Mis pasos se movían rápidos a la par
que elegantes por las calles engalanadas de París. Los negocios más
llamativos y controvertidos parecían llamarme de forma tentadora.
Las mujeres más exuberantes con los perfumes más delicados sobre
sus escotes, sus miradas llenas de lujuria contenida y esa sonrisa
deliciosa parecían tentarme desde el interior de aquellos cabaret.
Conocía a varias deliciosas damiselas que habían coqueteado conmigo
noches atrás, las perseguía con la malsana intención de adueñarme
de su vida en medio del fogoso frenesí del sexo. Sus cálidas pieles
se pegaban a mi cuerpo de mármol y sus besos en mi cuello eran
deliciosas ofrendas al descaro. Pero por supuesto, existía quienes
sólo veían en ellas lo vulgar y el mayor ejemplo de ese tipo de
ciegos era Louis. Para él sólo eran putas, rameras cualquiera
dispuestas a ofrecerse con facilidad.
-Bonsoir monsieur.-susurró uno de los
guardias de la puerta de acceso al fastuoso Molino Rojo.-¿Tiene
invitación? Esta noche es especial, dentro sólo pueden estar
hombres cuyo prestigio pueda ser puesto en entredicho. Sólo
caballeros con cierto poder, ¿comprende?
-Oui.-dije sacando de mi bolsillo una
carta aromatizada de una de las chicas.-Poseo invitación.
-¡Lestat!-escuché su estridente voz
llena de rabia, una rabia deliciosa aunque le hacía parecer un
muchacho molesto porque no lo habían invitado al baile.
-Oui?-susurré girándome con una
encantadora sonrisa serena que se convirtió rápidamente en
carcajada. Me había tomado por las solapas agitándome como si fuera
una maraca. Realmente estaba molesto por mi actitud.-¿Qué deseas?
¿A caso estás molesto porque no te invitaron?
-¡Sabes bien la causa de mi
molestia!-gritó aún más molesto que antes.-¿Dónde crees que vas?
-Dentro.-dije colocando mis manos sobre
las suyas.-Necesito que me complazcan más allá del vulgar bistec de
cada noche, el cual se vuelve correoso si no añado un poco de
picante. Y, querido, ellas son el picante.
-¡El picante! ¡Sólo a ti se te
ocurriría calificarla con semejante apelativo!-gritaba como mujer
molesta porque su esposo le había dejado para ver un partido de
fútbol.
-¿Ocurre algo señor? ¿Desea que
llame a la seguridad?-preguntó el hombre que estaba a mis espaldas
mientras yo me carcajeaba, Louis parecía estar dispuesto a golpearme
hasta hacerme perder la conciencia.
-No, para nada. Mi amante parece
molesto hoy, tal vez no deba entrar o quizás sí.-dije logrando
apartar sus manos de mi caro traje, el cual ya había quedado
arruinado.-Maldita sea, Louis.-gruñí ofendido mientras acomodaba
mis solapas.-¿Se puede saber en qué piensas?
-¿En qué piensas tú?-dijo
sobrecogido, la voz ahora era como hielo quebradizo. Sabía que
estaba a punto de romper en llanto.-¿No ves lo que haces? Juegas con
mis sentimientos, vas y vienes cuando quieres y yo estoy harto. Estoy
planteándome dejarte con tus historias de sexo en cualquier esquina,
con cualquier mujerzuela o furcia que te la endurezca mejor que yo.
Lo estoy planteando seriamente.-dos escandalosas lágrimas
sanguinolentas surgieron de sus ojos en dirección a sus labios
fruncidos en un puchero.
-Por el amor de Dios, Louis.-dije
hastiado por esa tonta escena de celos que se marcaba frente a mí,
la cual era de lo más excitante aunque lo negara.-¿A caso no
aprendes? Por mucho que digas nada haces, vienes a mí si chasqueo
los dedos y olvidas cualquier roce que halla tenido mi bragueta.-me
acerqué a él acariciando sus mejillas, las cuales ardían por la
furia. El resto era un muñeco de mármol blanco esperando cobrar
vida, salvo por esos ojos de un color verde tan intenso.-¿Quién te
hará el amor mejor que yo? Nadie. Nadie sabe lo que tú ansías,
porque nadie te comprende salvo yo. Todos estos arrebatos de celos no
son otra cosa que llamadas de atención, las cuales puedo llegar a
comprender hasta cierto límite.-mis pulgares extendían la sangre
roja de sus lágrimas por sus mejillas hasta su mentón.-¿Por qué
no gastas mejor tus energías en demostrarme que el sexo contigo aún
posee cierto interés y magnetismo?-hundí mi pulgar derecho en sus
suaves y jugosos labios, los cuales no dudaron ni un segundo en
succionar el dedo mientras me miraba intentando que mi sangre
hibiera.
-¿Señor usará su invitación?-aquella
molesta voz de aquel inútil seguía interrumpiéndonos.
-No, creo que esta noche me divertiré
torturando a un colérico amante.-murmuré riendo bajo.-¿Tan
necesitado estás? Sólo hace cinco noches que no te toco.
Aparté mis manos de él, pero las
suyas se fueron a mis hombros. Su cabeza quedó apoyada en el centro
de mi torso mientras lloraba. Mi traje ya era un amasijo de arrugas y
restos de su llanto. Mis manos fueron a sus cabellos negros, tan
sedosos como el primer momento en el cual nos cruzamos, aspiré su
aroma sonriendo como un maldito canalla. Olía a desesperación, algo
que siempre me atraía de él pese al amor que le profesaba en
silencio.
-Louis, eres un estúpido.
-Realmente un día vas a perderme, me
cansaré de mis miedos y me iré.-respondió aún bastante molesto.
-Mi apreciado amigo y amante.-susurré
tomándolo de los hombros para poder contemplarle fijamente a los
ojos, deleitándome de esa forma de aquel rostro bañado en
lágrimas.-Lo dudo.
No dejaría que así fuera, aunque
tenía una pose de malnacido ofreciéndose a ser el rey de los
infiernos para él, jamás permitiría que lo hiciera. No tenía
seguro que permaneciera a mi lado, sin embargo tenía tácticas que
podían hacerle regresar como si su mundo fuera únicamente el mío.
-Vamos, te llevaré a un hotel cercano
para que descanses y recapacites tus malos modales.-susurré
tomándolo por la cintura, mientras él parecía quedar pensativo.
-En ocasiones pienso que únicamente
haces todo esto para molestarme. Parece una necesidad insana de
hacerme sufrir sin medida alguna y como únicamente tú sabes
hacer.-comentó.
-Oh, no lo sé.-dije encogiéndome de
hombros, pues era evidente que mi juego era provocarle para después
calmar sus celos con algunas palabras aún más envenenadas.
Nuestros pasos no nos condujeron a un
hotel como le había asegurado, ya que nuestra mansión en París
estaba al otro lado de la ciudad y no deseaba malgastar mi tiempo
llevándolo hasta allá. Quería ahorrar cada segundo y llevar a cabo
el plan que empezaba a marchar en mi mente.
-Lestat, no veo ningún hotel.-dijo
intentando hallar por aquella estrecha calle algún luminoso que le
diera cierta seguridad, sin embargo al hallarse con un puro
entorpeciendo su paso tembló y esta vez de miedo hacia mis
siguientes acciones.-Es un callejón sin salida, estás jugando
conmigo.
-No.-susurré.-Es un hermoso
hotel.-dije apoyando su torso contra el muro y dejando que el mío
aplastara su espalda.-¿No ves la recepcionista que te sonríe?-dije
sacando su cinturón.-Ahí viene el botones.-añadí antes de
agarrarlo por las muñecas, puesto que comenzó a sentirse agitado
negándose a mis caricias.
-¡Suelta! ¡Aquí sólo hay mugres y
como mucho alguna rata muerta!-expresó molesto.
-Y la puta que voy ha tener esta noche,
puesto que no me dejas otra elección. Si no puedo tener una tú lo
serás, y no te importará el lugar o las condiciones de este.
¿Cuánto me amas Louis? ¿Me amas hasta el extremo de olvidar el
pudor y ser eso para mí? Concédeme el deseo.-susurré dejando que
mi aliento se pegara a su piel.-Házmelo saber.
-Te amo todo lo que tú no me amas a
mí.-susurró lagrimeando otra vez.
Y aunque la primera vez me bastó con
burlarme para olvidar la opresión que sentía en el pecho al
escucharlo, esta vez no fue así. Me sentí un malnacido por hacerlo
llorar con aquella rabia contenida. Sin embargo, desabroché sus
pantalones introduciendo mi mano derecha dentro de su ajustada ropa
interior.
-No seas idiota Louis.-dije besando su
cuello.-Yo sí te amo, pero mi amor es tóxico y cruel.-susurré
apoyando mi mentón sobre uno de sus hombros.-Nunca comprenderás
hasta que punto lo hago.
No replicó a mis palabras pues la
sensibilidad de su cuerpo comenzó a contarme una historia distinta,
sus caderas se movían de forma suculenta rozándose de esa forma sus
nalgas contra mi bragueta. Mi mano derecha agarraba su miembro
ofreciéndole cierta presión sobre el inicio de este, la izquierda
acariciaba su torso sobre aquella fina camisa de algodón blanco.
-Louis, no me llores.-murmuré al notar
que temblaba nuevamente de rabia, completamente agitado, mientras el
placer intentaba anular cualquier resistencia.-Aunque tus lágrimas
me excitan.-susurré cerca de su oído izquierdo, lamiendo su cuello
y mordiéndolo para enterrar en él mis puntiagudos colmillos.
En un acto salvaje le despojé de todas
sus prendas arrebatándolas con fuertes tirones, los cuales
prácticamente le hacían perder el equilibrio. Giré su rostro hacia
mí, para luego hacerlo con su cuerpo al completo, mientras me
recriminaba a mí mismo.
-¿Cómo no voy a llorar?-dijo
aferrándose a mis hombros dejándose hacer, ya no tenía fuerzas
para apartarme.-El hombre que amo me trata como una colilla y sin
embargo no tengo la entereza de irme lejos.
-Ningún lugar será lo suficientemente
lejos para que te escondas.-susurré besando su cuello mientras abría
sus piernas, acomodándolo en una posición cómoda para ambos. Mis
piernas quedaron entre las suyas permitiendo a mi rodilla derecha
masajeaba su miembro.
Mi boca atrapó la suya antes de poder
soltar algún reproche, permitiendo así a mi lengua enroscarse en la
suya hundiéndome entre sus labios como un demente. Con cierta
rapidez sobrehumana me deshice de mi cinturón y bajé la cremallera
de mi pantalón, permitiendo de esa forma liberar mi miembro de la
prisión de tela a la cual estaba sometido.
-Me has obligado tú, recuerda.-susurré
cerca de sus labios introduciéndome con violencia en su interior.
Sus lágrimas le hacían parecer un
mártir en brazos de un demonio, sin embargo apostaba que su interior
se calentaba con cada una de mis arremetidas. En pocos minutos estaba
aferrado a mí acariciando mis cabellos y prácticamente tirando de
ellos. Enredó sus dedos en mis rizos dorados y su lengua deseaba
adueñarse de mi boca. Me había obligado a condenarlo conmigo
nuevamente, a provocarlo el placer desde el dolor. Mi miembro
perforaba su interior impunemente.
-Lestat...
Comenzó a gemir de forma desatada,
como si todo su cuerpo pudiera sentir la invasión que estaba
sufriendo su duro trasero. Su aspecto era el de un hombre entregado
al desenfreno, o quizás el de un beato amando a su Dios con fervor.
Parecía rezar mientras destrozaba sus costados llenándolos de
surcos a causa de mis arañazos, mi boca bebía de la suya y mis
colmillos acabaron perforando sus labios para beber parte de su
sangre. Notaba como sus brazos se aferraban a mi figura hasta que
incluso sus manos se agarraron a mis nalgas para tirar de mí, tal
vez buscando mayor profundidad de cada una de mis penetraciones.
-Louis, ¿quién es tu Dios?-dije entre
jadeos mientras le contemplaba sumergido en el placer.
-Tú, tú eres mi único Dios.-murmuró
desvergonzado y deseoso por sentirse completamente mío.
Enterré mi miembro por completo entre
sus nalgas vaciándome, a la vez que él llegaba al orgasmo
aprisionando mi miembro. Comencé a reír nada más salir de él al
verlo tan entregado, aferrado a mi como colegiala de quince años
recién descubriendo el amor. Acaricié sus cabellos azabaches y besé
su frente perlada por gotas de sudor sanguinolento.
-¿Ves Louis? No hay furcia mejor en
esta ciudad que aquella que duerme cada noche en mi lecho, la cual me
tiene como su Dios particular y a la vez como su demonio.-susurré
antes de besar sus labios, obligándole a perder el escaso aire que
estaba acumulando en sus pulmones. Era un reflejo que manteníamos y
que era inútil, aunque así lo buscábamos como él me buscaba a mi.
Dedicado a un buen amigo mío, el cual me está ayudando a mantener no-muerto a mi Lestat.
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