Idiotas, ilusos sin remedio, creían que en el ruido de las campanas les daría la gloria. El dinero no lo es todo. Pero todos matábamos por un billete en la cartera al llegar fin de mes. Pero yo estaba por tirarme al contenedor de la basura, así estaría en mi hogar y no me sentiría tan fuera de lugar.
Entonces, cuando más ebrio estaba, creí ver como entraba en el bar y caminaba hacia mí. Ella. Era ella. Pude sentir sus manos frías sobre mi rostro, como echaba hacia atrás mi flequillo y sonreía. Mi vista estaba borrosa, pero puedo jurar que era ella. Sus labios se pegaron a los míos, y los míos rogaban no separarse de los suyos.
-Tú.-dije en un balbuceo.-Tú.-repetí incrédulo notando su boca sobre mi cuello.-Princesa.-jadeé aturdido como si me faltara el aire.
Su única respuesta fue una simple sonrisa. Echaba de menos ver esa boca dulce y apetecible. Quise besarla de nuevo, abrazarla sintiendo su cuerpo y su piel suave, pero me desplomé perdiendo la consciencia.
Me desperté horas después, porque el dueño del bar comenzó a barrer echando toda la porquería hacia donde me encontraba. Entreabrí los ojos y él me dio con la escoba en la cara, además un golpe en el pecho. Lo miré aturdido y él tan sólo gruñó algo inentendible entre sus labios de amargado pusilánime.
-¿Y ella?-comenté levantándome del suelo, buscándola con la mirada.
-¿Quién?-preguntó apoyándose en una de las mesas mientras pasaba un paño que apestaba a vómito.
-Mi chica.-respondí seguro de que la había visto, de que era real.
-Sí claro, si tuvieras chica no estarías aquí tirado en el suelo.
-
Me marché a casa, o más bien me echaron del bar. Caminé durante una hora por el barrio observando la noche, siendo el infierno helado que caía sobre mi cuerpo calando mis huesos. La humedad del ambiente me despejaría, pero seguía siendo un alcohólico empedernido que deseaba olvidar y no podía.
Ese es el castigo del ser humano, que no se puede olvidar nada de lo que hacemos. Es la mayor putada, los recuerdos. Sé que hay millones de personas en el mundo que pierden la memoria, que desean recuperarla, y se esfuerzan por un poco de luz en su oscuridad. Pero yo en ese momento deseaba que me tragara ese oscuro túnel, que me dejara allí y me regalara ese alivio eterno.
Pensé que me estaba volviendo loco, que para olvidar necesitaba alejarme de todo lo suyo. Ya era hora que empaquetara su ropa, sus peluches, sus libros de canciones, su guitarra... que la metiera en cajas de cartón y la olvidara. Ella se había reducido a recuerdos y objetos prácticamente inútiles, como todos cuando nos desvanecemos.
Esa misma madrugada la pasé empaquetando todo. Calle abajo de mi vivienda había una tienda de electrodomésticos, frente al negocio un contenedor de reciclaje de cartón. Conseguí cajas de sobra para guardarla, para recoger mis tesoros y apartarlos de una vez. Estaba resacoso, cualquier golpe se multiplicaba por mil como un eco doloso. No podía dejar de llorar, sobretodo cuando agarré una de las camisetas que usaba para dormir. Aún podía sentir su cuerpo bajo la tela, su cintura fina, mientras rogaba un poco de atención.
-Hoy se acaba el cuento de hadas.-susurré antes de empezar a pegar las solapas de las cajas.
-
Guardé todo en uno de los armarios y puse un candado. La llave del candado la tiré por el retrete. Me daba pena tirar todo a la basura. Reconozco que soy un sentimental y no pude donar sus cosas. Creo que seguía mi subconsciente gritándome que ella volvería, que estaba viva. Esa mañana llamé al agente de policía que llevaba el caso, pregunté si había algo nuevo y su respuesta fue la de siempre.
Uno jamás pierde la esperanza. Versa en un viejo refrán que la esperanza es lo último que se pierde. Yo añadiría que la esperanza jamás se pierde porque antes viene la locura y te nubla la razón. Yo la había perdido el mismo día que noté su lado de la cama vacío.
No dejó ni una nota y ni una pista. Su caso se dio como desaparición. Me investigaron, me trataron como posible culpable y después hablaron de una huida. Más tarde se dieron cuenta que simplemente había sido borrada. Aún hoy día me pregunto porqué no me tomaron en serio antes... pero tomar en serio a un veinteañero idealista es difícil, por no decir imposible.
Los días, como aquel, pasaron y los sueños me arrebatan el poco contacto con la realidad. Cada noche me visitaba. Podía notar sus labios pegarse a los míos, mis manos deslizarse por su espalda e incluso como sus uñas se enterraban en mi piel. Los arañazos estaban al día siguiente, pero ella no. Ella jamás estaba.
Mis días desocupados terminaron siendo ajetreados. Seguía sin oficio, nadie quería una estrella del rock venida a menos, pero empecé a ocuparlo buscando ayuda en profesionales de la mente. Queda bonito explicado así, sin embargo la forma cutre es más directa. Fui a un loquero y el loquero me dijo que era ansiedad, el deseo, una imaginación desbordante y sueños que notaba como reales.
Sinceramente, para esa mierda de respuesta pude haberme ahorrado la cola en la seguridad social y la espera para la cita del especialista.
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Una noche bebí demasiado. Terminé tirado en el piso sin poder levantarme. Escuché sus botas, noté en el ambiente el aroma de su cigarro de cerezas, y pude verla. Ella sonreía, se carcajeaba, y estaba igual de atractiva que la primera vez que la vi. Yo sonreí de forma estúpida, seguro, hasta que terminé estallando en carcajadas. Me había vuelto loco, había perdido la cabeza.
-Y decías que eras mi caballero andante.-
-No tengo culpa que la princesa se fuera del reino.-respondí de forma amarga.
-La princesa ha vuelto.-
Se inclinó hacia delante y terminó arrodillándose junto a mí. Sus labios besaron los míos, para luego sentir que el mundo se desvanecía. Me asfixiaba, temblaba, mis ojos se quedaban vidriosos y finalmente renacía. Fue extraño y doloroso, pero juro que lo repetiría.
Desde esa noche camino junto a ella, esta vez sé que jamás se marchará. Siempre ella, siempre. Eternamente mía, eternamente mi princesa y yo el caballero oscuro que la escolta. Dos sombras, dos vampiros, jugando con la luz de la luna llena.
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