Esto es mío señores, así que respeten
-¡Déjame ya! ¡Estoy jodido!-esas fueron las últimas palabras que escuché de sus labios.
Era un tipo bien raro, de esos que te marcan al conocerlos. Tenía una mirada llena de furia, parecía rabioso y molesto con todo. El cigarrillo siempre andaba cerca de sus labios, siempre fumando. Parecía que el tabaco era lo único que le tranquilizaba, o al menos le daba esa atmósfera de personaje de novela de polis barata.
Se consideraba un buen hijo de puta. El más noble de los cabrones del vecindario. Un apasionado de la velocidad. Un ladrón de corazones, virginidad y poder. No se veía como un Dios, ni como villano, ni héroe barato y mucho menos como don Juan de palabras cariñosas. Lo que quería lo tenía, eso era seguro. No sabía porqué ese magnetismo, tal vez los chicos malos siempre le gustan a las tias porque las hacen sentir parte de una novela sucia.
Tenía buena relación con las tias, no las trataba como trozo de carne porque les decía cual era su fin con ellas. Su fin no era llevarlas al altar, ni tener una relación duradera o algo romántico. Lo suyo era sexo y ya. El sexo era lo único que podía existir entre una mujer y él, a parte de compañerismo.
Según cuenta la leyenda se enamoró de una chica, una amante del rock más puro. Una chica de esas que quitan el hipo y el corazón, para luego pisotearlos con sus botas y reírse en tu cara. Lo dejó por su mejor amigo, se largaron de la ciudad con el botín de un robo que le colgaron a él. Y ya no más.
Era un tuercas cualquiera para el que no fuera del barrio, pero para el resto era leyenda. Era listo, tenía mil historias sacadas de libros o qué se yo. Era un tio con carisma. A pesar de parecer un vago y un capullo siempre estaba dispuesto a echarte una mano.
Esa noche habíamos estado bebiendo en la azotea del edificio que estaban por demoler, era un viejo hotel que nunca terminó por construirse y lo iban a echar abajo para construir otra cosa. Demonios era verano, de los últimos días de verano, y había estado lloviznando toda la tarde. Estar ahí tirados, con una brisa fresca y la ciudad bajo nuestras botas. Esa noche tenía que ser la mejor del verano, porque me contó todo la verdad.
Y la verdad es que bajo esa pose de tio duro existía un hombrecillo desgraciado. La chica no se largó con otro, murió en el tiroteo. Querían robar un banco, tener dinero para un anillo bueno de compromiso, tener una buena vida y tal vez hijos. Una idea estúpida, sobretodo cuando tienes estúpidos veinte años. Dio con sus huesos a la cárcel y pasaron diez años lejos de la libertad. Durante tres años estuvo vagando por los lugares que siempre quisieron ver, después quedó anclado en el barrio que le vio crecer y quería que fuera el que le viera morir.
Cuando nos íbamos para casa me preguntó que se sentiría al reventarse contra el suelo, si dolía más que una bala y un corazón roto. Le pedí que no lo hiciera, se lo rogué, tiré de él... pero terminó con esas palabras y lo dejé irse.
Yo me largué de allí, me oculté durante años y ahora lo cuento sólo por respeto. Las leyendas son ciertas hasta cierto punto... pueden ser la realidad aún más jodida.
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