Me siento estúpido al contemplarte cuando duermes, al igual que me siento estúpido al imaginarlo cuando no estoy contigo. Me convertí en idiota al conocerte, pues unos leves balbuceos surgieron de mi garganta. Aún no me creo que este trozo de paraíso sea mío, fruto de mis conquistas extrañas. Eres un jardín cubierto con tesoros, recovecos y lugares que aún no he explorado… sin embargo deseo tener todo el tiempo de este mundo para hacerlo. Soy estúpido, pero tú me ves como un intelectual extraño.
Debí de parecerte eso, sí, debe ser eso. Nuestro primer encuentro fue en un café, cada trozo de papel que había a mi alrededor tenía una nota y una de las pelotitas de papel cayó en tu té. Te giraste, me viste y lo devolviste. Después esas palabras, esa mano fría de porcelana con dedos finos. Sonreíste y la frialdad de tu rostro se volvió cálida.
Ahora, en las noches siento el infierno bajo mi cuerpo. Tus piernas se enredan a mis caderas, tus manos se pierden en mis cabellos y mis jadeos en tus labios. Me he convertido en tu esclavo sexual, me he transformado en tu amante y también en el guardián que se atormenta a veces en la soledad de la rutina. Si bien, cuando estoy a tu lado todo es distinto… es como si me hechizaras y me pregunto si lo has hecho.
Tú y yo. Juntos los dos. No importa donde. Aunque te largues de mi lado… sentiré el hueco de tu cuerpo en mi cama, podré notar tu perfume y también tus manos deslizándose por mi espalda. Tú y yo. Dos felinos salvajes que encontraron refugio en un mundo oscuro y terrible. Tú y yo… con eso me conformo… ni riquezas ni otros bienes, nada más. Tú eres todo lo que quiero en mi vida.

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