Durante el recorrido escuchó voces, vislumbró unos cabellos dorados y sintió unas manos algo gélidas, pero suaves. Pensaba que era un sueño, aquello no podía ocurrir. Estaba destinado a morir estúpidamente bajo una montaña de nieve y de hielo. No lo encontrarían hasta llegada la primavera, si es que lo hallaban en aquel bosque de pinos y arbustos de hojas perennes. El traqueteo del coche era como una dulce canción de cuna, igual que si fuera un niño y lo mecieran confortablemente en su cuna.
-My Lord ¿desea algo más de mí?-era un acento inglés muy marcado, tan marcado que le hizo sonreír recordando su vieja casa en Londres.
-No, así está bien.-susurró otra voz mientras notaba de nuevo esas manos, algo más calientes, acariciar sus cabellos.-Querido mío, te he salvado de las garras de la reina de las nieves.-murmuraron entonces en sus oídos y sonrió estúpidamente en sueños. Ese cuento le hacía recordar de nuevo a su infancia, infancia corta pero dulce.
-My Lord, debería ir a descansar ya casi es de día y su piel es delicada.-comentó de nuevo aquel inglés.
-Sí, si despierta ofrézcale caldos y jugos de fruta. También algo de carne y pasta. No quiero que mi invitado tenga hambre y se queje de malnutrición.-rió leve acomodando las mantas sobre su cuerpo, unas mantas agradables.
Después pasos cortos y largos, pasos simples y majestuosos, hasta llegar a una puerta y notar como se cerraba lentamente. Sí, así al fin volvía a estar en silencio y quizás de nuevo en la nieve. Sin embargo, al despertar en pleno día en una cama digna de un marqués o rey de otra época le sobrecogió.
El cuarto por completo estaba vestido por telas de seda fina, rojas como la propia sangre, la cama sin embargo resaltaba por su majestuoso dosel de cortinas blancas y negras con bordados en oro. En el techo había un escudo, pensó que tal vez perteneciente al hombre de aquella habitación y por supuesto de la casa en sí. Los muebles eran del siglo dieciocho, todos bien rematados y de un gusto refinado. Eran negros con bordes dorados, y las alfombras eran rojas con bordes negros. Había varias esparcidas por aquel suelo de madera de roble. Podía notar las betas de la madera bajo sus pies, tan elegantes y bien acabadas. Había una chimenea a un lado de la habitación de puro mármol y ostentosos candelabros de oro. El escritorio que había en la alcoba era digno de un presidente de gobierno de un país sumamente rico. Todo era elegante, ostentoso y majestuoso en cada detalle.
Decidió levantarse y se vio vestido con un camisón masculino, impoluto eso sí, que cubría todo su cuerpo e incluso parte de sus pies. No sabía que había ocurrido, tampoco donde estaba y todo le excitaba. Su corazón bombeaba a mil por hora, pensaba que iba a escaparse por su boca y terminar precipitándose en sus manos.
Optó por salir de la habitación y caminar por aquel largo pasillo. Los cuadros que se exponían eran de jardines opulentos y hermosos. Eran dioses griegos, también ninfas sin más. Por supuesto había una réplica, eso pensó, del baño de Apolo y de cuadros más centrados en la naturaleza y de una majestuosidad imposible de describir.
Caminando sin encontrarse ser humano alguno llegó hasta un gran salón. Parecía perfecto para un baile. Las cristaleras brillaban y dejaban penetrar la luz solar. La gran lámpara de cristal que colgaba, desde el techo hasta la mitad de la altura, de aquellos altos muros era increíble. Todo era increíble. Pero al girarse para observar todo, inclusive el gran suelo de mármol, observó un peculiar rostro.
Había un muchacho de su edad presidiendo todo. Era un cuadro exquisitamente dibujado. Los colores eran vivos, parecía real. Se aproximó dejando que sus pies descalzos resonaran. Aquella belleza enigmática le hechizó, sobretodo esos ojos azules como el mar en calma tras un intenso tifón. Sus cabellos eran dorados, ensortijados y caían sobre sus hombros.
-Despertó al fin.-aquella voz le era conocida ¿la había escuchado en el infierno? ¿Tal vez el infierno fue la inconsciencia?
-El señor aún no llegó de sus importantes, e imprescindibles, negocios y visitas sociales.-él no sabía que decir.
-¿Dónde estoy?-fue algo descortés, se suponía que ellos le habían salvado la vida y lo único que preguntó fue dónde estaba.
-En la casa del Marqués Lionel, por supuesto.-sonrió amablemente y clavó sus ojos oscuros en los del chico.-Es usted su invitado, lo encontramos en la nieve y él se compadeció dejándolo dormir en su propia cama.
-¿Cuándo dijo que volvería?-interrogó confuso, aún muy confuso, pero agradecido.
-En la noche estará aquí, pero antes de que hable con él debería tomar un buen baño y una buena comida.
Asintió y dejó que lo llevaran a un gran salón de baños, después de enjabonarse bien hasta la última zona de su cuerpo, lo condujo hasta un armario y tomó ropa algo actual pero no demasiado. Ese chico tenía su misma talla, pero vestía como hacía siglos. Luego comió copiosamente todo lo que le servían en las bandejas de plata. Podía reflejarse en los tenedores, usaba cualquiera pues desconocía cual era el de la carne o del pescado.
Cuando habían llegado al postre el muchacho del cuadro cobró vida. Se movió lentamente con elegancia en aquel comedor, inmenso y majestuoso como toda la casa. Su ropa era oscura, algo antigua, y sus cabellos eran los que soñoliento vislumbró.
-Me alegra que sea de su gusto como cocinan mis sirvientes.-susurró con una sonrisa sentándose junto a él.-Soy Lionel.
-Yo.-no sabía como presentarse, le había agarrado comiendo un pastel prácticamente con las manos. El marqués llevó uno de sus dedos a los labios del muchacho y se lo llevó a la boca.
-Cacao.-susurró con los ojos entrecerrados.-Muy dulce para mi gusto, ¿para el suyo está bien?
-Sí, demasiado bien. No puedo pagar el hospedaje, no puedo pagar lo que ha hecho por mí.-sonrió mientras él hablaba de forma atolondrada.
-Si la hay, cuénteme porqué estaba en la nieve y dígame su nombre.
-Lluis.-se aventuró a decir estirando su chocolatada mano.
-Oh, espere.-dijo tomando una servilleta junto a su mano, la limpió lentamente generando en él un rubor intenso.-Lluis ¿qué ha conocido de mi región?
-Un par de jóvenes descaradas, una mujer que no sabe cocinar, un hombre amedrentado por su esposa y dos viajeros muy peculiares.-al escuchar aquello Lionel se carcajeó.
-Conoce la fonda de la señora Ana.-susurró.-Es una buena señora, pero su hija se ha empeñado en limpiar el falo de cualquier visitante que…-el rubor se intensificó y Lionel se carcajeó aún más sonoramente.-Señor, ha caído en las garras de un súcubo muy tentador.
-Huía de ella, de sus ganas de experimentar y de su fogosidad.-comentó en un susurro avergonzado.
-Sí, muchos otros han huido de sus cariñosos cuidados al ver que cada noche iba pidiendo más.-se aproximó a él y besó sus labios lentamente.-Pero yo sé que ha huido porque ha despejado sus dudas, usted no ama un par de senos sino la belleza.
Aquello le tomó desprevenido. No iba a negar un beso de sus labios, pues amaba la belleza y caía cegado ante ella. Pero sobretodo debía mucho a ese joven, demasiado para negarse.
-Yo…-susurró.-vine buscando el significado de una carta y una muerte.
-¿Tan rápido ha corrido esa noticia? Vaya, creí que se convertiría en una leyenda de la región no en algo colectivo.-mientras hablaba desabrochaba los botones de la camisa de aquel avergonzado muchacho.-Vayamos a mi alcoba y le mostraré la verdad de lo que aquí acontece.
Él tan sólo le siguió cautivado por su elegancia, sus caricias y porque le mostraría la verdad. Caminó tras él, para luego caer arrodillado a sus pies frente a su rostro excitado.
Entraron en la recámara y el joven rubio se fue desnudando con rapidez, para luego ir hacia él y apartarle la ropa que sabiamente le habían prestado. Sus manos recorrían su vientre, su espalda y su rostro. Él se dejaba hacer por aquel extraño, sobretodo por la excitación que con un sólo roce lo aturdía. Sus labios bebieron de él, se aferró a ese frágil cuerpo tibio.
El marqués era una escultura marmórea, frío como el hielo. Sin embargo, la excitación parecía calentarlo sutilmente y aún más cuando arrodilló a su pequeña víctima. El joven quedó frente a él lamiendo lentamente su sexo. Sus ojos estaban entrecerrados, parecía haber caído en un sueño dulce. Sus manos se apoyaban en las caderas del que sería el domador de su cuerpo. Cuando su boca se apresuró a rodear el sexo de Lionel sintió una excitación inusual. Lluis estaba cautivado, aún más que por el cuerpo de aquella mujerzuela.
-Así es, succiona con lujuria y necesidad.-susurró hundiendo la cabeza, de su nuevo juguetito, hasta el fondo.-Aprenderás a servirme, a desearme y a esperarme en las noches.-murmuraba jadeante.-Yo te domaré mi intrépido y estúpido muchacho.-susurró tirándolo al suelo para abrir su trasero.-Estrecho y frágil, como una virgen en el altar para ser sometida por el peor de los demonios.
-Lionel.-jadeó.-Todo esto es extraño.-cerró los ojos abriendo un poco más las piernas y notó los dedos de su amante hundirse hasta su vórtice de placer.-¡Lionel!-gimió bien alto.
-Eso es, haz que todos los criados sepan que te estoy poseyendo.-susurró moviendo hábilmente sus dedos en su interior.-No puedo más, no quiero agrandarlo para que después sólo sientas placer. Para tener poder y satisfacción primero hay que sufrir.-apartó sus dedos y hundió su miembro, duro y palpitante.
-¡Dios!-gritó el muchacho siendo abrazado por aquel marqués, elegante y sutil, que le había excitado nada más verlo en un magnífico retazo de arte.
-No, dios no.-susurró.-Tu vampiro.-dijo antes de mostrar sus colmillos y morderle el cuello para beber de él.-Tu maestro.-susurró cuando lo dejó prácticamente muriendo, arremetiendo contra su cuerpo, para acabar cortándose la muñeca y dándole de beber.
El orgasmo jamás fue tan intenso, jamás tan glorioso. Lionel al fin consiguió a su esclavo eterno, su compañero. Lluis a un amante protector y celoso de incluso el aire que le rodeaba, además de descubrir el misterio que dominaba aquella carta.
Ese estúpido escritor dijo No, pero él estaba seducido… él estaba destinado.
Fin
Espero que te gustara mi pequeño relato de cumpleaños Ryu

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