El Apocalipsis ha llegado y yo soy únicamente un espectador, nada más. Un nuevo mundo nace entre los cascotes, la era del dolor y la tortura ha llegado. Pronto la esclavitud será necesaria, ya que muchos se creerán superiores a otros y esos otros terminarán revelándose y creando un nuevo conflicto. Porque así lo es siempre, porque el ser humano no aprende y las guerras vuelven... las guerras siempre vuelven. Tanta codicia, tanta miseria en los corazones, tanta libertad para fusilar a los que son prácticamente niños en un paredón...tanto... y lo único que hacemos es recargar de nuevo las armas. Porque la violencia contamina cualquier alma, por muy pura que se crea.
Los ángeles no vendrán a bendecir los frutos futuros, la semilla del odio ha germinado y sus raíces son demasiado profundas. La Tierra está perdida, cualquier cosa al alcance del ser humano caerá en desgracia. No hay esperanza. Los niños que hoy nacen morirán pronto por el hambre, la enfermedad, una bala o simplemente aplastados por los muros de los ruinosos hospitales.
Decido arriesgarme y bajar de mi pequeño trono intocable. Desciendo con cuidado de no caer y romperme el cráneo, sería demasiado cómico morir así en unos tiempos como estos. Busco a vida, busco entre los cascotes algo que me sirva y lo único que obtengo es su fotografía.
Hacía días que no podía contemplar su rostro, como lo fue aquella mañana gris plomiza como esta pero llena de belleza. Su mirada ilusa de ojos rasgados y oscuros, su piel clara y embellecida por sus cabellos negros. Sí, esa sonrisa tan cálida en sus labios me dan fuerzas... me dan ánimos... me dan ganas de encontrarla aunque sea para un último adiós.
El ruido de los cascotes me alerta, alerta mis sentidos y apunto en la dirección con mi revolver. Ahora es mío porque se lo saqué al cadáver putrefacto de un policía... siempre quise tener una belleza como esa entre mis dedos. Pero a quien apunto no es un enemigo, ni un aliado, sino ella.
En este mundo infame únicamente tiene valía lo que ella me da o me quita. Porque ella es mi meta, mi salvación y la paz que necesito la encuentro entre sus brazos. No importa cuanto dioses tengas, en cual creas, si rezas o no... Yo tengo a mi propia Diosa, mi propia esperanza, mi propia fe... y es Ella.
-Miho.-susurro desorientado, para luego sentir sus brazos alrededor de mi cuello y sus besos sobre mi rostro.
No sé si estoy vivo o muerto, no me importa... en realidad nada importa si ella está a mi lado.
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