Para ella era la primera vez que estaba en aquella esquina, su primera vez como prostituta y la primera vez que se abriría para un hombre. Su chulo la acompañaba, era buena mercancía, y el trato se cerró con un buen precio a cambio de una noche que parecía ser demasiado buena para ser cierta.
Para él no era la primera vez que iba allí, sobretodo desde que su mujer dejó de tener interés para esos juegos a pesar que aún la quería. El dinero no lo era todo en la vida, pero se podía comprar minutos de felicidad como aquellos. Era un hombre de negocios, así que supo lidiar con las pretensiones del chulo y con el nerviosismo de la chica.
-¿Dónde quieres hacerlo?-preguntó ella observando el piso, sus ojos estaban pegados a la punta de sus botas altas.-¿Tienes sitio o en la calle?
Él no dijo nada, pagó por adelantado para una noche deliciosa llena de placeres. Deslizó su mano de su cintura y la puso entre sus piernas, acariciando sus muslos para luego palpar la tela de aquel tanga.
-Antes me lo enseñaste para que viera lo pura que eres.-susurró besando su cuello, antes de morderlo.-Deja que lo palpe y note esa pura calidez de entre tus piernas.
Así comenzó todo. No sabía en el lío que se metía. Una chica joven, eso era todo, para revivir tiempos en los que no tenía que pagar por algo semejante. Ni estaba obeso, ni calvo y tampoco era horrendo... pero el peso de las canas siempre te hacía ser menos atractivo y más si llevabas anillo de casado. Ella tampoco sabía que jugando a la ruleta rusa con la vida podía terminar suicidando sus oportunidades, enamorándose de alguien que la tocaba un par de noches a la semana y luego llegaba la hora que el siguiente apareciera pidiendo cosas descabelladas.
Y es que el amor puede surgir en cualquier esquina, no hay nadie que lo detenga y mucho más cuando es mutuo... aunque aniquile a ambas almas.
Su esposa se terminó enterando, apartó sus hijos de su lado y él se refugió en la nueva compañía. No comprendía como todos los problemas desaparecían tan sólo al verla en la esquina. Pero un día ya no regresó, su chulo la golpeó hasta la muerte. Ella decía amarlo, quería salir de ese infierno y tener la boda de princesas con la que casi toda niña sueña. Tenía casi veinte años, un hijo en su vientre y en sus labios aroma a sueños incumplidos.
Ambos rompieron sus vidas, todo por unos billetes y una conversación fría... en una noche cualquiera de una esquina cercana a un bar de ambiente.
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