos y eran huesudas, necesitaba alimentarme y acicalarme para tener un aspecto humano. Por lo tanto aguardé a que estuviera bastante retirada del cementerio para salir. Allí mismo me alimenté de toda clase de roedores aves nocturnas. Recuperé mi aspecto, pero no así como la calma. Tenía sed, necesitaba sangre humana.
Deambulé por las zonas aledañas al cementerio. Mis ojos eran los de un loco, mi aspecto los de un actor metido a mendigo por culpa de su locura. Palpaba lentamente los muros, observaba las nuevas luces que brillaban en la ciudad opacando a las estrellas. No era fuego, era algo extraño parecido a la magia. Leía la mente de los hogares cercanos, todos tenían ideas muy retiradas a las mías y eso me causó miedo. Había llegado a una época en la cual no tenía lazo de unión. No niego que temblé, lloré y recordé a mi amada.
-Tú, mi amada.-susurré.-Tú... ya no estás, el mundo no tiene sentido y tengo miedo.
-Camil, mi señor.-escuché los pasos rápidos y la voz de uno de mis guardianes. Al alzar la vista lo contemplé radiante con nuestras viejas prendas.-Mi señor.
-Marcel.-dije casi sin aliento abrazándome a él.
-Mi príncipe, mi señor, mi amo... mi amigo.-dijo acariciando mis cabellos.-Yoel también ha despertado.
-Así es.-dijo frenando sus pasos para quedar junto a mí.-Hermano, tenemos que darnos prisa... debemos refugiarnos.
Sentí entonces un aroma sobrecogedor, mi hermana e hija hacía acto de presencia. Su vestido rojo y su capa negra rozaban ajadas las aceras. A su lado caminaba lentamente la figura espectral de su asistente. Isabel y Teodoro, ambos caminando como niños perdidos en plena noche.
-No llores más su pérdida, sonríe porque la tuviste.-susurró Marcel.-Ya has caído en duelo durante demasiadas décadas, ahora nos toca volver a la vida y conquistar este mundo extraño.
Y así fue como los aspirantes de la rosa buscan a su nueva criatura, la nueva consorte, de la cual únicamente saben su edad aproximada y su nombre... Rose. Ella no está lejos, está demasiado cerca, y pronto tomará su lugar en el trono de las tinieblas. El dolor de Camil fue salvado por las plegarias de la muchacha, así como su amor comenzó a brotar entre pétalos de la rosa roja que siempre portaba.
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