
Ella se hallaba a escasos metros, aún luchaba por salir viva de aquel mal sueño. Boqueaba como pez fuera del agua, sus ojos se abrían quedándose fijos en un punto más allá de su hermano. Deseaba salir de allí, huir bien lejos, y sentir de nuevo la fría nieve cayendo sobre sus cabellos.
Se habían odiado más que Caín y Abel, un odio irracional por unos cuantos cientos de dólares... todo por una herencia... que resultó no pertenecerles, ni a uno ni al otro, sino a la nueva esposa de su padre, la cual esperaba un hijo y tal vez el fruto de un nuevo error.
Murieron para nada, o tal vez para aleccionarnos... la codicia, la envidia, la traición y los malos augurios pesan más que el razonamiento y los denominados lazos de sangre. A veces tu peor enemigo ha germinado y bebido de la misma fuente que tú lo hiciste, duerme a tu lado y respira tu mismo aire soñando quizás con las mismas grandezas.
Y así fue como una tranquila mañana de Acción de Gracias se transformó en sangre, pólvora y odio.
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