Érase que se era una vez un sueño muy raro, de esos que no sabemos si despertar o seguir soñando. Sueños de fantasía. Todos alguna vez nos hemos creído héroes montados en flamantes caballos, magos extraños rodeado de mil pociones, juglares en busca de un sustento y en sí fantasía desplegada bañando nuestras grises neuronas. Un país colorido, que a veces se baña de tétricos y místicos objetos o rincones imposibles de ser penetrados.
Imaginen despertar en un trono real. Quizás piensan algo glamoroso, lleno de rubíes y piedras preciosas. Por supuesto una corona increíble, algo más grande que su cabeza, y que pese como pesa el cargo de gobernar a cientos de vasallos. Fantasean seguro con una sala de baile, un vals bañado con el aroma del mejor vino y la mejor música. Fama, gloria, historia que se escribe con tinta azul como el color de vuestra supuesta sangre. Belleza y erotismo, la erótica del poder al desnudo para usted en la cama de vuestro dormitorio. Pues bien, no siempre los reinos son así.
Todo ocurrió una noche de brujas. Yo como siempre llegué al borde de la madrugada, prácticamente de mañana, a mi cama. Al día siguiente habría fiesta, dulces típicos de mi país e importados de otras naciones. Una fiesta céltica que hoy en día se sigue conjurando, para el disfrute del pueblo a pesar de las restricciones de los ultracatólicos de siempre. Sí, todo ocurrió en la víspera de la noche más especial y esperada por muchos. Noche de brujas, Halloween, noche de pesadillas.
Me acosté tras leer un libro de Poe. Como no, siempre suelo leerlo con atención y no sólo en estas fechas. Pero no sé porqué elegí el del Gato Negro, tal vez porque amo a ese maldito y oscuro ser tan ligado con la magia negra. Mis párpados cayeron como un telón pesado, tras un leve bostezo y sentir que mi cuerpo iba tomando peso.
-¡Majestad! ¡Mi rey!-escuché de fondo junto a chillidos agudos y otros grabes.-¡Nuestra majestad! ¡Despertad! ¡Despertad! ¡La reina de corazones viene en su búsqueda! ¡Majestad! ¡Despertad!
-¡Mamá baja esa maldita televisión! ¡Es sábado!-grité buscando mi almohada para taparme el rostro, intentar no escuchar ni sentir los rayos de sol directo a mis ojos. Demasiado pronto, demasiado, para un ser que vive en la noche como si fuera un maldito vampiro.
-¡¡Su majestad!!-aquel grito al unísono me despertó haciéndome caer y rodar por unas pequeñas escaleras.
Desperté por completo al ver aquellos seres, no medían más de un metro y todos parecían alterados. Me miraron extrañados, como si ellos también se sintieran confusos. Mis ojos no podían creer lo que veían. Mi cama confortable, mis carteles de película, mis comic’s y libros, mis figuras de colección y mi ordenador habían desaparecido. Por el contrario tenía la sala de un trono llena de seres expectantes a mis movimientos.
Me levanté asombrado y estuve a punto de gritar. Me giré con rapidez y contemplé el trono en sí. Aquel trono estaba creado con huesos enormes, como de gigante, y telas viejas bien curtidas. Comencé a correr hasta que di con un espejo y entonces me contemplé.
-¡Santo Dios!-grité con las manos en las mejillas, horrorizado con lo que veía.
Ya no era moreno, sino castaño claro y sin olvidar el corte extraño. La ropa era una camisa de chorreras blanca, un chaleco negro, unas mallas negras ajustadas y unas botas terminadas en punta. Por supuesto tenía una capa, oscura como el resto del complemento.
-¡Majestad la Reina de Corazones! ¡Majestad!-gritaron varios de los más diminutos de entre los hombrecillos, de entre los duendes.
-¿Me llamo Jareth?-interrogué y ellos asintieron incrédulos ante mis palabras.-¡Soy Jareth! ¡Rey de los Goblins! ¡Soy el maldito Jareth!
-¿Se encuentra bien amo?-interrogó un gusano azul que reptaba por el suelo.-Amo, en las puertas del reino han aparecido cartas de la baraja y están formando gran estruendo. La reina viene hacia el laberinto, está obligando a todos a doblegarse ante su paso. Debe huir, debe ir lejos de estas tierras y buscar otro refugio más seguro.
-¿Por qué? Es mi laberinto, yo lo cambio a mi modo y circunstancias. Yo soy el laberinto, no hay lugar más seguro donde yo me pueda encontrar.-recordé la historia, también que mi reino era prolongación de mi cuerpo.
-No hay rincón seguro para una mujer despechada.-comentó una boca en el aire, unos colmillos felinos que precedieron a un hombre con orejas y cola de gato. Vestía de morado y negro, sus ojos eran fluorescentes y en tono verdeceos. Su sonrisa, no puedo describir esa sonrisa tan enigmática y aterradora.
-¿Cheshire?-interrogué.
-Sí, la reina ha explotado por su negativa a ser su amante. Ya sabe, desde que es viuda busca un nuevo consorte y usted fue el desgraciadamente elegido.-reía a carcajadas.-Quizás no dure mucho su matrimonio, no desespere. Tal vez ni dos horas, ya sabe. Las reinas son como las adolescentes hormonadas… caprichosas… injustamente caprichosas.-se movía felonamente hacia mí y ronroneaba mientras masajeaba mis hombros.-Jareth, me llaman para ayudarle ¿desea mi ayuda?
-¡No entiendo que sucede!-grité y por arte de magia, nunca mejor dicho, de mi mano apareció una bola de cristal y fui observando el pasado y el presente… todo era a un ritmo demencial que me mareó.-¡Ella!
-¿Desea mi ayuda o simplemente vuelvo a mi rama? No sabe lo hermosas que son las vistas desde…-ante que terminara lo agarré por la solapa mirándolo de forma en la que únicamente mira un demente.-¡Cheshire! ¡Dígame de una puta vez donde debo de ir!
-¡Quizás no lo sé! ¡Tal vez nos perdamos! ¡Pero antes debemos de salir de su laberinto!-gritó entre gruñidos y maullidos.
-¡Que le corten la cabeza! ¡Si no me ama! ¡Que le corten la cabeza!
Tomé de la muñeca al gato y salimos corriendo hacia los túneles ocultos del paso subterráneo, eran los que daban a los pozos del olvidadero. Allí se encontraban algunas cartas, estaban confusas y otras aún atontadas del fuerte impacto contra la tierra hedionda.
-¡Amigos! ¡Por aquí!-tan sólo veía un ojo verde en la oscuridad, pude darme cuenta que era otro gato.
-¡Sabemos por donde vamos!-refunfuñé, aunque tan sólo eran recuerdos vagos por el cuento y nada más.
En la salida pude ver que era un gato negro, un solo ojo, y parecía tener una soga al cuello como decoración. Se lamía una pata insistentemente y sonreía de lado esperando alguna reacción.
-A partir de aquí nuestra reina ha predispuesto a un joven guerrero, para su seguridad, así que espero que tengan suerte. Yo despistaré a los estúpidos guardias de la majadera reina.-entre los arbustos que daban a la salida algo se movía.-¡Antonio!-gritó y apareció de la nada un gato con botas y un sombrero colocado a un lado. Tenía un pequeño cuchillo como espada y casi me caigo de espaldas al verlo, supuestamente esa brocheta que se usaba para cortar queso sería el arma que detendría la reina.
Por la desesperación y los nervios empecé a reírme. Las carcajadas no paraban de salir de mi boca. No podía parar. Era imposible encontrar un segundo de cordura. Es que era increíble que aquel gato pudiera ayudarme en algo que no fuera contagiarme de sus pulgas.
-Oye, desteñío.-bufó.-Si no crees que puedo darte una patá con mis botas para que dejes de reírte. Porque me lo han pedío, que sino… te mandaba a tomar por culo. A ver si tenemos más respeto.-su forma de hablar me resultaba cómica.-¡Y tú! ¡El de morao deja de sonreír! ¡A ver de que te burlas payaso!
-Yo, de nada. Tal vez del poco pedigrí que tienes, quizás porque así es mi cara.-comentó y entonces agarré a ambos comenzando a correr.
Si nos quedábamos ahí no encontraríamos solución. Nos internamos en el bosque cercano a mi castillo y en el camino comencé a recordar cosas extrañas. No entendía bien hacia donde se dirigían mis pies, pero parecían ser mi brújula así que seguía mi instinto. Pasamos por unas cascadas mientras yo jugueteaba con mis bolas mágicas, observaba como mis Goblins mentían una y otra vez mientras azotaban con garrotas a las cartas. Lo único que me molestaba es que esa maldita idiota seguía gritando que la boda se haría de inmediato, yo no tenía amor para ella ya que mi corazón lo tenía otra mujer.
Al llegar frente a un enorme castillo, con una enorme torre, escuché a los Sex Pistols. La letra era reivindicativa y me recordaba a lo que sucedía, la tragedia cómica que soportaba.
-God save the queen the fascist regime, they made you a moron a potential h-bomb.-yo comencé a cantar sin más, era demasiado pegadiza y me fascinaba.
-¡Jareth!-gritó una chica desde la torre, al verla sonreí.
Aquella pesadilla se había vuelto una fantasía, un sueño del cual no quería regresarme. Era la princesa neko, la Rapunzel que en un ataque de rebeldía punk se cortó los cabellos y se colocó un collar parecido al de un felino. Sus orejas peludas y negras junto a su cola terminada en un lazo azul con cascabel… me tentaban.
-¡Miho!-grité corriendo hacia la puerta del castillo, la cual estaba atrancada por dos gatos más.
-Santo y seña.-dijeron mirándonos de forma desafiante.
-Raspas de pescado con salsa picante.-respondió Cheshire y la puerta cedió.
El resto… el resto se lo pueden imaginar. La reina enloqueció tanto que terminó cayendo en un olvidadero. Alicia volvió al reino, se hizo la reina y se casó con Cheshire. El gato con botas consiguió conquistar a la ratita presumida y yo… yo desperté. Jamás hubiera deseado despertar, era demasiado feliz a pesar de haber tenido que correr por el bosque buscando refugio momentáneo.
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