-Bienvenidos todos a esta reunión, espero que el vals de esta noche sea de su agrado y que no hayan olvidado sus máscaras.-el príncipe de la región exclamó aquello con una sonrisa triunfal, su castillo estaba repleto de vida y los súbditos brincaban alegremente sobre las baldosas de su hermoso salón de baile.- ¡Beban! ¡Llenen sus corazones de felicidad! ¡Disfruten de una noche mágica! ¡Disfruten de la noche de Brujas!
-¡Larga vida al príncipe! ¡Larga vida a nuestro príncipe! ¡Larga vida al príncipe Louis!-aquellas palabras eran gritadas por todos los allí presentes, una y otra vez.
Louis era el príncipe de aquel reino. Lo llamaban la flor silvestre de Versailles. Su forma de ser altanera, libre, cínica en ocasiones y demasiado sarcástica, hacía que todos tuvieran un concepto cruel de su persona. Si bien, una sola frase de sus labios, una sola mirada, hacía que las mujeres que tropezaban con él suspiraran. No era su belleza física, ni la intelectual, sino su forma de ser sin ataduras. Decían que durante su época de juventud estuvo con todas las damas de la corte, también con varios jóvenes lacayos y sirvientes ayudantes de cámara. Pero en esos instantes su corazón, su alma, y todo lo que era pertenecía a Lady Marian.
Aquella noche había decidido vestirse como un príncipe, pero no uno corriente sino el príncipe de los duendes. Su camisa bordada era negra, pero no así su chaleco era de tonos rojizos y cobres, como las hojas de los árboles en otoño antes de caer. Sus medias eran rojas y sus pantalones negros. Las telas más caras del reino envolvían su cuerpo, tan pálido como frío. Siempre hablaron de él como un vampiro, como un ser superior y oscuro. Era parte de su leyenda, nada más. El bordado era de plata, como también lo era de ese modo su máscara que no apartaba de su rostro. Sus ojos cafés buscaban por la sala de aquella fiesta a la joven rebelde que se burlaba de su apariencia, sus modales y todo lo que apreciaba. Simplemente eran juegos, juegos que terminaban con su lecho revuelto.
Sin embargo en su camino se posaron un par de jovencitas, a cual más libertina y más desinhibida. Danzaban a su alrededor palpando su espalda y su pecho, mientras reían de forma grácil. Él no se molestó, pero no prolongó su juego sino que intentó seguir su camino. Deseaba ver a su amada, aspirar su perfume de cerezas y conquistar sus labios escondidos en el jardín.
-Querido.-dijo una dama vestida con un traje rojo y una capa negra que recubría su cabeza, su antifaz era negro y tenía bordes plateados.- ¿Qué le sucede a estas lagartonas? ¿El vino subió demasiado rápido o más bien bajó a la orilla de sus vientres?
-¡Quién te crees!-gritó una de ellas, vestida de negro y con un horrible peinado.
-¡No eres nadie!-replicó la otra.- ¡Nadie ante nosotras!
-La belleza de oriente conquista a los príncipes de los duendes.-susurró caminando hacia él y este tomó su mano para besarla.
-La princesa de los gatos siempre será mi reina, eternamente mi reina.-murmuró con una sonrisa en sus labios.-Concédeme este baile, concédemelo y hazme inmensamente dichoso.
La mujer tan sólo asintió caminando con él hacia el centro de la sala. Algunas amigas de la dama sonrieron complacidas, habían trabajado duro por esas ropas que lucía. Sus uñas negras y afiladas eran su toque, lo que más adoraba el príncipe de su Lady Marian. Sus ojos susurraban versos prohibidos que sus labios deleitaban, las sonrisas que ambos se regalaban eran demasiado cómplices para descifrarlas.
-Mi príncipe.-murmuró ella recostando su cabeza sobre su pecho.
-Anoche supe quien desprestigió tu nombre años atrás.-dijo en un leve susurro.-Quien robó el colgante de tu madre, rompió el escudo de armas de tu padre y os dejó en la ruina.
-¿Quién?-interrogó enfurecida.
La dama era de origen asiático, su madre así lo era, pero su padre era un noble inglés muy apreciado en Francia, Italia y España. No sólo era un gran guerrero de la corte de la reina Isabel, sino un hombre elegante y culto. Durante años intentó pactos de paz entre los reinos, un hombre viajero y filósofo hasta el último minuto. Murió en extrañas causas antes que ella naciera, su madre se vio obligada a cuidar a su hija en soledad.
Lady Marian era una mujer exótica que brindaba un aroma nuevo, un aire de superioridad por méritos propios que no agradaban. El hombre que mató a su padre era el padre de la enemiga que intentaba apoderarse del corazón de su príncipe. Ella urdió la trama de desprestigios, robos, engaños, incendios incluso. Ella y nadie más. Mientras intentaba entablar amistad, regalar textos cargados de erotismo al joven Louis y estratagemas para apartarlo de amigos.
Yeray era uno de ellos, de esos amigos de la infancia. Rubio, imponente en su presencia, pero con un corazón en el cual atesoraba grandes sentimientos. Un hombre que en vez de amar las armas amaba el arte, se convirtió en un mecenas y un erudito de la música. Ambos bromeaban por la corte hasta que un día, la dama sin nombre, señaló a Yeray como el hombre que sembró desgracias en su hogar. Le acusó de tropelías y crímenes infames, que por supuesto el príncipe no quiso averiguar. Él creía a su amigo, a su mano derecha. No podía estar de acuerdo con aquella mujer. Lo que tramó esa vez no sirvió, se estrelló con ira en su rostro de horrible lagarto emberrenchinado.
Él entonces averiguó y supo. Ella mató a la madre de la joven, empezó a arrancarle el patrimonio que poseía con deudas falsas firmadas en el nombre de su difunta madre y también falsos documentos de propiedad. Se hizo con su riqueza, pero eso no le valía. Quería al hombre con el que bailaba, con el cual danzaba aquella noche.
Los jóvenes siguieron bailando, sonriendo y demostrando que a pesar de las adversidades todo en ellos era perfecto. Si bien estaban cansados de demostrar su amor en público y decidieron alejarse. Fueron al jardín y se sentaron al borde de una de las frescas fuentes. Aquel otoño venía enrarecido, hacía calor en las madrugadas y daba mañanas tibias. Por ello fue un consuelo encontrar aquel lugar desocupado, alejado de todos, y tan hermoso para una declaración de afecto.
Aquella mujer apareció, apareció de la nada cuando él iba a confesarlo todo. Venía con un par de guardias acusando a la amante del Príncipe de intentar envenenarla, de bruja. Louis se levantó con una sonrisa y notó que todos los de la fiesta se encontraban en el lugar.
-¡Miradla!-gritó.- ¡Una bruja! ¡Una furcia! ¡Una mentirosa infame! ¡Una asesina! ¡Señalando a mi futura esposa de lo que ella es!-gritó a viva voz.- ¡Miradla bien! ¡Tan falsa como la peluca que posee sobre su cabeza!
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