
Nada más cruzar el umbral de mi habitación fui al minibar y robé un par de botellitas de whisky. Necesitaba beber y lo necesitaba con urgencia. Siempre pensé que debía de abandonar ese mal hábito, porque era insano y me recordaba a mi padre. Me iba a explotar la cabeza y a la mañana siguiente me iba a doler aún más, pero un trago bien lo merecía.
Me quité la chaqueta tirándola en medio del salón, por el pasillo hacia el aseo fue mi cinturón y los zapatos, hasta que llegue a la cama y me arrojé a ella abriendo una de las botellas. Bebí la primera de un trago y la siguiente la dejé por la mitad. Eran pequeñas, parecían prácticamente de juguete, y eso no me daría una buena subida de alcohol como quería.
Mi mujer me esperaba en casa, con nuestros hijos, y sin embargo no quería volver. No era un hombre hogareño, no era para nada el marido que desea volver a casa tras una larga jornada de trabajo. Cerré los ojos y resoplé, para luego gruñir acostándome boca abajo.
-Achan.-escuché su voz interrumpiendo mis momentos de borracho sin remedio.-¿Achan?-la puerta la había dejado abierta y escuché como él la cerraba.-Achan ¿quieres venir a celebrar la rueda de prensa?-interrogó entrando en la habitación.
Yo no moví ni un sólo músculo, no quería dirigir ni una sola palabra. Hablar con él me era duro desde aquella noche. Sin embargo, sabía que debíamos hablar de una vez por todas.
-¿Qué?-dije levantándome de la cama despeinado y a medio desvestir.
-¿Vienes a festejar?-sonrió obviando el desorden y mi ropa tirada por ahí.
-Necesito hablar contigo.-su cara cambió con mis palabras, de una felicidad fingida a unas ganas inmensas de llorar.-Debo explicarte...
-¿El porqué te casaste con ella? ¿El porqué después de haberte casado viniste a mí? ¿O la grandiosa historia de entiéndelo ella es la madre de mis hijos?-dijo antes de girarse hacia el pasillo.-Si quieres festejar estamos en el bar del hotel.
-¡Yutaka!-grité molesto.-¡Déjame hablar!
-¡Deja de ilusionarme!-respondió antes de dar un portazo.
Di un salto de la cama y corrí por el pasillo de la habitación, para salir al pasillo hacia el ascensor. Lo vi esperándolo mientras intentaba secarse las lágrimas que comenzaban a brotar. Me encaminé hacia él y lo empujé hacia dentro del ascensor que se abría. Estábamos los dos, a solas, en un pequeño cubículo. Sentí unas ganas inmensas de besarlo y no me corté, lo besé pegándolo a un rincón del elevador. Él resistió pero terminó abrazándome y tirando leve de mi camisa, la cual estaba ya casi desabotonada y mal colocada.
Cuando llegó al siguiente piso una señora se quedó helada ante lo que veía. La imagen de la buena mujer se grabó en los espejos del interior del cubículo. Yo simplemente reí bajo y ella, indignada, se dio la vuelta hacia las escaleras.
-Vamos a mi habitación y lo festejamos en privado.-susurré en su oído y él tan sólo se aferró a mis brazos.
Regresamos a mi habitación y cerré la puerta dejando un pequeño colgador en la puerta, pedía que no me molestaran por descanso. Sin embargo, no iba a descansar ni un segundo. Lo pegué en la misma puerta de la entrada y abrí sus piernas colándome entre ellas. Mis labios se pegaban en su cuello y el gemía leve moviendo sus caderas. Uno de mis brazos hacía gancho rodeando su cuerpo, el otro se estiraba y agarraba una de sus manos pegándola a la madera de la puerta. La única mano que él tenía libre tiraba de mis cabellos, para terminar aferrado a su cuello.
-Más.-jadeó con desesperación.
-Te eché de menos.-susurré cerca de sus labios enrojecidos por los besos candentes.-Cinco meses sin sexo... me has tenido cinco meses sin sexo.
Lo tomé en brazos y lo llevé a la cama. No esperaba ni un minuto más. Cuando lo tuve sobre el colchón le rompí la ropa, él me miraba atemorizado por como empezaba todo pero terminó gimiendo. Mi lengua se deslizaba por su pecho y sobretodo sobre sus pezones, comencé a succionarlos duro. Sus piernas se abrieron mientras movía leve sus caderas. Quería incitarme y acabó por hacerlo. No hacía falta demasiado para que yo terminara calentándome más de lo debido. Uno de mis dedos se metió en su interior buscando complacerlo y acomodarlo. Estaba algo estrecho, se notaba que hacía meses que no tenía sexo y que me había echado en falta.
-Achan.-dijo con los ojos cerrados y perlado de sudor.
-Ven Yutaka.-susurré apartándome de él para sacarme la ropa y sentarme a su lado.-Ven.-dije de nuevo tomándolo del cuello para dejarlo entre mis piernas. Su boca en seguida supo que tenía que hacer, rodear mi miembro y succionarlo de forma lujuriosa. Jamás conocí una lengua mejor que la suya, y mucho menos unos labios tan cálidos y perfectos.-Así.-jadeé y poco después lo aparté tumbándolo en la cama otra vez.
-No puedo más.-murmuró antes de que atrapara su miembro para masturbarlo.-No, no más.
-Tranquilo, puedes más y vas a tener más.-abrí sus piernas y me hice espacio entre ellas, para terminar entrando con firmeza y hasta el fondo. Inicié los movimientos pélvicos más fuertes que jamás le había dado, quería dejar bien claro que yo era su dueño y que no podría escaparse de mi.
-¡Achan!-gritó clavando sus uñas en mi espalda mientras yo clavaba mis dientes en su cuello, además de sus hombros.-¡Atsushi!
Mis movimientos fuertes y profundos hacían retumbar el cabezal de la cama contra la pared, eso era un ruido más a mis gemidos y a los suyos. La habitación se había vuelto un infierno de fuego y ruido. Un infierno del cual no quería salir, deseaba quemarme en sus llamas y morir asfixiado por el calor que surgía de nuestros cuerpos.
Nos vinimos prácticamente a la vez, él gritando mi nombre y yo gruñendo el suyo. Nuestros ojos quedaron fijos en los opuestos, nos mirábamos como si comenzáramos a conocernos. Una sonrisa dulce se formuló en sus labios y los míos tenían una mueca canalla. Había conseguido volver con él, ya no hablar sino volver. En ese instante escuché la puerta, unos pasos y el sonido de una maleta caer. Al girarme hacia la entrada al dormitorio me quedé helado, era mi mujer.
Mi mujer había pensado darme una pequeña sorpresa, dejó nuestros hijos con su madre y apareció allí sin más. Quería darme una sorpresa y la sorprendida fue ella. Yutaka intentó ocultarse contra mi cuello y yo no sabía si quiera que excusa buscar, una que aliviara un poco la carga de ver como su marido le ponía los cuernos con su amigo y compañero de grupo. Sin embargo, para ser sinceros, no se ocurrió ninguna y el divorcio fue inminente.
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