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En un papel tamaño cuartilla había escrito varias frases sueltas. Frases que ni recordaba, pero era mi letra y la reconocería entre un millón. Mi vieja olivetti estaba criando polvo en el armario donde guardada la ropa vieja, los tiestos que no usaba muy seguido y viejos recuerdos. Me levanté y abrí de par en par aquella ventana al pasado. A la altura de mis ojos había varias cajas de zapatos, lejos de contener botas viejas o deportivas, contenía fotografías de toda una vida.
Me senté en el suelo con varias cajas a mi alrededor, poco a poco fui abriéndolas y encontré en ellas sonrisas falsas con miradas amargas. Sonrisas que jamás valieron nada, junto a personas que importaron demasiado. Estiré mi mano hacia la mesilla de noche y agarré la pitillera. Creo que gruñí bien alto al ver que sólo me quedaba un cigarro, pero necesitaba más y más. Últimamente fumaba tres veces más que lo habitual. Parecía que la nicotina me daba fuerzas y alas.
Me coloqué el cigarrillo en los labios y lo encendí sonriendo de lado al ver una fotografía vieja, tan vieja como mi desgracia. La fotografía era mía en pose de guerrero invencible, de guerrero de aura oscura, y realmente era un mocoso con las botas viejas con demasiados aires.
-Quien me ha visto y quien me ve.-dije rascándome la cabeza antes de mirar la siguiente instantánea.-Tú.-susurré acariciando su imagen.-Tú.
Esa imagen era la de la única mujer que había amado, deseado y admirado más allá de algo fugaz.
Ella se marchó.
Me dejó a oscuras.
La luz de sus palabras no volvieron, y yo tuve que madurar solo.
Madurar solo es terrorífico, una experiencia que no deseo a nadie. Mis amigos se fueron apartando, todos buscaron otras metas y ella se olvidó de llamar. No llamó. No sé donde fue. Se esfumó como el humo de sus cigarrillos.
-Tú me dejaste.-susurré.-solo.-añadí encogiéndome en aquel suelo frío, sintiendo el mármol enfriar mis mejillas sudorosas y terminé aletargado.
En mis sueños apareció ella. Me demostraba que su huida de la ciudad fue precipitada, que buscó la salida a un mundo nuevo y encontró un desierto helado como el que yo viví durante años. Fría, sin sentimientos, y a oscuras. Yo era su luz, ella la mía, ambos éramos nuestras luciérnagas.
Se mostraba segura, pero frágil, y extendía una de sus manos hacia mí hasta palpar mi rostro. Sonreía de forma dulce aunque fuerte, era una mujer extraña y hecha de piezas distintas a las de un humano común. Ella sería inmortal, inmortal. Estaba destinada a ser inmortal.
Todo el mundo pensaba que estaba loco, que esa chica seguro que estaba muerta. Nadie desaparece sin más diez años, nadie. Desapareció sin dejar pista alguna, sin tarjetas ni dinero. Simplemente desapareció, a pesar de haberme prometido estar junto a mí hasta que llegáramos a ser unos viejos engreídos.
Me desperté clamando su nombre. Me desperté como aquella noche, empapado en sudor y solo. La fotografía aún estaba atrapada entre la punta de mis dedos, como si mi mano rogara atrapar esa instantánea como la nueva estampilla a la que rezar el rosario. Al final terminé arrojándola en la caja, allí donde se acumulaban muchas otras.
Varias de las imágenes era de ambos. Besos fogosos del primer amor, del amor que realmente sientes y que no es una confusión estúpida de adolescentes. Su sonrisa junto a la mía, su mejilla pegada a la mía... ella siendo mía, siendo parte de mí y yo siendo parte de ella. Esas imágenes hicieron que estallara en rabia. Una rabia indestructible. Rabia por no tenerla, rabia por imaginarla con otro y rabia al pensar que no volvería.
Durante años guardé sus ropas junto a la mía. Durante demasiados años. Jamás tiré su taza favorita, ni las anotaciones del frigorífico y mucho menos los pequeños botes de colonias de propaganda. No tiré nada de ella. No lo hice porque me engañaba y me decía que volvería. Ella tenía que volver. ¡Diablos! ¡Tenía que hacerlo!
Me levanté del suelo antes de caer de nuevo a él, de rodillas, llorando mientras rodeaba mi propio cuerpo. Una caída tras otra, esa fue mi vida. Decadencia pura que propiciaban mis malos hábitos y mis ganas de olvidar. Pero tras tantos años sé que el whisky barato no borran sus caricias de mi piel, tampoco sus palabras y mucho menos mis esperanzas. El whisky barato sólo mata mis órganos.
-Princesa.-gimoteé notando el sabor salado de mis lágrimas.-¿Por qué no vuelves? ¿Por qué no regresas?-dije a la nada antes de levantarme e intentar recoger todo antes de ir al bar.
Era rutina. Todas las noches me iba al tugurio que había cerca, un lugar donde sanidad no pisaba sus pulcros pies desde hacía años. Siempre hay una manzana podrida y esa manzana se puede sobornar. Los sobornos funcionan, aún más si el dueño del local es el marido de tu prima.
Allí iban fulanos sin alma, chulos decadentes, prostitutas, gallitos de corral y egocéntricos sin futuro. Yo era una mezcla de los primeros y los últimos. Una leyenda viva en un tugurio casi mítico. Mi condena, mi tumba y mi parroquia.
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