Y renaceré como el cuervo, te encontraré tras la muerte, para atraparte entre mis garras y destrozar tu cuerpo con mi frenético deseo. Regresaré para amarte.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Fin de lo conocido.

Sed. La sangre llama a la sangre. La sequedad de mi garganta era desoladora. Podía sentir como me era imposible hablar, o simplemente mover mis labios. Mis ojos se clavaban en los cuellos de todos aquello estúpidos que se guarecían por la lluvia torrencial de primavera. Una de esas que vienen como se van, rápidamente y sin dejar recuerdo alguno. Los pasos de los transeúntes se habían animado, igual que el claxon insufrible de los automóviles y por supuesto el tintineo de las gotas de lluvia que perdían la vida al caer al mugriento suelo de la ciudad. Un día gris, un día donde la sed me dominaba.

Mis cabellos rubios estaban revueltos sobre mi frente, se pegaban a esta porque estaban empapados igual que toda mi ropa. La gabardina negra, la cual rozaba mis botas sucias y desgastadas, empezaba a pesarme demasiado. Bajo esta sólo llevaba una descolorida camisa azul pavo real, unos pantalones negros algo ajustados de tela gruesa y un colgante con la sangre de alguien querido. Él no estaba a mi lado, jamás lo estaba cuando tanto le necesitaba.

No sólo sentía rabia y, por supuesto, sufrimiento al sentirme sediento y no encontrar el momento oportuno, tampoco el lugar ni la víctima perfecta, sino por él. Se había vuelto una necesidad transcendental en mi vida, encontrarlo a pesar de los años de rechazo y las palabras vacías que se clavaban como puñales. A pesar de todo le amaba, porque él era la única razón por la cual seguía exponiéndome y buscándole aunque lo negara mil veces. Su sufrimiento, el sentir que sufría por mí, me volvía vivo como la gran leyenda que era.

Mis ojos grises con toques azules y violetas se volvían despiertos, agudos y desconcertados, cuando topaba con un nuevo rostro. Buscaba víctimas que se parecieran a él, para beber de su cuello sin desperdiciar ni una sola gota de su sangre. Mi estúpido mártir, ese que una vez dije despreciar y que por supuesto sólo mentía, como siempre, no estaba y seguro que se encontraba cómodamente recostado junto a la furcia que tenía por amante.

La nueva compañía, mi compañero, era un demonio con piel de mujer y espíritu de hombre algo violento, pero sutil. Era la dualidad hecha persona, la mariposa que desencadenaba el huracán. Siempre lo admiré, su amor me quemaba y cicatrizaba las heridas que se abrían cada amanecer. Negar su atracción hacia mí sería mentir, pero yo ya estaba cansado de mis mentiras. Amaba sus besos cortantes, su abrazo en ocasiones asfixiante y la sonrisa cruel que poseía cuando alguien osaba sublevarse a su poder. Ingenioso, mordaz y sincero... pero no llenaba el vacío que ese maldito imbécil de ojos de zafiro había dejado en mí.

Y mientras me lamentaba hasta de mi propia sombra, intentando por supuesto encontrar el momento idóneo para saltar al cuello de cualquier idiota, aquella explosión hizo caerme hacia atrás. Los cielos comenzaron a rugir, el mundo parecía abrirse bajo mis pies y el temblor comenzó a sacudirlo todo. Los coches volcaban, explotaban o simplemente eran el vehículo de huida hacia zonas más deshabitadas. Todo parecía haberse sumido en un caos de relámpagos, explosiones y lava que brotaba incluso de las alcantarillas.

Los ángeles comenzaron a llover del cielo, junto a las gotas de lluvia, algunos con las alas destrozadas y otros simplemente carbonizados. Los pocos que sobrevivían a la dura caída eran socorridos por los que se ocultaban de los ojos mortales, sus alas blancas resplandecían abriéndose en el último vuelo en busca de socorro para los suyos. De cada una de las grietas que se crearon en tierra firme, de las inmensas lenguas negras de cemento, surgían demonios con el horror en sus rostros. Estos también socorrían a los suyos e incluso a los ángeles, pues en esta ocasión estaban del mismo bando. Hombres y mujeres de todas las edades morían aplastados por el derrumbe de los edificios, otros simplemente corrían de un lugar a otros. El resto de criaturas, como yo mismo, simplemente acudíamos atónitos al final de la eternidad.

-¡Ayúdeme!-gritaba una prostituta que había sido herida por uno de los cascotes.-¡Por favor!-su rostro de muñeca quedó destrozado al caer otro trozo de la fachada más próxima.

-¡Os dije que Dios se vengaría de todos ustedes! ¡Os advertí que el mundo vendría a su fin!-gritó un sacerdote con más de diez relicarios en sus manos, todos ellos los agitaba tembloroso y lleno de terror.-¡Vamos a morir por la ira de Dios! ¡Arrepentíos!

Cerré los ojos apretando con fuerza mi mandíbula y mis manos, hundiendo mis uñas en las palmas de estas, para terminar corriendo buscando a mi viejo amante. Si iba a morir quería explicarle porque siempre lo lastimaba, el porque de mis mentiras, y finalmente volar en mil pedazos. Corría entre una marea de humanos, vampiros, ángeles, demonios y seres de otros mundos. Aquellos pobladores que estaban junto a los humanos, pero sin ser vistos, gritaban aterrados mientras los animales no dejaban de agitarse en sus jaulas, correr despavoridos arrastrando a sus amos o simplemente lamentarse como el resto del fin de una era... de un mundo.

No recuerdo nada más. Sólo sé que cuando todo acabó el mundo parecía haberse engullido a si mismo. Los mares habían asolado cientos de ciudades, las montañas eran más altas o más pequeñas, algunos continentes se habían aproximado a otros y alejado de aquellos de los cuales habían sido vecinos. Un nuevo mapa, un nuevo mundo, y los pocos supervivientes gemían adoloridos y aún llenos de temor.

-Parece que se cansó de esperar y tomó el mismo las riendas.-dije casi sin aliento contemplando a un hombre rubio, de aspecto impoluto, alzarse con plumas doradas frente a todos.

-¡Ten piedad! ¡Son tus hijos! ¡Somos tus hijos! ¡Danos la última oportunidad!-el silencio tras sus palabras fue sobrecogedor y es conocido como el minuto cero de esta nueva vida.

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Derechos de Autor y Licencia

Safe Creative #0906284062744
muerte por vida
un precio caro
pero habitual
somos animales
somos todos animales
hijos de un dios
hijos de las sombras
hijos de la eternidad
no podemos renegar
no podemos olvidar
incluso lucifer fue engendrado por él
la concepción que él nos ha dado
nos ha hecho ser como somos
por eso matamos
porque está en nuestra naturaleza
¿somos tan terribles?
¿más que un asesino despiadado?
¿más que un dictador?
¿más que un hombre que enseña a su hijo a matar avecillas?

...

no somos monstruos
simplemente sobrevivimos...
con tu sangre
con tu alma
pero es supervivencia.

aqui gana el más fuerte

Sueños - AWR


sueño profundo y doloroso... sueño de sangre y noche
sueño contínuo en lo eterno...
sintiéndote navegar en eter...
un eter que se vuelve fangoso... rojizo... sublime
¡Sangre!... sólo sangre... cálida y fresca... deslumbrante
nube vamporosa con aroma a mujer...
la primera víctima de la noche... la elegida.
tacones lejanos con contoneo de caderas carismático...
para luego escuchar un grito de terror...
y luego...
y luego... NADA

Dama Sombría

Dama de las sombras
mujer de corte oscura
tú vienes a cortar el último hilo de vida
el último aliento..
cruel dama nocturna
cruel mujer...
que viene junto a la muerte, de la mano
señora que sonríe... que se jacta de mi destino
mientras la calavera señala mi destino... un foso... un lugar junto a la tierra y sus gusanos.
hoy yaceré muerto al despuntar alba
hoy... habrá acabado mi andanza por la tierra
hoy descansaran mis huesos, pero no mi alma.
Si bien... cruel aunque hermosa
desfilaras con la muerte, danzarás con ella, y la luz del día disipará tu figura.
tal vez lloren por mí, canten salmos y las campanas repiquen...
como tal vez termine como Paganini... en un carro... esperando sepulcro durante años.
danza y ríete de mi miseria
hija de la noche
mujer que no da tregua...
capa oscura y pesada, fúnebre sombra
que engalana el manto de la muerte.

somos idiotas afortunados

La vida cae... en una persona... el telón cae

cae pero otra empieza

empieza en un mundo rojo.... teñido por la sangre

con el ruido del tañir de las campanas de una muerte que yace en el campo santo del olvido...

un mundo donde los esperanzados son pocos...

y los diablos sin rumbo muchos

somos diablos

pobres almas

desamparados

odiados hombres de paja

que añaden a la historia... a la historia del día a día...

historia que despreciamos y amamos por igual

somos idiotas

que no agradecemos lo que tenemos

que detestamos el suelo que pisamos

pero cuando van a levantar la hoz para que espiremos... gritamos, lloramos y rogamos.

somos afortunados

y no nos damos cuenta

que esos pequeños baches

que esas soledades

y esos silencios sin sustancia

son la savia de algo grande

es la sangre de la mortalidad

y de la inmortalidad en si misma.