Dicen que de inmediato mueres, pero eso no lo sabes. Tal vez esos breves segundos te dan para iniciar un padre nuestro, quién sabe o quién quiere saberlo. Nada. No hay nada. Sólo silencio y olor a pólvora, así como el leve chapoteo de los pasos del destino deslizándose por el callejón. Pronto se escuchará un murmullo, gritos, ajetreo, la calle se llenará de agentes, el sonido de la cinta policial, los flash cayendo sobre la escena del crimen y quizás... sólo quizás... vuelva a tener su propio nombre junto a una lápida y un poema que rece lo estúpido que fue.
“No puedes huir de mí”, le dijo, y él jamás le hizo caso.
Así es el pecado de los juegos en negocios turbios, jamás salen bien y mucho menos para un ladrón de medio pelo.
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Como siempre yo soy el autor, no jodan.
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