Creo que jamás tuve regalos de Navidad, no se celebraba en mi hogar pues no era un hogar cristiano y mucho menos creado para que yo fuera feliz. Mi madre se chutaba calmantes, era una drogadicta por mucho que dijera que era para tranquilizar sus nervios, también de los somníferos, adicta al tabaco y al alcohol. Incapaz por completo de darme un día bueno en mi estúpida existencia. Muchas veces me pregunté porqué no me tiraron a la cuneta, al crecer y estudiar algo sobre leyes me di cuenta de las ayudas fiscales a los desempleados que tenga a cargo algún bastardo… ahí entro en juego, me lo suponía, era tan sólo para las ayudas estatales y nada más. No tuve regalos en las festividades, tampoco en mi cumpleaños y mucho menos paga. Todo eso eran lujos y yo era un grano en su reverendo y asqueroso coño de matriz seca. No pudo tener más hijos, eso lo sé porque la higiene y la protección era lo menos evidente de mi madre.
Mi padre era un alcohólico, un bastardo cojo que no sabía vivir sin golpearme o humillarme. Con cinco años me hacía pis en la cama, lo reconozco, pero era del miedo que me acarreaba ver sus sucias manos tocándome. La primera vez me hizo quedar en shock varios días, tirado en la cama desnudo tal y como él me había dejado tras sus violentas envestidas. Nadie vino en mi ayuda, los vecinos hacían oídos sordos y se metían en sus asuntos, no en las de un mocoso. Sin embargo yo fui a la escuela, la escuela pública ya que era de ley o tendrían que incurrir en cuantiosas sanciones, además de la perdida de mi custodia.
Aprendí a leer con tan sólo cuatro años, era superdotado y ellos me tomaron como conejillos de indias. Me odiaban, me detestaban, sabía que era superior a ellos y eso les quemaba. Les quemaba tanto como sus colillas por mis brazos, zonas que siempre llevaba cubiertas. Mi mirada desde niño era melancolía e ira pura. En el colegio se burlaban de mi ropa, casi siempre iba con la misma ya que no teníamos recursos… para sus vicios sí, para mí nada. Comía poco, dormía menos y con catorce tropecé con mi ángel de la guarda.
Él tenía dieciocho, se llamaba Jorge, y él fue mi primer amor. Jamás se lo dije, me lo guardaba tontamente soñando que era él quien me arrancaba gemidos en mitad de la noche. Mi padre me llamaba puta, zorra, desgraciada rata rabiosa… y decía que se notaba que le había tomado el gusto a ser follado por él. Más bien simplemente pensaba en las manos gélidas de Jorge, un ser que parecía sacado de una obra literaria de las que me prestaba o me narraba. Quería ser profesor de literatura y yo aposté porque así lo sería, quería ser como él, incluso aprendí a tocar la guitarra y componía canciones para llamar su atención. Un día ocurrió algo que revolucionó mis hormonas de crío iluso, un beso cuando ambos estábamos presos del alcohol y de su euforia. Al día siguiente quería hablar con él de aquello, tenía quince años y mis expectativas de ser su pareja eran altas… muy altas. Era un puto enclenque queriendo tocar el paraíso, sin alas, sin permiso y con un billete al infierno. Ese día fue el peor de mi vida, pues me di cuenta porqué no debía soñar. Me presentó a su novia, una chica de pechos turgentes y voz chillona, rubia de bote y de mal gusto. La odié y más lo odié a él. Yo quería ser ella, deseaba ser agarrado por la cintura y que me mirara como a un dios o a un monarca. Yo y no esa maldita perra que solo sabía calentar su bragueta. Yo le amaba, ella se veía que tan sólo deseaba su moto, su coche, su físico y todo lo que puede ser superficial hasta límites vomitivos.
Decidí enamorarme de alguien que si me entendiera, meses después apareció un nuevo profesor y mis ilusiones afloraron. De nuevo en la cama gemía, suplicaba más, me volvía loco y arañaba al apestado que eyaculaba en mi interior. Me contenía de no decir su nombre, simplemente porque no era con él con quien estaba en mi mente. Carlos, mi profesor de literatura, y mi amante por unas horas en medio de una lluvia. Me dijo que si le necesitaba que fuera a verle, tras una gran golpiza aparecí como perro apaleado en medio de su departamento. Una cosa llevó a la otra y por primera vez fui tomado por puro placer. Su miembro entraba en mis entrañas arrebatándome la poca cordura. Quería ser su amante, quería ser su pareja y besar el suelo en el que pisaba…o quizás lamerlo si hacía falta.
Mis amigos mientras no sabían nada de lo que ocurría en casa o en mi mente. Tenía una banda de rock, nos iba bien porque teníamos pequeños conciertos y el dueño del bar donde trabajaba a veces nos dejaba tocar. Ninguno supo todo lo que sufrí durante tantos años, pero sí que mi rostro se dibujaba feliz cuando hablaba de aquel hombre. Durante una semana no parecía ser el mismo. Era alguien completamente nuevo, como un niño y reía. No reía de forma atronadora, sino que era una melodía risueña que aterraba quizás más que la otra. Me fui de casa a vivir con él, dijo que me daría cobijo y no se iría de mi lado. Todo se formó en mi cabeza, una nueva fantasía…él y yo juntos, unidos, para siempre.
Pero todo tiene su mala jugada, todo, aunque se diga que puede tenerse esperanzas. Mi padre se enteró de donde estaba y me juró matar al chulo que me follaba. Pensé en Carlos, en mí, en nuestro futuro y en todas esas ilusiones vacías de pompas de jabón. Entonces en mi mente retorcida por años de golpes, lágrimas y padecimientos elaboré un plan perfecto.
Compré una pistola a un camello, después le volé la tapa de los sesos y jamás podría decir a quién vendió el arma. Además, le robé toda la droga que tenía en su chabola de hojalata. Entré en mi casa y disparé a mi madre con el silenciador y un cartucho cargado, las demás balas fueron a la sien, pecho y testículos de mi padre. El primero fue en las pelotas, no volvería a dañar a nadie si salía vivo, el siguiente en la rodilla y ya el resto en la cabeza y una directa al corazón. Sabía manejar pistolas, tenía una desde hacía años y practicaba con ella a escondidas…pero… no era tan idiota para usar esa en mi asesinato. Después desperdigué la coca por la mesa, saqué las pruebas que realizaba mi padre a diversas empresas y por último agarré mis cosas en una maleta deportiva.
Quedé horas después con Carlos, quería verlo, abrazarlo y decirle que ya era libre de estar entregado a él y a nuestro futuro. Pero él me dijo que me confundía, que no me amaba y que todo fue fruto de la calentura de aquella noche. Que yo era un buen chico y encontraría a alguien. Claro que él nunca supo todo lo que di por él y todo lo que hubiera dado…
Volvimos a casa juntos y durante el camino intentó hacerme entrar en razón, pero de noche no dudé en tomar un cuchillo y abrirle la garganta. Tras tenerlo muerto lo besé durante horas, me toqué y llegué a la excitación más placentera. Su cuerpo se iba enfriando, tomando un color pálido y la sangre ya manchaba todo el colchón. Ambos desnudos, pero uno vivo y otro muerto. Le amaba, se quedaría conmigo y no dejaría que nadie me lo quitara. Sin embargo, días después empezó a oler…saltó la señal de alarma de que ninguno aparecíamos, el crimen de mis padres y todos creían que habíamos sido retenidos. No sé como lo hice pero lo descuarticé llorando, pidiéndole perdón por no poder estar más a su lado. Tras aquello bañé cada parte de su cuerpo, lo envolví en plásticos y lo metí en la misma bolsa de deporte con la que había salido de mi casa. En varios viajes llevé todo al coche y me puse en dirección al lago, allí hundí el vehículo y supongo que allí estará aún pues o quizás tras mi confesión lo habrán recuperado.
Durante varios meses hice mi vida normal, fui investigado por la policía pero nada más. No pensaron que yo era culpable, además lloraba por la perdida de mi novio y mis amigos dijeron que jamás hubiera sido capaz de tomar una pistola en mis manos. Que a pesar de ser del barrio que era, yo era un buen chico. Un alcohólico, un fumador de porros habitual, un adicto al cigarro… pero un buen chico.
Si bien mi deseo de matar era tan alto que necesitaba encontrar ratas y aplastarlas, destrozarles el cráneo con un bate de béisbol o simplemente pisarlas con mis botas. Pero me di cuenta de algo…los animales son más nobles que los propios humanos. Así que maté a un borracho, uno igual que mi padre y cometí un error. Comenzó mi declive y mi destrucción.
Ahora saben todo, pero no soy un asesino vulgar…soy Amaury William Rose… con un coeficiente intelectual de ciento cincuenta, una mente criminal en potencia y traumado desde que tenía conciencia de mi mismo. Me diagnosticaron bipolaridad, tendencias suicidas pues durante esos meses intenté matarme en varias ocasiones y Jorge fue el que me atrapó una noche en el propio balcón de su piso cuando me disponía a saltar al vacío. Añadiendo necrofilia, ninfomanía, sociopatía aguda y drogadicción.
Soy un niño perdido, aquel que una vez soñó con tener todo y solo tuvo retazos de sueños.
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