-Yo llamo a los demonios, a esos que jamás tuvieron una sonrisa en sus rostros y sí demasiado dolor en sus almas. Carga la capa oscura de la noche, carga en ti la amargura de las lágrimas no vertidas, y suplica otra vez por tu vida. Renace, pequeño y cruel ser, renace. Expande tus alas, ábrelas, y haz que la muerte nazca en el corazón de una novia el día de su boda.-me paré observando el tráfico, bajé los brazos y me desplomé sintiendo como mi cuerpo era atraído por la gravedad de la tierra.
Fueron segundos tal vez. Sí, fueron segundos. Pero acabé de rodillas llorando en el asfalto. Era un maldito vampiro, un proscrito, y a la vez un demonio usado por el bien de Dios. Las personas que caminaban a mi alrededor no entendían nada, no habían visto mi caída y mucho menos entendían porqué estaba allí llorando. Recobré la compostura, no deseaba las miradas de lástima de las mujeres que me observaban.
-Isabela.-susurré buscando un cigarrillo, el otro cayó por inercia al suelo. Lo encendí y le di una calada. Me di cuenta que frente a Momo renegué de una mujer, pero no de ella.
La primera mujer con la cual debía casarme se llamaba Midori. Era hermosa, lo reconozco, tenía un talento sin igual para atrapar a los hombres y llevarlos a la locura sin tan siquiera tocarlos. Hoy comúnmente, por no decir de forma vulgar, se las denomina hechiceras o brujas.
La segunda mujer con la que debería contraer matrimonio era Isabela. Una mujer hermosa, un jazmín entre la podredumbre de aquellos locos años. Fueron los años de una crisis terrible en Estados Unidos. Los años de la gran depresión. Yo sin embargo seguía ganando dinero en mis espectáculos, ella era mi gran estrella, y mi gran amor. Pude haberla convertido, pero sabía que se aterraría de lo que era y soy. Mi amor era tan grande por ella que deseaba aparentar ser humano, cuando hasta entonces tan sólo imitaba serlo.
Murió en mis brazos ese hermoso regalo, ese ramillete de flores y con ello murió mis sueños. La fragancia de Isabela se perdió en mi colchón y yo perdí la cabeza. Estuve años encerrado, buscando inspiración, y una noche la retomé. Compuse durante días, no sé si fueron semanas o meses. No calculaba bien cuánto tiempo fue. Estaba encerrado en un viejo teatro semiderrumbado en Nueva Orleans, al reaparecer eran los años ochenta y regresé a Japón. Las ideas que llevaba en mi cabeza y en mi cartera no eran para ciudades como aquella, sino para lugares únicos como mi país natal. Al llegar noté cambios bruscos, demasiado, el suelo temblaba bajo mis pies y en realidad eran mis piernas.
Estuve más de una década en Japón, fui reconocido mundialmente y di varias giras. Pero al final me cansé y fingí mi muerte. Dejé de usar maquillaje para envejecer un par de años y evitar sospechas, como también dejé de cantar. Durante cinco años estuve oculto, relajándome con cuanta mujer conocía y también con los más hermosos jóvenes. Si bien, volví a la escena musical declarándome mi propio hijo, tuve el mismo éxito arrollador y desaparecí en una trágica muerte. Todos hablaban de un clan maldito, el clan Sakura.
Ella no sabe nada de eso. Momo no sabe nada y lo mejor es que así sea. No deseo dañarla, así que simplemente me dedicaré a contemplarla. Si desea mi ayuda para impulsarse a la fama ahí estaré yo. Pero reniego verla de otra forma, será mi protegida, y como amante me buscaré a otra. El amor en realidad no existe, cuando se evapora sólo queda el amor por uno mismo y por ello hay que buscar a quién mejor nos cuide. Momo no sabría cuidarme y yo no sabría hacerla feliz.
¿Para qué complicarse la vida? si una chica no te quiere, puedes estar con otras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario