† ¿Qué hacer cuando todo lo que tienes entre tus dedos se vuelve polvo? ¿Sobrevivir a cientos es un don o una maldición? †
Cercano al 1502, tras la venida de nuestro señor Jesucristo, un noble fue avasallado por el poblado vecino a sus tierras. Estos contaban que no salía cuando el sol despuntaba en todo lo alto, puesto que según el noble estaba aquejado por una extraña enfermedad, y por la amanecida podían notar el azufre recorrer sus calles, también las de un pueblo cercano, calles donde siempre encontraban a un zagal sin una gota de sangre o una joven moza de senos turgentes y de aroma dulzón. Fueran quienes fuesen aparecían con dos pequeñas marcas y con el velo de la muerte en sus ojos.
Mas pongámonos en el inicio de tal desventura, de la locura que cernió a una comarca por entero. El noble, un marqués muy acaudalado, llegó a la región y adquirió el castillo. Según se sabe por las escrituras del censo este decía proceder de las lejanas tierras de Rusia y había viajado hasta el sur de Europa buscando tierras más cálidas, además de apacibles.
Un hombre de aspecto enfermizo y frágil, aunque con la belleza de un ángel de ojos inexpugnables. Era joven, apuesto y rico heredero siendo así para las mozas de la zona un artículo de adquisición importante. Se notaba en su mirada algo extraño, pero se restaba importancia ya que siempre se hacía mención a su débil estado de salud.
Aún hoy se conserva con cuidado el retrato de aquel monstruo, para unos, alma en pena, para otros. Sus cabellos largos y ensortijados de cabellos rojizos, sus labios suaves y su piel blancuzca casi trasparente... se muestra ante nosotros en la única sala del castillo que no fue quemada, y por lo tanto tampoco restaurada. Sus fieles y elegantes cortinas de sedas son las mismas que él mandó colocar, la chimenea sigue brindando calor acogedor al visitante…un calor que parece provenir de bocanadas de aire regaladas del mismísimo Lucifer, pues jamás se volvió a usar desde esa tétrica noche. Se dice que era su despacho, aunque tan sólo se pudo encontrar en ella la enigmática obra.
El nombre de tan enigmático muchacho era Yarik. Un amante de la naturaleza, según él mismo, y de las fiestas. Desde que llegó siempre estaba lleno su palacio, las mejores de todo el reino y sobretodo las más exuberantes. Las mujeres danzaban a su alrededor, pero él siempre se mantenía serio observando todo con minuciosidad. Él, esos ojos verdes de felino, se cruzaban con los hombres más influyentes de la época y ni parpadeaban. Hacía que todo aquel que cruzaba su mirada con él la bajara, pues imponía respeto a pesar de su juventud. Jamás se dató su edad, quizás los veinte o rozándolos sin más. Sus padres, según él, aún vivían y se mantenían al margen de su vida.
Solía salir en las noches vestido como si fuera de luto, una capa negra de terciopelo cubría su cuerpo, y también parte de la montura de su percherón. No importaba si nevaba, diluviaba o simplemente era una noche de calor intenso, él tenía que salir del castillo hacia los terrenos boscosos. La luna en todo lo alto lo transformaba, le daba una apariencia superior a cualquier hombre jamás conocido. Más de un campesino se cruzó de camino a la aldea con aquella montura, con ese jinete cargado de misterios, y sobretodo con su voz suave azuzando al caballo mientras sus manos níveas agarraban con firmeza las riendas.
Los primeros crímenes tuvieron constancia el mismo día que se cumplía una semana de su estancia. La primera fiesta y la primera muerte. Fue un joven afrancesado de veinte años, seductor con las mujeres y todo un ganador cuando se trataba de competiciones de caza mayor. Se le vio conversar con Yarik horas antes, de forma animada y distraída, mientras el noble seguía mostrándose tan lejano como amable. Se le encontró en la fuente del pueblo, sin camisa y con mordidas en su torso además de arañazos como los de un gato montés.
El joven extranjero no negó aquella conversación, pero sí su implicación en su muerte. Había sido un animal, eran mordidas y arañazos tales de una bestia. Aunque algunas damas, celosas de su magnetismo y del coqueteo desvergonzado que tuvo con el fallecido, lo señalaron como el causante. Él no se defendió, tan sólo mostró sus manos inmaculadas y observó a las fuerzas de seguridad que le rodeaban.
“¿Son manos de asesino?” declaró “¿Matarían estas manos a un joven de aspecto rudo?” dijo clavando sus ojos misericordiosos al mayor de todos ellos “Soy débil, enfermo y jamás haría tales cosas de las señaladas. No me acusen a mí, acusen a la imaginación de dos furcias celosas envenenadas por la ira”
En esa ocasión se marcharon sin más, no tenían pruebas y tan sólo la declaración, que como bien dijo, era de dos mujeres cegadas por un sentimiento tan vil como negativo. Él simplemente prosiguió los juegos de seducción en el castillo, vals con máscaras y pequeñas cenas con viandas cargadas de alimentos exóticos. Él danzaba con mujeres, mujeres que terminaban aburriéndolo con su conversación hueca y cargada de erotismo. Sin duda Yarik estaba más pendiente de los hombres más toscos de la región, inclusive de algunos de la fuerza de seguridad y burgueses cruentos que lo observaban como un desvergonzado.
La segunda muerte fue la de una muchacha que vendía fruta en las calles, su cesto cargado de manzanas se encontró arrojado próximo a la fuente y en la calle cercana su cadáver. En un momento de tumulto, donde todos eran otros y fingían no conocerse, él pudo hacerlo. Se escapó de la vista de todos, corrió hasta el pueblo y robó aquel preciado líquido. Pero todo son conjeturas.
Si bien, las muertes no cesaron. Semana tras semana, mes tras mes… llegado al año una tropa liderada por aquellas dos mujeres se presentaron en la puerta del castillo. Entre las filas de aquella hilera de ciudadanos había nobles y apestados, todos juntos alzándose con antorchas y clamando a gritos que abrieran las puertas. Querían purificar el castillo y acabar con su vida.
Como pudo montó en su caballo y corrió entre las nieves, galopaba como si fuera posible escapar. Si bien, sabían que escaparía y que no se entregaría, por ello otro pelotón lo esperaba en el centro del bosque. Allí lo despojaron de sus ropas, le hicieron caer a la fría nieve y lo quemaron. Sus gritos aún hoy se pueden escuchar meciéndose entre las ramas. Gritos de piedad y desconsuelo. Gritos de un condenado del infierno que paga por el pecado… de la supervivencia.
† ¿Qué hay de malo la caza de humanos? Ellos cazan animales, se matan en guerras, y a un vampiro se le acusa de asesino. Tan sólo come, tan sólo sobrevive. ¿Qué hay de perjudicial en ello? ¿Qué? †
Aún hoy no lo entiendo…
Yarik
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